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El Final del Diario de una Pasión

7498 palabras

El Final del Diario de una Pasión

Querido diario, hoy escribo estas líneas con el corazón latiéndome a mil por hora, porque este es el final de diario de una pasión que me ha tenido al borde del abismo durante meses. Todo empezó hace un año en ese café de la Condesa, donde el aroma del café de olla se mezclaba con el bullicio de la ciudad. Ahí lo vi por primera vez: Marco, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me desnudaban sin decir una palabra. Yo, Ana, una morra de treinta y tantos, casada en papel pero muerta en alma, sentí un cosquilleo en la piel que no se iba ni con rezos. Neta, desde ese día supe que esto iba a ser una chingadera de proporciones épicas.

La tensión creció despacio, como el calor que sube en un atardecer de Coyoacán. Mensajes de WhatsApp a medianoche, "Órale, guapa, ¿sueñas conmigo?", y yo respondiendo con emojis de fuego porque las palabras me fallaban. Nos veíamos en rincones discretos: un parque en Polanco, un cine en la Roma donde sus manos rozaban las mías en la oscuridad, enviando chispas por mi espina dorsal. El olor de su colonia, esa vainilla con un toque ahumado, se me pegaba al cabello como una promesa sucia. Cada encuentro era un juego de miradas, de roces accidentales que no lo eran, de risas nerviosas que ocultaban el hambre que nos devoraba por dentro.

¿Por qué no lo dejo ya? –me pregunto en silencio–. Porque su toque es como un shot de tequila: quema, enciende y te deja pidiendo más. Pero hoy, en este hotel boutique de la Zona Rosa, con las luces tenues y el sonido lejano de los cláxones, todo llega al clímax. Llego primero, el corazón martilleándome el pecho como tambores de mariachi. Me miro en el espejo: falda negra ceñida que abraza mis curvas, blusa escotada que deja ver el encaje de mi brasier rojo. El perfume de jazmín que me pongo es dulce, pegajoso, como el sudor que ya anticipa la noche.

La puerta se abre y ahí está él, alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marca sus pectorales duros como piedra volcánica. "Hola, reina", dice con esa voz grave que me eriza la piel, y me abraza fuerte, su cuerpo pegándose al mío. Siento su calor a través de la tela, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. Sus labios rozan mi cuello, un beso ligero que sabe a menta y deseo, y un gemido se me escapa sin querer. "Te extrañé, pendejo", le digo riendo, pero mis manos ya trepan por su espalda, clavando uñas en su carne.

Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas enredadas en un baile húmedo y salvaje. Su boca sabe a café y a él, ese sabor único que me hace mojarme al instante. Me empuja contra la pared, el yeso fresco contrastando con el fuego de sus palmas en mis caderas. "Eres mía esta noche", murmura, y yo asiento, perdida en el vértigo. Sus dedos bajan la cremallera de mi falda, que cae al suelo con un susurro suave, dejando mis piernas expuestas al aire acondicionado que me pone la piel de gallina.

¡Ay, diario, si pudieras sentir esto! Su mirada devorándome, como si yo fuera el pozole más chingón del mercado.

Me carga en brazos hasta la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestro peso. El cuarto huele a velas de vainilla y a nosotros, ese aroma almizclado de excitación que se acumula en el aire. Se quita la camisa despacio, provocándome, revelando su torso tatuado con un águila que parece volar cuando flexiona los músculos. Lo jalo hacia mí, besando su pecho, lamiendo el salado de su sudor fresco. Mis uñas recorren su abdomen, bajando hasta el bulto en sus jeans que palpita como un corazón desbocado.

"Quítatelos ya, cabrón", le ordeno con voz ronca, y él obedece riendo, esa risa que me deshace. Su verga sale libre, dura, venosa, coronada de una gota perlada que brilla bajo la luz ámbar. La tomo en mi mano, suave pero firme, sintiendo su calor pulsante, el grosor que me estira los dedos. Él gime, un sonido gutural que vibra en mi clítoris, y me tumba de espaldas, besando mi vientre, bajando hasta mis muslos internos. El roce de su barba incipiente me quema delicioso, y cuando su lengua toca mi panocha a través de las bragas empapadas, arqueo la espalda como poseída.

Siento cada lamida como un rayo: húmeda, caliente, precisa. Chupa mi clítoris hinchado, succionando con maestría, mientras dos dedos se hunden en mí, curvándose para golpear ese punto que me hace ver estrellas. "¡Sí, así, no pares!", grito, mis caderas moviéndose solas, follando su boca. El jugo de mi excitación chorrea por sus labios, sabe a sal y miel, y él lo devora como un hombre sediento. Mis pechos suben y bajan agitados, pezones duros rozando el aire, rogando atención. Él sube, mamándolos uno a uno, mordisqueando lo justo para doler placer.

La tensión es insoportable, un nudo en el bajo vientre que crece y crece. "Métemela ya, Marco, por favor", suplico, y él se posiciona, la punta de su verga rozando mi entrada resbaladiza. Entra despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el límite. ¡Qué fullness tan glorioso! Llenándome por completo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida lenta. El sonido es obsceno: piel contra piel, chapoteos húmedos, nuestros jadeos mezclados con el zumbido del ventilador.

Acelera, mis piernas enredadas en su cintura, talones clavándose en su espalda. El olor de sexo impregna todo, sudor, fluidos, pasión cruda. Siento cada vena de su polla frotando mis paredes internas, golpeando profundo, haciendo que mis jugos salpiquen. "¡Más fuerte, chingame duro!", le exijo, y él obedece, follando como un animal, sus gruñidos roncos en mi oído. Mis uñas le arañan la espalda, dejando surcos rojos que mañana dolerán delicioso.

Esto es el paraíso, diario. Su cuerpo sobre el mío, sudado, pesado, perfecto. Cada thrust me acerca al borde.

El orgasmo me golpea como un terremoto en la CDMX: ondas de placer desde el clítoris hasta las yemas de los pies, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos incontrolables. Grito su nombre, el mundo se vuelve blanco, estrellas explotando detrás de mis párpados. Él no para, prolongando mi éxtasis con embestidas precisas, hasta que su propio clímax lo sacude. Siento su leche caliente inundándome, chorros potentes que me llenan hasta rebosar, goteando por mis muslos.

Colapsamos juntos, jadeantes, pegajosos. Su peso sobre mí es reconfortante, su aliento caliente en mi cuello. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, manos acariciando cabellos revueltos. El cuarto gira lento, el aire espeso con nuestro aroma compartido. "Eres increíble, Ana", murmura, y yo sonrío, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Pero este es el final, querido diario. Mañana le diré adiós a Marco, porque esta pasión, aunque ardiente como chile en nogada, me quema demasiado el alma. Mi matrimonio se desmorona, pero no por él; por lo que despertó en mí. Ahora sé lo que quiero: libertad, deseo propio, no migajas. Me levanto de la cama, piernas temblorosas, el semen secándose en mi piel como un tatuaje temporal. Me visto, lo beso una última vez, saboreando sus labios hinchados.

Salgo a la noche mexicana, el smog con olor a taquería y lluvia lejana. El corazón duele un poco, pero late fuerte, vivo. Este final de diario de una pasión no es un luto, es un renacer. Adiós, Marco. Hola, yo misma, lista para más fuegos.

Fin.

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