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Exaltación Violenta de una Pasión Crucigrama

6724 palabras

Exaltación Violenta de una Pasión Crucigrama

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en el departamento de Ana en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido y juguetón. Ella estaba sentada en el sillón de terciopelo verde, con las piernas cruzadas, hojeando una revista de moda mientras el aire olía a café recién molido y a las gardenias que había puesto en el jarrón de la mesa. Neta, hoy viene Marco y ya me estoy mojando nomás de pensarlo, pensó, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Habían estado saliendo un par de meses, pero cada encuentro era como la primera vez: puro fuego, pura exaltación violenta de una pasión que los dejaba temblando.

La puerta sonó con ese timbre juguetón que Marco siempre tocaba tres veces, como su código privado. Ana se levantó de un brinco, alisándose el vestido corto de algodón que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Abrió y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que le hacía un hoyuelo en la mejilla izquierda. Llevaba una bolsa de papel craft en la mano y olía a colonia fresca, a jabón de sándalo y a algo más, a deseo contenido.

Wey, mira lo que te traje —dijo Marco, entrando y plantándole un beso rápido en los labios que sabía a menta y promesas—. Un crucigrama especial, hecho por mí. Para que nos la pasemos chido antes de... ya sabes.

Ana rio, cerrando la puerta y siguiéndolo a la mesa del comedor. Sacó el crucigrama de la bolsa: un pliego grande, impreso en papel grueso, con casillas negras y blancas como un tablero de ajedrez erótico. Las pistas estaban en español, pero con un twist: todas giraban alrededor de sus recuerdos, de sus noches locas.

Se sentaron uno al lado del otro, tan cerca que sus muslos se rozaban bajo la mesa. El roce de la piel de Marco contra la suya era eléctrico, cálido, como una chispa que subía por su pierna. Ana tomó el lápiz que él le pasó, oliendo a madera fresca.

—Primera pista horizontal: Lo que haces con mi verga cuando te pones cachonda —leyó en voz alta, sintiendo que el calor le subía a las mejillas.

Marco soltó una carcajada ronca, profunda, que vibró en el pecho de ella.

Mamadas, obvio. Ponlo ahí, mami.

Ana escribió las letras con mano temblorosa, imaginando ya el sabor salado de él en su boca. Cada pista era así: juguetona, sucia, cargada de su historia. El lugar donde te corrí la primera vez: cocina. Tu gemido favorito: ay papi. Rieron, se tocaron las manos, se miraron con ojos que ardían. El aire se espesaba con el olor de su excitación mutua, ese almizcle sutil que salía de entre sus piernas.

¿Por qué carajos un crucigrama? Porque este wey sabe cómo hacerme arder lento, como tamal en comal, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras su mano bajaba disimuladamente a la entrepierna de él, sintiendo la dureza creciente bajo el pantalón.

La tensión crecía con cada casilla llena. Marco se inclinaba sobre ella, su aliento caliente en su cuello, besándola ahí de vez en cuando, chupando suave la piel que sabía a sal y perfume de vainilla. Ana respondía arqueándose, presionando sus pechos contra el brazo de él. El sonido de sus respiraciones se aceleraba, entrecortado, como preludio de tormenta.

—Ahora la diagonal principal —dijo Marco, con voz grave, casi un gruñido—. Exaltación violenta de una pasión crucigrama. Diez letras.

Ana parpadeó, el corazón latiéndole como tamborazo en la cabeza. Las letras que ya tenían encajaban perfecto: orgasmo. Lo escribió despacio, saboreando cada trazo, mientras el entendimiento la golpeaba como ola caliente.

Orgasmos... no, orgasmo —susurró ella, girándose hacia él.

Marco no esperó más. La levantó en brazos como si no pesara nada, sus manos fuertes en su culo, apretando la carne suave bajo el vestido. La llevó al sillón, tirándola sobre los cojines mullidos que crujieron bajo su peso. El vestido se subió solo, revelando sus bragas de encaje negro, ya empapadas.

Eres una pinche diosa —murmuró él, arrodillándose entre sus piernas, besando el interior de sus muslos. El calor de su boca era abrasador, la lengua trazando caminos húmedos que olían a su excitación, a mar y miel.

Ana jadeó, enredando los dedos en su cabello oscuro, tirando suave. Sí, así, cabrón, no pares. Él lamió despacio sobre la tela, succionando el clítoris hinchado, haciendo que sus caderas se alzaran solas. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos ahogados, el latido de su pulso en los oídos. Ella se retorcía, el terciopelo raspando su espalda desnuda, enviando chispas por su espina.

Marco se quitó la camisa, revelando el pecho moreno, musculoso, con vello que invitaba a tocar. Ana lo jaló hacia arriba, besándolo con hambre, saboreando su lengua, su saliva mezclada con el gusto de ella misma. Sus manos bajaron al zipper de él, liberando la verga dura, gruesa, palpitante. La tocó, suave al principio, luego apretando, sintiendo las venas bajo la piel aterciopelada, el precum resbaloso en su palma.

Fóllame ya, wey —suplicó ella, guiándolo a su entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El placer era violento, una exaltación violenta de una pasión que los consumía. Ana gritó, clavando uñas en su espalda, sintiendo cada embestida profunda, el roce de su pubis contra el clítoris. El sillón se mecía con ellos, crujiendo rítmicamente, al compás de sus cuerpos chocando: piel contra piel, sudor salado goteando, mezclándose.

Él aceleró, gruñendo en su oído:

Te sientes tan chingona, tan apretada... córrete conmigo, mija.

El orgasmo la alcanzó como rayo, contracciones violentas sacudiéndola, el mundo reduciéndose a esa fricción perfecta, al olor almizclado de sus jugos, al sabor de su beso desesperado. Marco se corrió segundos después, llenándola con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el de ella.

Se quedaron así, jadeantes, pegados por el sudor que enfriaba lento en su piel. El crucigrama olvidado en la mesa, pero su esencia palpitaba aún en ellos: esa exaltación que no necesitaba palabras, solo cuerpos entrelazados.

Ana sonrió, acariciando la mejilla de Marco, oliendo el sexo en el aire, sintiendo la paz profunda después de la tormenta.

El mejor crucigrama de mi vida, pendejo —susurró.

Él rio bajito, besándola suave, y el sol se hundió afuera, dejando la habitación en penumbras íntimas.

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