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Netflix La Pasion de Cristo Desnuda

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Netflix La Pasion de Cristo Desnuda

Estábamos en mi depa en la Condesa, Javier y yo, con una botella de mezcal reposado que olía a humo y tierra fértil. Era una noche de viernes cualquiera, de esas en que el tráfico de la ciudad se apaga y solo queda el zumbido del refri y el pulso acelerado del deseo que siempre ronda entre nosotros. Netflix estaba encendido en la tele grande, y yo, Ana, había sugerido ver La Pasion de Cristo, no por devoción, sino porque algo en esa película me removía las tripas, un fuego crudo que no era solo sufrimiento.

Javier se recargó en el sofá, su camiseta ajustada marcando los músculos del pecho que tanto me gustaban. "Órale, morra, ¿película de Semana Santa en pleno junio? Vas a ponerte toda santa y pura, ¿eh?" me dijo con esa sonrisa pícara, mientras me jalaba a su lado. Su piel olía a jabón de lavanda y un toque de sudor del día, ese aroma que me hacía mojarme sin remedio. Me acurruqué contra él, mis senos rozando su brazo, y le di play. La pantalla se llenó de oscuridad, de latigazos que crujían como truenos, y el aire del cuarto se cargó de inmediato.

Al principio, todo era normal. Los látigos chasqueaban, la sangre salpicaba, y Javier murmuraba "Puta madre, qué fuerte está esto". Pero yo sentía un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde mi entrepierna mientras veía el cuerpo de Cristo retorciéndose, esa entrega total.

¿Por qué me excita tanto el dolor ajeno? ¿Será que quiero esa intensidad para mí, pero en manos de Javier?
Pensé, mordiéndome el labio. Su mano descansaba en mi muslo, inocente al principio, pero pronto empezó a subir, rozando la piel suave bajo mi shortcito de algodón.

La película avanzaba, el clavo hundiéndose en la carne con un sonido metálico que me erizaba la piel. Javier respiraba más pesado, su pecho subiendo y bajando contra mi hombro. "¿Sientes eso, Ana? Esa pasión tan jodidamente real". Su voz era ronca, como si la escena lo estuviera encendiendo también. Giré la cara y lo miré: sus ojos brillaban con hambre, no por la cruz, sino por mí. Le pasé la mano por el paquete, sintiendo cómo su verga ya estaba dura como piedra bajo el pantalón.

"Apágala un rato, güey", le susurré, pero él negó con la cabeza. "No mames, déjala. Quiero ver cómo termina mientras te como". Me besó el cuello, su lengua caliente lamiendo el sudor que empezaba a perlar mi piel. El cuarto olía a mezcal y a nosotros, a ese almizcle de excitación que se mezcla con el incienso imaginario de la película. Sus dedos se colaron bajo mi short, encontrando mi concha ya empapada, resbalosa como miel caliente. Gemí bajito, el sonido ahogado por el rugido de la multitud en la pantalla.

Acto seguido, la cosa se puso intensa. Javier me quitó la blusa con urgencia, mis tetas saltando libres, los pezones duros como piedritas bajo su mirada. "Míralas, tan perfectas, como ofrendas", murmuró, y me chupó uno con fuerza, succionando hasta que vi estrellas. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, que palpitaba en mi mano. La película seguía: la corona de espinas, la sangre goteando, y cada gota parecía caer en mi clítoris, avivando el fuego. La Pasion de Cristo en Netflix se había convertido en nuestro ritual, un preludio sucio y sagrado.

Me puse de rodillas en el sofá, el cuero pegándose a mis muslos sudados. Javier se paró frente a mí, su verga apuntando a mi boca como una cruz invertida. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, ese gusto amargo que me volvía loca. "Chúpamela rico, mi reina", jadeó él, enredando los dedos en mi pelo. Yo la tragué profunda, sintiendo cómo me llenaba la garganta, el olor de su piel masculina invadiendo mis fosas nasales. Afuera, la ciudad murmuraba con bocinas lejanas, pero aquí adentro solo existían nuestros jadeos y los gemidos de la película.

Pero no era solo físico; en mi cabeza bullían pensamientos.

Esto es lo que quiero, Javier: tu pasión sin límites, como la de Él en la cruz, pero en mi cuerpo, en mi alma. No dolor, sino éxtasis puro.
Lo empujé al sofá y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su verga. "Fóllame ya, pendejo", le exigí, y él obedeció, guiándome con las manos en las caderas. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer era un latigazo eléctrico, subiendo por mi espina.

Empezamos a movernos, lento al inicio, sincronizados con el ritmo de la crucifixión en la pantalla. Sus manos amasaban mis nalgas, el slap de piel contra piel resonando como aplausos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el mezcal derramado. "Más fuerte, cabrón", le pedí, y él aceleró, embistiéndome profundo, golpeando ese punto que me hacía ver borroso. Mis tetas rebotaban, él las atrapaba con la boca, mordisqueando. Yo clavaba las uñas en su pecho, dejando marcas rojas como estigmas.

La tensión crecía, un nudo en el vientre que se apretaba con cada thrust. La película llegaba al clímax, el grito de agonía de Cristo, y nosotros lo igualamos con nuestros alaridos. "Me vengo, Ana, ¡chinguadazos!", rugió Javier, y sentí su verga hincharse, explotando dentro de mí con chorros calientes que me inundaron. Eso me llevó al borde: mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, olas de placer rompiéndome en pedazos. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro.

Caímos exhaustos, la película terminando en créditos silenciosos. Netflix preguntaba si queríamos continuar, pero nosotros solo nos mirábamos, jadeantes, cubiertos de sudor y fluidos. Javier me besó suave, su lengua saboreando mis labios hinchados. "Eso fue la pasión más chingona de mi vida, morra". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

La Pasion de Cristo en Netflix nos había desnudado el alma, revelando que nuestro fuego era eterno, carnal y libre.

Nos quedamos así, envueltos en las sábanas del sofá, el mezcal olvidado. Afuera, la noche mexicana pulsaba con vida, pero en nuestro mundo, el afterglow era un paraíso tranquilo. Mañana veríamos otra cosa, pero esta noche, Netflix La Pasion de Cristo había sido nuestro evangelio erótico.

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