La Pasion de Jesucristo Segun San Marcos
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en mi depa de la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que olía a jazmín del jardín de abajo. Yo, María, estaba recostada en la cama king size, con las piernas cruzadas y un viejo librito en las manos: La Pasion de Jesucristo Segun San Marcos. No sé por qué lo saqué del estante ese día, tal vez porque Marcos, mi carnal desde hace un año, siempre andaba platicando de sus raíces católicas, de cómo la Semana Santa lo ponía pensativo. Pero mientras leía, las palabras se me fueron torciendo en la cabeza, como si el sudor del aire acondicionado las humedeciera.
Marcos entró del baño, fresco de la regadera, con una toalla blanca alrededor de la cintura que apenas contenía su paquete. Su piel morena brillaba, y el olor a jabón de sándalo me pegó directo en la nariz. Órale, güey, le dije juguetona, ven pa'cá, mira lo que encontré. Él se rio, esa risa grave que me eriza la piel, y se tiró a mi lado, quitándome el libro con delicadeza.
—La Pasion de Jesucristo Segun San Marcos, ¿neta? ¿Qué, te dio por lo religioso, chava?
Le quité el libro de vuelta, abriéndolo en la página marcada. Mis dedos rozaron los suyos, y ya sentía ese cosquilleo subiendo por mi brazo. Le leí en voz alta, bajito, sobre el huerto de Getsemaní, el sudor como gotas de sangre, el ángel que fortalecía. Pero en mi mente, no era sudor de miedo, era de deseo, de un cuerpo tenso esperando la entrega total.
¿Y si la pasión no era solo sufrimiento? ¿Y si era esto, esta hambre que me quema por dentro cuando Marcos me mira así?
Acto primero de nuestra propia pasión: él se acercó, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta del chicle que masticaba. Sus labios rozaron mi oreja, y susurró:
—Lee más, María. Hazme sentirlo.
Mi voz tembló mientras seguía, sobre el beso de Judas, la traición que ardía. Marcos deslizó la toalla, quedando desnudo, su verga ya semi-dura contra mi muslo. El tacto era caliente, suave como terciopelo sobre acero. Yo dejé el libro a un lado, pero las palabras seguían flotando: pasión, entrega, flagelación del alma.
Nos besamos lento, saboreando el uno al otro. Su lengua exploraba mi boca como si fuera el último sorbo de tequila en una noche loca. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo los músculos tensos, el calor que subía como fiebre. Esto es Getsemaní, pensé, mi oración antes de la entrega.
La tensión crecía chida, gradual. Él me quitó la blusa con calma, besando cada centímetro de piel que liberaba. El sonido de la tela deslizándose era como un suspiro, y el aire fresco me erizó los pezones. Marcos los tomó con la boca, chupando suave al principio, luego con más hambre, mordisqueando lo justo para que yo arqueara la espalda. ¡Ay, cabrón! gemí, riendo entre jadeos. Olía a su sudor fresco mezclándose con mi aroma, ese almizcle dulce que sale cuando estoy mojada.
Acto segundo: la escalada. Me puse de rodillas en la cama, imitando sin decirlo el camino al Calvario. Marcos entendió, sus ojos oscuros brillando con complicidad. —Azótame con tus manos, le pedí, juguetona pero seria. Él sonrió pícaro, ¿segura, mi santa? Sus palmas cayeron suaves sobre mis nalgas, un slap que resonó en la habitación, enviando ondas de placer hasta mi clítoris. No dolía, era éxtasis puro, consensual, nuestro ritual privado.
Yo lo volteé, besando su pecho, lamiendo el salado de su piel. Bajé hasta su verga, dura como piedra ahora, venosa y palpitante. La tomé en la boca, saboreando el pre-semen salado, ese gusto único a él. Marcos gruñó, ¡Qué chido, María! Sigue, no pares. El sonido de mi succión, húmeda y rítmica, llenaba el aire, mezclado con sus jadeos roncos. Mis manos masajeaban sus huevos, pesados y calientes.
La Pasion de Jesucristo Segun San Marcos no hablaba de esto, pero ¿y si el verdadero sufrimiento era no tocar, no probar, no unir cuerpos en uno?
La intensidad subía. Me recostó, abriéndome las piernas con ternura. Sus dedos exploraron mi panocha, ya empapada, resbalosa. Estás chorreando, carnala, murmuró, metiendo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Yo me retorcía, oliendo nuestro sexo en el aire, ese olor penetrante de excitación. El roce era eléctrico, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Pero no soltamos aún. Hablamos, entre besos, de lo jodido que es reprimir el deseo por dogmas viejos. —La pasión es vida, Marcos. No cruz, no clavos, sino esto, le dije, guiando su verga a mi entrada. Él entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, como una corona de espinas que en vez de doler, gozaba.
Nos movimos en sincronía, primero lento, sintiendo cada vena, cada pliegue. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, era hipnótico. Sudábamos, el olor almizclado intensificándose, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mi flagelación a él. Él aceleró, profundo, tocando mi cervix con la punta, haciendo que gritara ¡Más, pendejo, dame todo!
Internamente luchaba: el eco de misa de niña, el pecado, pero lo mandaba al carajo. Esto era empoderador, mío, nuestro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, mi clítoris rozando su pubis. El placer acumulándose, como la multitud en el vía crucis, pero gritando placer no muerte.
Acto tercero: la liberación. Sentí el orgasmo venir, una ola desde el estómago. —Voy a venir, Marcos, ¡jodes! Él se tensó debajo, Yo también, déjame llenarte. Consensual, crudo, perfecto. Explosé primero, mi panocha apretándolo como vicio, chorros de placer saliendo, mojando sus muslos. Él rugió, bombeando semen caliente dentro, pulsación tras pulsación, hasta que quedamos temblando.
El afterglow fue dulce. Nos quedamos unidos, su verga ablandándose dentro, goteando. Besos suaves, risas cansadas. El olor a sexo impregnaba las sábanas, mezclado con jazmín. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí éramos dioses.
La Pasion de Jesucristo Segun San Marcos quedó en la mesita, testigo mudo. Para mí, la verdadera pasión era esta: cuerpos entrelazados, almas desnudas, sin cruces ni culpas.
Marcos me abrazó, susurrando te amo, mi María Magdalena. Yo sonreí, sabiendo que volveríamos a leer, a reinterpretar, a gozar. La noche caía, prometiendo más rondas, más pasión eterna.