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La Pasión de Cristo South Park

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La Pasión de Cristo South Park

La Semana Santa se acercaba a mi pueblo de San Cristóbal, un rincón chido en el corazón de México donde las procesiones y las fiestas se mezclan con el olor a incienso y el tañido de las campanas. Yo, Alejandro, un morro de veintiocho tacos, alto y con el cuerpo marcado por horas en el gimnasio, me habían elegido para encarnar a Jesús en la obra tradicional. Pero este año, el director, un carnal bien listo llamado Don Raúl, le dio un giro cabrón: la bautizó como La Pasión de Cristo South Park. Sí, wey, fusionó la sagrada pasión con el humor irreverente de esa serie gringa animada que todos vemos a escondidas. Las escenas tenían chistes de Cartman y referencias a Kyle, pero con túnicas y cruces. Neta, el pueblo entero andaba de risas, y yo me sentía como el rey del jaripeo.

En los ensayos, conocí a Sofía, la Magdalena. Ay, carajo, qué mujer. Veintiséis años, piel morena como el chocolate de Oaxaca, ojos negros que te chupan el alma y un cuerpo que parecía esculpido por los dioses prehispánicos: tetas firmes que se marcaban bajo la túnica floja, caderas anchas que se movían con un vaivén hipnótico y un culo redondo que pedía a gritos ser apretado. Ella era de aquí, hija de un comerciante de artesanías, y su risa era como el sonido de las olas en Acapulco, fresca y juguetona. Desde el primer día, nos clavamos la mirada. Órale, este Jesús está cañón, me soltó con una guiñada mientras ajustábamos las coronas de espinas de hule.

Los ensayos eran en la plaza principal al atardecer, con el sol tiñendo todo de naranja y el aroma de las flores de bugambilia flotando en el aire. Yo colgaba de una cruz falsa, sudando bajo el peso de la madera ligera, y Sofía se arrodillaba a mis pies, ungiéndome con aceite que olía a jazmín y vainilla. Sus manos rozaban mis piernas, enviando chispas por mi piel.

¡Puta madre, si sigue tocándome así, voy a resucitar antes de tiempo!
pensaba yo, mientras mi verga se ponía dura como palo de escoba bajo la túnica. Ella lo notaba, la pendeja, y se lamía los labios pintados de rojo, dejando que su aliento cálido subiera por mis muslos. "Perdóname, Señor, por mis pecados", decía en el guion, pero su voz era ronca, cargada de promesas sucias.

Una noche, después del ensayo, todos se fueron a las taquerías por unos tacos al pastor con mucha cebolla y cilantro fresco. Nosotros nos quedamos rezagados en la iglesia vacía, recogiendo props. El silencio era pesado, roto solo por el eco de nuestros pasos en el piso de cantera y el lejano ladrido de un perro. Sofía se acercó, su perfume a coco y sudor mezclado invadiéndome las fosas nasales. "Oye, Jesús, ¿y si practicamos la resurrección en privado?", murmuró, su mano rozando mi pecho. Sentí su calor a través de la camisa, los pezones endurecidos presionando contra la tela fina.

La besé ahí mismo, con hambre de lobo. Sus labios eran suaves, sabían a chicle de tamarindo y a deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron, chupando y mordiendo, mientras mis manos bajaban por su espalda hasta apretar ese culo divino. Ella gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel. "¡Ay, wey, me traes loca desde el primer día!", jadeó, empujándome contra el altar. La levanté en vilo, sus piernas envolviéndome la cintura como serpientes. La túnica se subió, revelando sus muslos suaves y lampiños, oliendo a loción y a esa humedad femenina que me volvía loco.

La recosté sobre el banco de madera pulida, que crujió bajo nuestro peso. Le quité la túnica despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta: el valle entre sus tetas, el ombligo piercingado con una cruz chiquita –irónico, neta–, y más abajo, su concha depilada, hinchada y brillante de jugos. ¡Qué chingonería! Olía a almizcle dulce, a sexo inminente. Ella me desvistió con urgencia, arañando mi pecho con uñas rojas. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante, goteando precum que ella lamió de la punta con la lengua plana. "Mmm, sabe a pecado", ronroneó, chupándola hasta la garganta, sus mejillas hundiéndose con cada succionada. El sonido era obsceno: pop, slurp, saliva chorreando por mis bolas.

Pero no quería acabar así. La volteé, poniéndola a cuatro patas sobre el banco, su culo en pompa como ofrenda. Le separé las nalgas, admirando el ano rosado y la concha abierta, chorreando. Escupí en mi mano, lubricando mi pija, y la penetré de un golpe lento, centímetro a centímetro. ¡Joder, qué apretada! Sus paredes me apretaban como guante caliente, pulsando alrededor de mi carne. "¡Sí, métemela toda, Cristo mío!", gritó, empujando hacia atrás. Empecé a bombear, el slap-slap de piel contra piel resonando en la iglesia como un tambor pagano. Sudor nos cubría, goteando entre sus tetas que se bamboleaban al ritmo. Olía a sexo crudo, a testosterona y feromonas, mezclado con el incienso viejo del lugar.

La volteé de nuevo para mirarla a los ojos. Sus pupilas dilatadas, boca entreabierta soltando gemidos ahogados: "¡Más duro, pendejo! ¡Fóllame como en La Pasión de Cristo South Park, sin piedad!". Agarré sus caderas, clavándome hasta el fondo, sintiendo su clítoris hinchado rozando mi pubis. Ella se tocaba, círculos rápidos, y yo pellizcaba sus pezones duros como piedras. El calor subía, mis bolas se tensaban, su concha se contraía en espasmos. "¡Me vengo, cabrón!", aulló, arqueándose, chorros calientes empapando mis muslos. Eso me llevó al borde: un rugido gutural, y exploté dentro de ella, chorros espesos llenándola hasta rebosar, el placer cegador como un rayo.

Jadeando, colapsamos juntos, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El aire olía a nuestro clímax, espeso y embriagador. "Neta, Alejandro, esto fue mejor que cualquier resurrección", susurró, besando mi cuello salado. Yo la abracé, acariciando su cabello revuelto que olía a coco chamuscado por la pasión.

Al día siguiente, en el ensayo final, nos mirábamos con complicidad, riendo de los chistes de South Park mientras el pueblo aplaudía. La obra fue un exitazo, pero lo nuestro apenas empezaba. Esa noche de pasión prohibida en la iglesia nos unió para siempre, un lazo carnal más fuerte que cualquier cruz. Ahora, cada Semana Santa, revivimos nuestra propia La Pasión de Cristo South Park, con menos túnicas y más pieles desnudas. Y qué chido se siente.

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