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Pura Pasión Telever

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Pura Pasión Telever

La noche en mi depa de la Roma era de esas que invitan a pecar, con el calor pegajoso del verano colándose por las ventanas entreabiertas. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, sudada y con las hormonas alborotadas después de un día de puro estrés en la oficina. Me quité los tacones con un suspiro de alivio, sintiendo cómo el piso fresco besaba mis pies cansados. Qué chingón estar en casa, pensé, mientras me servía un mezcal en vaso viejo con hielo que crujía al romperse.

El tele estaba encendido en Telever, mi guilty pleasure después de un día largo. Ahí estaba Pura Pasión, esa novela que me tenía clavada. La protagonista, una morra bien sabrosa, se enredaba en los brazos de su galán en una escena que olía a deseo puro. Sus labios se rozaban con lentitud, el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el cuarto, y yo sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. El aroma de su perfume imaginario, jazmín y sudor, se mezclaba con el mío propio, ese olor almizclado que sale cuando el cuerpo pide guerra.

¿Por qué carajos no tengo a alguien así ahorita? Neta, estoy que exploto.

Justo cuando la pareja en la tele se arrancaba la ropa con urgencia, sonó el timbre. ¿Quién vergas será a esta hora? Me acerqué a la puerta, aún en mi blusa ajustada y falda lápiz que marcaba mis curvas. Al abrir, ahí estaba Marco, mi vecino del depa de al lado, con una sonrisa pícara y una botella de tequila en la mano. Alto, moreno, con esos ojos cafés que te desnudan sin piedad. Llevábamos semanas coqueteando en el elevador, roces casuales que dejaban el aire cargado.

—Órale, Ana, ¿ya estás en tu vicio de Pura Pasión Telever? —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel—. Traje refuerzos pa' la noche.

Lo invité a pasar sin pensarlo dos veces, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Nos sentamos en el sofá gastado, el mezcal y tequila fluyendo mientras la novela seguía. En la pantalla, el galán lamía el cuello de ella, y yo juraba que sentía su lengua fantasma en mi propia piel, cálida y húmeda.

—Mira nomás cómo se avientan —murmuró Marco, su muslo rozando el mío. El calor de su cuerpo era un imán, su colonia fresca invadiendo mis fosas nasales, mezclándose con el dulzor del alcohol en mi boca.

Nuestras miradas se cruzaron, y ahí empezó el juego. Su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo, enviando chispas eléctricas directo a mi centro. Yo no me quedé atrás; tracé su pecho firme bajo la camisa, sintiendo los músculos tensarse bajo mis uñas.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Quiero que me coma viva, pensé, mientras él se inclinaba y capturaba mis labios. Su beso fue fuego puro: lengua explorando mi boca con hambre, sabor a tequila y hombre. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando la tela húmeda de mis panties.

—Estás mojada, mamacita —susurró contra mi oreja, su aliento caliente erizándome el vello—. ¿Es por la novela o por mí?

—Por las dos, pendejo —respondí riendo, pero con voz temblorosa, jalándolo hacia mí. Nos arrancamos la ropa como en Pura Pasión Telever, camisas volando, falda hecha bola en el piso. Su piel morena contra mi tono canela, sudor salado en mi lengua cuando lamí su cuello. Olía a jabón y deseo crudo, ese aroma que te hace perder la cabeza.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sus manos amasaron mis nalgas, fuertes y posesivas, mientras yo frotaba mi chochita contra su verga dura, separada solo por el bóxer. El roce era tortura deliciosa, mi clítoris hinchado palpitando con cada movimiento. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y metió la mano entre nosotros, deslizando dos dedos dentro de mí. Estaban calientes, gruesos, curvándose justo en ese punto que me hacía arquear la espalda.

Sí, cabrón, así... no pares.

El cuarto se llenó de nuestros jadeos, mezclados con los gemidos falsos de la tele que aún sonaba de fondo. Lamí sus pezones oscuros, mordisqueándolos suave hasta que él maldijo en voz baja. Qué rico sabe, salado y dulce. Bajé más, besando su abdomen marcado, hasta llegar a su paquete. Saqué su verga, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La olí primero, ese olor masculino embriagador, antes de lamerla desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada en su cabeza.

—Ana, chingado... —gimió, enredando sus dedos en mi pelo.

Lo chupé con ganas, succionando fuerte, mi lengua girando alrededor mientras él se retorcía. Pero no lo dejé acabar; quería sentirlo dentro. Me subí de nuevo, guiándolo a mi entrada húmeda. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, el estirón delicioso me arrancó un grito. Estábamos llenos el uno del otro, piel contra piel resbalosa de sudor.

Cabalgué con ritmo, mis tetas rebotando, sus manos apretándolas, pellizcando pezones duros como piedras. El sonido de carne chocando, chapoteante y obsceno, era música para mis oídos. Su mirada clavada en mí, feroz y adoradora, me hacía sentir diosa. Eres mío esta noche, pensé, acelerando, mis paredes apretándolo como vicio.

Él volteó las tornas, poniéndome de rodillas en el sofá. Entró por atrás, profundo y brutal, su pelvis golpeando mi culo con palmadas que resonaban. Cada embestida rozaba mi punto G, oleadas de placer subiendo por mi espina. Olía a sexo puro, a fluidos mezclados y piel caliente. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, y yo me toqué ahí, frotando furiosa mientras él me taladraba.

—Ven conmigo, Ana... déjate ir —gruñó, su voz quebrada.

El orgasmo me golpeó como rayo, mi cuerpo convulsionando, chillidos escapando de mi garganta mientras lo ordeñaba con espasmos. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, un rugido animal saliendo de su pecho. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso cálido sobre mi espalda.

La tele seguía con Pura Pasión Telever, pero ya no importaba. Nos quedamos así, enredados, su nariz en mi pelo oliendo a coco de mi shampoo. Besos suaves en mi hombro, caricias perezosas en mi cadera.

—Neta, eso fue mejor que la novela —dijo riendo bajito.

Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, un glow post-sexo que me hacía sentir invencible. Esto es pura pasión de la buena, pensé, mientras el sueño nos envolvía en la quietud de la noche mexicana.

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