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Noches de Pasión Soccer Club

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Noches de Pasión Soccer Club

El estadio del Pasión Soccer Club vibraba con el rugido de la afición esa noche calurosa en Guadalajara. El aire olía a chamarras de cuero sudadas, a chelas frías derramándose y a ese toque de tierra removida del campo. Yo, Ana, me había colado entre la multitud como siempre, con mi camiseta ajustada del equipo pegada al cuerpo por el bochorno, sintiendo cómo el sudor me resbalaba entre los pechos. Era fanática de hueso colorado, pero esa noche mis ojos no se despegaban de Marco, el delantero estrella. Ese vato alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la playera roja y blanca cada vez que corría. Neta, qué rico se ve sudando, pensé mientras mordía mi labio, el corazón latiéndome como tambor de mariachi.

El partido terminó con un golazo de Marco en el último minuto, y el estadio explotó. Gritos, abrazos, saltos. Me quedé rezagada, fingiendo esperar a un carnal, pero en realidad quería acercarme al pasillo de los vestidores. El olor a hierba fresca y sudor masculino me envolvía, haciendo que mi piel se erizara. Ahí lo vi, saliendo con una toalla al cuello, el pelo revuelto y esa sonrisa pícara que me hacía mojarme sin remedio.

¿Y si me habla? Ay, wey, no seas pendeja, Ana, solo es un jugador más, me dije, pero mi cuerpo ya traía su propia agenda, el pulso acelerado entre las piernas.

—Oye, morra, ¿vienes siempre a vernos? —me soltó de repente, su voz ronca por el esfuerzo del partido, oliendo a hombre puro, a testosterona y jabón recién salido de la ducha.

Me quedé muda un segundo, pero le seguí la corriente con una sonrisa coqueta. —Neta, sí, pero tú hoy la armaste, carnal. Ese gol... uf, me prendiste.

Reímos, y de ahí fluyó todo natural. Me invitó a unas chelas en el bar del club, un rincón chido con luces tenues y música de banda sonando bajito. Hablamos de fútbol, de la vida, de cómo el Pasión Soccer Club era más que un equipo, era una familia. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía su rodilla rozando la mía bajo la mesa, un toque eléctrico que me hacía apretar los muslos.

La plática se puso caliente rápido. —Sabes, nena, desde que te vi en las gradas, no pude concentrarme bien —confesó, su mano grande cubriendo la mía, el calor de su palma traspasando mi piel—. Me traes loco con esa mirada.

Mi deseo ardía ya, un fuego que me lamía el vientre. Órale, Ana, ve por él. Lo jalé de la mano hacia los vestidores vacíos, el pasillo oscuro oliendo a linimento y cuero de balones. Cerramos la puerta con un clic que sonó como promesa.

Acto dos, y la tensión subía como la marea en Mazatlán. Marco me acorraló contra los lockers fríos, su cuerpo duro presionando el mío. Sentí su erección contra mi cadera, gruesa y pulsante, y un gemido se me escapó. Sus labios rozaron mi cuello, besos húmedos que sabían a sal y cerveza, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando mi falda corta.

—Estás chingona, Ana —murmuró, su aliento caliente en mi oreja, dedos hurgando el encaje de mi tanga—. ¿Quieres que pare?

—Ni madres, sigue, wey —jadeé, arqueándome contra él. Le arranqué la playera, exponiendo ese torso esculpido, pectorales firmes que lamí con hambre, saboreando el sudor salado de su piel. Él gruñó, un sonido animal que me vibró en el pecho, y me bajó las tetas de un jalón, chupando un pezón con fuerza, mordisqueando hasta que dolió rico.

Nos movíamos como en un baile frenético, ropa volando. Lo empujé al banco largo, me subí a horcajadas, frotándome contra su verga dura que asomaba del bóxer. El roce era tortura deliciosa, mi clítoris hinchado rogando más. Qué chido se siente, tan grande, tan mío esta noche, pensé mientras lo besaba, lenguas enredadas, sabores mezclados de menta y lujuria.

Pero no era solo físico; en su mirada había algo más, una conexión que me hacía sentir poderosa, deseada de verdad. —Eres fuego puro, como el equipo —dijo entre besos, sus manos amasando mis nalgas, dedos rozando mi entrada húmeda—. Déjame hacerte mía.

Levanté las caderas, guiándolo dentro de mí con un suspiro largo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer me nubló la vista, estrellas bailando. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El slap de piel contra piel resonaba en el vestidor, mezclado con nuestros jadeos y el eco lejano de la fiesta afuera.

Aceleramos, mis uñas clavándose en su espalda, su boca en mi cuello dejando chupetones. Sudábamos juntos, el olor almizclado de nuestros sexos llenando el aire. Me volteó, poniéndome a cuatro patas sobre el banco, y embistió desde atrás, profundo, tocando ese punto que me hacía gritar. —¡Sí, así, cabrón! —chillaba, el orgasmo construyéndose como tormenta.

Él gemía mi nombre, manos en mis caderas, tirando de mí contra su pelvis. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris, el calor subiendo, mis paredes contrayéndose alrededor de él. No aguanto más, se viene... Exploté primero, un clímax que me sacudió entera, jugos chorreando por mis muslos, visión borrosa. Él siguió unos segundos, gruñendo ronco, y se corrió dentro, caliente, llenándome hasta rebosar.

Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos. El afterglow era puro éxtasis: su pecho subiendo y bajando bajo mi mejilla, el latido de su corazón calmándose contra mi oído. Olía a nosotros, a sexo crudo y satisfecho. Me besó la frente, tierno ahora.

—Eso fue lo mejor post-partido de mi vida, nena —dijo riendo bajito, acariciándome el pelo.

Yo sonreí, sintiéndome reina del Pasión Soccer Club. No era solo un polvo; había chispas de algo real, un deseo que prometía más noches así. Nos vestimos entre risas y besos robados, saliendo al fresco de la noche tapatía, el estadio ya en silencio pero nuestro fuego encendido para siempre.

Desde esa noche, cada partido es una promesa. Marco y yo, en las gradas, en los vestidores, en su depa. El Pasión Soccer Club no solo ganó la liga; ganó mi corazón, y yo, su pasión eterna.

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