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La Mayorista de Pasión Mexicana

6530 palabras

La Mayorista de Pasión Mexicana

Entré al Mercado de la Merced esa mañana con el sol pegando duro en la nuca, el aire cargado de olores a chile fresco, cilantro y frutas maduras que te hacen salivar de solo olerlas. Era mi rutina semanal como chef en un restaurante de Polanco: comprar al mayoreo lo mejor para mis platillos. Pero ese día, algo cambió cuando vi el puesto de La Mayorista de Pasión Mexicana. El letrero colgaba con letras rojas chillantes, rodeado de sacos de guayabas jugosas, mangos ataúlfos y frascos de miel de abeja silvestre que prometían endulzar cualquier antojo.

Allá estaba ella, Rosa, la dueña. Una morena de curvas que no se disculpan, con el pelo negro recogido en una coleta alta que se mecía como serpiente al ritmo de sus movimientos. Llevaba una blusa de manga corta que se pegaba a sus pechos generosos por el sudor del calor, y una falda floreada que dejaba ver sus piernas morenas y fuertes. ¿Qué carajos?, pensé, esta mujer es puro fuego mexicano. Me acerqué con mi carrito, fingiendo interés en las guayabas.

—Órale, guapo, ¿qué vas a llevar hoy? ¿Algo dulce pa' endulzar la boca o algo picante pa' calentar el cuerpo? —me dijo con una sonrisa pícara, sus ojos cafés clavados en los míos como si ya supiera mis secretos.

Tragué saliva, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Lo picante, carnal. Pero dame lo mejor que tengas, que soy exigente.

Rosa se rio, una carcajada ronca y sensual que retumbó en mi pecho. Se inclinó sobre el mostrador, y olí su perfume mezclado con el aroma terroso de las especias: vainilla, canela y un toque de su piel caliente. —Aquí en La Mayorista de Pasión Mexicana solo damos lo premium, wey. Mira estas chiles de árbol, secos y listos pa' hacerte sudar.

Empecé a negociar el precio, pero la tensión crecía con cada mirada. Sus manos rozaban las mías al pasarme las bolsas, piel contra piel, suave y cálida como tamal recién hecho.

Esta chava me va a volver loco, neta. ¿Será que el calor me está pegando o es ella?
Al final, cerramos el trato con un descuento que no pedí, y ella me invitó a pasar atrás del puesto para "probar una muestra especial".

El cuartito detrás era un mundo aparte: paredes de block pintadas de rosa chillón, un colchón viejo cubierto con sábana de satín rojo, velas de cera de abeja encendidas que llenaban el aire de miel dulce. Rosa cerró la cortina con un movimiento fluido y se giró hacia mí, desabotonando el primer botón de su blusa. —Aquí pruebo mis productos con clientes especiales, Alejandro. ¿Te animas?

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Asentí, la voz ronca. —Neta, sí. Pero solo si tú también lo disfrutas, Rosa.

Ella se acercó, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y chile. —Ay, pendejo, ¿crees que invito a cualquiera? Esto es mutuo, carnal. Tócalo tú mismo.

Sus labios se pegaron a los míos en un beso que sabía a tamarindo dulce y picante. Sus lenguas danzaban, explorando, mientras sus manos subían por mi espalda, arañando suavemente bajo la camisa. La desvestí despacio, revelando sus senos plenos, pezones oscuros endurecidos por el deseo. Los besé, chupé, sintiendo su gemido vibrar en mi boca, salado como el sudor que perlaba su piel. Olía a mujer en celo, a tierra fértil después de la lluvia.

La recosté en el colchón, el crujido de las resortes mezclándose con nuestras respiraciones agitadas. Bajé por su vientre suave, besando cada centímetro, hasta llegar a sus muslos. Los abrí con delicadeza, y ahí estaba su sexo depilado, húmedo y rosado, invitándome. Lamí despacio, saboreando su néctar salado y dulce, como pulque fresco. Rosa arqueó la espalda, sus uñas en mi pelo. —¡Sí, así, wey! No pares, me traes loca de pasión mexicana.

Mi verga palpitaba dura dentro del pantalón, rogando atención. Ella se incorporó, me quitó la ropa con urgencia, y la tomó en su mano experta, masturbándome lento mientras me miraba a los ojos. —Mira qué chulada, grandota y lista pa' mí. Ven, métemela despacio.

Me posicioné entre sus piernas, frotando la punta contra sus labios hinchados, lubricándonos mutuamente. Entré centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Gimeos juntos, el sonido ahogado por el bullicio del mercado afuera: vendedores gritando ofertas, carros chirriando, pero adentro solo existíamos nosotros. Empujé más profundo, ella clavó las caderas contra las mías, marcando el ritmo.

Esto es puro éxtasis, su coño me aprieta como si no quisiera soltarme nunca. Sudábamos, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo crudo llenando el aire. Rosa rodó encima, cabalgándome como amazona en rodeo. Sus tetas rebotaban al compás, yo las amasaba, pellizcando pezones que la hacían jadear. —¡Más fuerte, cabrón! Dame toda tu pasión.

Cambiábamos posiciones como en un baile ancestral: de lado, con su pierna sobre mi hombro para penetrar más hondo; de rodillas, yo atrás embistiéndola mientras le azotaba las nalgas suaves, rojo contra moreno. Cada roce enviaba chispas por mi espina, el placer acumulándose como tormenta en el Golfo. Sus paredes internas se contraían, ordeñándome, y ella gritó mi nombre en un orgasmo que la sacudió entera, jugos calientes empapándonos.

No aguanté más. —Me vengo, Rosa... —gruñí, y ella apretó más. Exploto dentro, chorros calientes llenándola, el mundo blanco y negro por segundos eternos. Colapsamos, jadeantes, su cabeza en mi pecho, el corazón tronando como mariachi en fiesta.

Después, yacimos enredados, el colchón pegajoso bajo nosotros. Rosa trazaba círculos en mi piel con el dedo, oliendo a sexo y miel. —Vuelve cuando quieras, Alejandro. En La Mayorista de Pasión Mexicana siempre hay más por probar.

Me vestí con piernas temblorosas, besándola una última vez, sabor a nosotros en los labios. Salí al mercado renovado, el sol ahora amigo, llevando bolsas de chiles y el recuerdo ardiente de su cuerpo.

Esta pasión mexicana no se olvida fácil, neta. Ya soy cliente fiel.

Desde ese día, cada visita al mercado era pretexto para volver a sus brazos. Rosa no era solo una mayorista; era el fuego que enciende cualquier alma mexicana, y yo, su devoto comensal de placeres prohibidos en medio del ajetreo citadino.

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