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Pasión por los Hierros

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Pasión por los Hierros

Entré al gimnasio esa tarde con el sol de México City pegándome en la nuca como un beso ardiente. El aire estaba cargado de ese olor a metal caliente, sudor fresco y goma de colchonetas. Órale, pensé, este lugar es puro vicio. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había decidido ponerme las pilas después de un desamor que me dejó con ganas de reventar algo. No cualquier cosa, sino hierros. Pesas pesadas, barras que crujen bajo el peso, ese sonido metálico que te eriza la piel.

Ahí lo vi. Marco, el wey que todos murmuraban que tenía una pasión por los hierros que rayaba en lo obsesivo. Alto, moreno, con músculos que se marcaban como ríos bajo su piel bronceada. Estaba en el rack de squats, cargando una barra que parecía pesar más que mi ex novio entero. Gruñó al levantarla, sus bíceps hinchándose, venas saltando como serpientes vivas. El clang del metal al chocar contra los soportes me vibró en el pecho. Me quedé clavada, sintiendo un calor que no era del ejercicio subir por mis muslos.

¿Qué chingados me pasa? Nunca me había puesto así por un carnal levantando pesas. Pero neta, esa pasión por los hierros en sus ojos... es como si follara con cada repetición.

Me acerqué fingiendo ajustar mi top deportivo, que se me pegaba al sudor. "Buen lift, wey. ¿Cuánto traes ahí?" le dije, con voz casual pero el corazón latiéndome como tambor en quinceañera. Él se giró, jadeante, con una sonrisa chueca que me mojó de golpe. "Ciento ochenta, carnala. ¿Quieres probar?" Sus ojos negros me recorrieron, deteniéndose en mis curvas. Olía a hombre puro: sal, testosterona y un toque de desodorante mentolado.

Empecé el workout con él. Cada serie era un coqueteo silencioso. Él me corregía la forma, sus manos grandes rozando mi cintura, mi espalda. "Así, aprieta el core, mamacita", murmuraba cerca de mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo. Sentía sus dedos firmes, callosos por tanto hierro, presionando mi piel. El gym se vaciaba poco a poco, solo quedábamos nosotros y el eco de las pesas chocando. Mi pasión por los hierros nacía ahí, pero era por él, por cómo su cuerpo se tensaba, brillaba bajo las luces fluorescentes.

En el medio del entrenamiento, nos sentamos en una banca, bebiendo agua. Sus muslos rozaban los míos, duros como rocas. "Neta, tu pasión por los hierros es contagiosa", le confesé, riendo nerviosa. Él se acercó más, su rodilla presionando la mía. "Es que los hierros me ponen, Ana. Me hacen sentir vivo, fuerte. Como si pudiera conquistar lo que sea". Su voz era grave, ronca por el esfuerzo. Puse mi mano en su antebrazo, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel. Caliente, pulsante, listo para más.

La tensión crecía con cada mirada. Hicimos deadlifts juntos. Él detrás de mí, guiando mis caderas. "Baja despacio, siente el pull", dijo, y su pelvis rozó mi culo por "accidente". Un jadeo se me escapó. El olor a su sudor me envolvía, almizclado, adictivo. Mi chichi se endurecían contra el bra, mi panocha palpitando con cada clang de metal.

No aguanto más. Quiero que me levante como a una pesa, que me rompa con esa fuerza.

"¿Sabes qué? Vamos a mi casa, tengo un gym privado. Ahí sí podemos ir a full sin que nos vean los pendejos", propuso él, con ojos brillantes. "Simón, wey. Llévame", respondí, empapada ya no solo de sudor. Salimos en su troca, el viento nocturno trayendo olor a tacos de la calle y gasolina. En su depa, minimalista con barras y discos por todos lados, el aire era fresco pero se cargó rápido de nosotros.

Me quitó el top con urgencia, sus labios capturando mi boca en un beso que sabía a sal y deseo. "Eres perfecta, Ana. Fuerte como mis hierros", gruñó, lamiendo mi cuello. Sus manos exploraban, amasando mis tetas, pellizcando pezones que dolían de placer. Yo le bajé el short, liberando su verga dura, gruesa, venosa como las barras que tanto amaba. La tomé, sintiendo su calor, el pulso latiendo en mi palma. "Métemela, Marco. Como si fuera tu pesa favorita".

Me levantó en vilo, mis piernas envolviéndolo, y me clavó contra la pared llena de posters de fisicoculturistas. Entró despacio al principio, estirándome, llenándome con cada centímetro. El sonido de nuestros cuerpos chocando era como pesas en drop set: slap, slap, slap. Sudor goteaba de su pecho al mío, mezclándose. Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas puras. Gemí alto, arañando su espalda ancha. "¡Más duro, cabrón! ¡Rompe mi pasión por los hierros!" Él aceleró, embistiéndome con fuerza animal, sus bolas golpeando mi culo.

Cambié de posición, lo empujé al suelo sobre una colchoneta. Me subí encima, cabalgándolo como una jinete en rodeo. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo mandaba el ritmo. Sentía su verga hinchándose dentro, rozando mi punto G con cada bajada. "¡Neta, eres una diosa!", rugió él, sus ojos fijos en mis chichis rebotando. El clímax me pegó como un PR en bench press: oleadas de placer, mi panocha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus huevos. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo mi nombre.

Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas. El cuarto olía a corrida fresca, sudor y metal de los hierros cercanos. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando calmándose. "Eso fue mejor que cualquier set", murmuró, besándome la frente. Reí bajito. Mi pasión por los hierros ahora incluye la tuya, wey. Todo tu cuerpo es mi barra favorita.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el pecado pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi piel, un roce aquí, un beso allá. Salimos del baño envueltos en toallas, planeando el próximo workout. "Mañana volvemos al gym, pero esta vez con más pasión por los hierros", dijo guiñando. Asentí, sabiendo que esto era el inicio de algo chido, fuerte como el hierro que nos unió.

Desde esa noche, el clang de las pesas me pone cachonda. Cada vez que lo veo cargar hierros, revivo el thrust de su verga, el sabor de su piel salada. Pasión por los hierros: no solo metal, sino carne, sudor y orgasmos que te dejan temblando.

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