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Pasión de Gavilanes Capítulo 49 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 49 Fuego en las Venas

Sofía se recargó en el pecho de Diego, el calor de su cuerpo grande y fuerte envolviéndola como una manta en esa noche fresca de Guadalajara. La tele brillaba en la sala de su casa, un departamento chulo en la colonia Chapalita, con cortinas de colores mexicanos ondeando suave por la brisa del ventilador. Estaban viendo Pasión de Gavilanes capítulo 49, esa novela que los tenía clavados cada semana. Los gavilanes, con su venganza y sus amores locos, siempre ponían el ambiente a reventar de tensión.

En la pantalla, los hermanos Reyes se enfrentaban a la pasión prohibida, sus miradas ardientes como brasas. Sofía sintió un cosquilleo en el estómago, el mismo que le subía por las piernas cada vez que Diego la abrazaba así de cerca. Olía a su colonia barata pero rica, esa que mezclaba con el sudor ligero de su piel morena después de un día de trabajo en la constructora. Órale, este wey me trae loca, pensó ella, mordiéndose el labio mientras su mano se deslizaba por el muslo de él, cubierto por el pantalón de mezclilla gastado.

Diego giró la cabeza, su aliento cálido rozándole la oreja. "Mira nomás, mi amor, cómo se miran esos gavilanes. Igualito que tú y yo", murmuró con esa voz ronca que la hacía derretirse. Sofía rio bajito, un sonido juguetón que vibró en su pecho. La novela seguía, con besos intensos y promesas de fuego eterno, y ella no aguantó más. Se volteó un poquito, presionando sus pechos suaves contra el torso de él, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la playera delgada.

Esto es lo que necesitaba después de un pinche día en la oficina, se dijo Sofía, recordando las juntas eternas y el tráfico infernal de la ciudad. Aquí, con Diego, todo se volvía simple, puro deseo. Sus labios se encontraron en un beso lento al principio, saboreando el toque salado de su boca, el sabor a chela que habían tomado antes. La lengua de él exploró la suya con hambre contenida, y ella respondió gimiendo suave, un sonido que se mezcló con la música dramática de la tele.

La mano de Diego bajó por su espalda, apretando su nalga firme bajo el short de pijama. Sofía jadeó, el roce áspero de sus dedos callosos enviando chispas por su espina. "Estás cañón esta noche, Sofi. Me traes con el fierro parado desde que empezó el capítulo", confesó él, su voz entrecortada. Ella sonrió contra su boca, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su muslo. Qué rico se siente eso, tan duro y listo para mí.

Se separaron un segundo para apagar la tele, pero el eco de Pasión de Gavilanes capítulo 49 aún flotaba en el aire, como un hechizo que los unía. Diego la cargó en brazos, sus músculos tensos bajo su peso ligero, y la llevó al cuarto. El olor a sábanas frescas y a su perfume mezclado llenó la habitación, iluminada solo por la luz de la luna que se colaba por la ventana. La depositó en la cama con cuidado, como si fuera un tesoro, y se quitó la playera de un jalón, revelando su pecho ancho cubierto de vello oscuro.

Sofía se incorporó de rodillas, sus manos temblando de anticipación mientras desabrochaba el cinturón de él. El sonido metálico del cierre bajando fue como un disparo en la quietud, y cuando liberó su verga gruesa y venosa, latiendo caliente en su palma, un gemido escapó de su garganta. "Ay, papi, qué chingona está. La quiero en mi boca ya", dijo con voz juguetona, mexicana hasta los huesos. Diego gruñó, sus dedos enredándose en su cabello negro largo.

Ella lo lamió despacio, saboreando la piel salada y el gusto almizclado que la volvía loca. Su lengua rodeó la cabeza hinchada, chupando suave mientras lo miraba a los ojos, viendo el fuego en ellos. Diego jadeaba, "Sí, así, mi reina. Chúpamela rico", y ella aceleró, sintiendo cómo palpitaba en su boca, el calor subiendo por su propio cuerpo. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, y entre sus piernas, la humedad crecía, empapando sus bragas de algodón.

No aguantó mucho; Diego la jaló hacia arriba, quitándole la ropa con urgencia. Sus tetas redondas saltaron libres, y él las devoró con la boca, mordisqueando los pezones rosados hasta que ella arqueó la espalda, gritando bajito. Me está volviendo loca este cabrón, pensó, mientras sus uñas arañaban la espalda de él, dejando marcas rojas. El olor a sexo empezaba a llenar el cuarto, ese aroma dulce y animal que los envolvía como niebla.

Diego la tumbó boca arriba, besando su vientre suave, bajando hasta el monte de Venus cubierto de vello recortado. Sofía abrió las piernas, temblando, y cuando la lengua de él tocó su clítoris hinchado, vio estrellas. "¡Órale, Diego! No pares, pinche rico", suplicó, sus caderas moviéndose solas contra su cara. Él lamía con maestría, chupando sus labios mayores jugosos, metiendo la lengua en su entrada húmeda. Ella probaba su propia excitación en los besos que le daba después, salada y dulce a la vez.

La tensión crecía como en la novela, un nudo en el estómago que pedía explosión. Quiero sentirlo dentro, ya no aguanto. Sofía lo empujó hacia arriba, guiando su verga dura hacia su coño palpitante. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo y real rebotando en las paredes. Diego empezó a moverse, lento al principio, sintiendo cada vena de su miembro rozando sus paredes internas calientes.

"Estás tan mojada, Sofi. Te aprietas como guante", gruñó él, acelerando el ritmo. Ella clavó las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más profundo. El slap slap de sus cuerpos chocando llenaba el aire, mezclado con jadeos y ay sí más. Sudor corría por sus pieles, el olor intenso a macho y hembra en celo. Sofía sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, mientras Diego embestía con fuerza, sus bolas golpeando su culo.

En su mente, flashes de Pasión de Gavilanes capítulo 49: los amantes desesperados, igual que ellos ahora. Esto es nuestra pasión, nuestra venganza contra el mundo aburrido. El clímax la golpeó primero, un estallido que la hizo gritar, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. "¡Me vengo, cabrón! ¡Sííí!". Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. Diego la abrazó fuerte, besando su frente húmeda. "Te amo, mi gavilana", susurró, y ella rio suave, sintiendo la paz post-orgasmo extenderse por sus músculos laxos. El cuarto olía a ellos, a satisfacción profunda. Afuera, la ciudad dormía, pero en su cama, la pasión de ese capítulo 49 había cobrado vida propia.

Sofía se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón volver a normal. Qué chido es esto, wey. Mañana vemos el 50, pero nada como nuestra propia historia. Cerraron los ojos, envueltos en el afterglow, listos para soñar con más fuego.

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