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Pasión y Poder Intro

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Pasión y Poder Intro

El salón del hotel en Reforma bullía de luces tenues y copas tintineando como promesas susurradas. Pasión y Poder Intro, así se llamaba el evento de networking que habías esperado con ansias. Vestida con ese vestido negro ceñido que marcaba tus curvas como un secreto bien guardado, sentías el aire acondicionado rozando tu piel expuesta en el escote. El aroma a perfumes caros y cigarros cubanos se mezclaba con el leve dulzor de los cócteles de mezcal. Tú, con tu carrera en ascenso en la empresa de consultoría, sabías que esta noche podía ser el trampolín a algo grande.

Entonces lo viste. Diego Salazar, el CEO de la firma rival, un hombre de hombros anchos y mirada que cortaba como navaja. Su traje italiano se ajustaba perfecto a su cuerpo atlético, y esa barba recortada le daba un aire de depredador elegante. Estaba rodeado de admiradores, pero sus ojos oscuros se clavaron en ti desde el otro lado del salón. Neta, ¿por qué me mira así? pensaste, mientras un cosquilleo subía por tu espina dorsal. Caminaste hacia la barra, sintiendo su mirada quemándote la nuca, el taconeo de tus zapatos Louboutin resonando como un desafío.

—Un tequila reposado, por favor —dijiste al barman, con voz firme. De repente, su presencia te envolvió como humo denso. Olía a sándalo y poder puro.

—Déjame invitarte —su voz grave vibró en tu oído, enviando ondas de calor directo a tu entrepierna. Te giraste, y ahí estaba, tan cerca que podías ver las motas doradas en sus ojos.

—¿Diego Salazar? —respondiste, arqueando una ceja–. No sabía que el gran tiburón bajaba a cazar en Pasión y Poder Intro.

Él sonrió, esa sonrisa lobuna que prometía pecados. —Y yo no esperaba encontrar a alguien que me haga cuestionar mis estrategias. ¿Ana, verdad? He oído de ti. Eres la que está revolucionando el mercado.

Charlaron de negocios, pero el aire entre ustedes crujía de tensión. Sus dedos rozaron los tuyos al pasarte el vaso, y sentiste la electricidad saltar como chispas. Órale, este carnal me trae bien loca, pensaste, mientras su rodilla rozaba la tuya bajo la mesa alta. Cada palabra era un juego de poder: él probando límites, tú respondiendo con fuego.

Quiero que me domine, pero no se lo voy a poner fácil. Que sude por esto.

La música cambió a un ritmo sensual, con saxofones que gemían como amantes. —¿Bailamos? —preguntó él, extendiendo la mano. No era una pregunta, era una orden envuelta en terciopelo. Tus cuerpos se pegaron en la pista improvisada, su mano firme en tu cintura baja, guiándote con autoridad. Sentías su dureza presionando contra tu vientre, el calor de su pecho filtrándose a través de la tela. Sudor perlado en su cuello, salado cuando rozaste tus labios ahí accidentalmente. El mundo se redujo a su aliento en tu oreja, al latido de su corazón acelerado contra el tuyo.

—Estás jugando con fuego, Ana —murmuró, mordisqueando tu lóbulo. Un jadeo escapó de tus labios, y apretaste tus muslos para contener la humedad que ya empapaba tus bragas de encaje.

—Tal vez me guste quemarme —respondiste, clavando tus uñas en su espalda. La pista giraba, cuerpos ajenos rozándolos, pero solo existían ustedes dos. Sus caderas se mecían contra las tuyas en un roce deliberado, prometiendo lo que vendría. El olor a su excitación, almizclado y masculino, te mareaba más que el tequila.

De pronto, te tomó de la mano y te sacó del salón, subiendo al elevador privado. El espejo reflejaba sus siluetas entrelazadas, tus labios hinchados por un beso robado en el pasillo. Sus manos exploraban tu culo con posesión, amasándolo mientras el ascensor subía. Esto es la intro perfecta a la pasión y el poder, pensaste, gimiendo cuando su lengua invadió tu boca, saboreando a tequila y deseo crudo.

La suite presidencial era un sueño: sábanas de hilo egipcio, vistas a la ciudad iluminada, velas parpadeando. Te empujó contra la puerta, arrancándote el vestido con urgencia consentida. —Quítate todo —ordenó, voz ronca. Obedeciste despacio, provocándolo, dejando que viera tus tetas firmes, pezones duros como piedras preciosas. Él se desabrochó la camisa, revelando un torso esculpido, vello oscuro bajando hasta la V de sus abdominales.

Chingón —susurraste, lamiéndote los labios. Te arrodillaste, pero él te levantó, invirtiendo el poder. —No, aquí mando yo primero. Tú decides si sigues.

Consentimiento en cada mirada. Te llevó a la cama king size, besando cada centímetro de tu piel: el hueco de tu clavícula, el interior de tus muslos temblorosos. Su lengua trazó círculos en tu clítoris hinchado, chupando con maestría mientras metías los dedos en su cabello. ¡Qué rico, pendejo talentoso! gemiste, arqueándote. El sonido de tus jugos siendo lamidos, húmedo y obsceno, llenaba la habitación. Tus caderas se mecían solas, persiguiendo su boca.

Pero querías más poder. Lo empujaste boca arriba, montándolo como amazona. Su verga gruesa, venosa, palpitaba contra tu entrada. La frotaste contra tu coño empapado, torturándolo. —Pídemelo —dijiste, ojos en llamas.

—Chingame, Ana. Hazme tuyo —gruñó él, caderas elevándose. Te hundiste en él centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Estirada al límite, cabalgaste con furia, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando tu culo, el aroma a sexo inconfundible. Sudor goteando, mezclándose. Él te tomó las caderas, embistiendo desde abajo con fuerza brutal pero controlada.

Esto es poder puro, neta. Pasión que quema el alma.

La tensión creció como tormenta: sus dedos pellizcando tus pezones, tu clítoris frotándose contra su pubis. Gemidos se volvieron gritos —¡Órale, sí! ¡Más duro!—. Cambiaron posiciones, él encima ahora, piernas sobre sus hombros, penetrándote profundo. Cada estocada rozaba tu punto G, olas de placer acumulándose. Sentías su pulso latiendo dentro, caliente, vivo.

—Voy a venirme —avisó él, voz quebrada.

—Dentro, hazlo —suplicaste, y el mundo explotó. Tu orgasmo te sacudió como terremoto, coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer empapándolo. Él rugió, llenándote con chorros calientes, cuerpo temblando sobre el tuyo. Colapsaron juntos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, yacían enredados, la ciudad parpadeando afuera. Sus dedos trazaban patrones perezosos en tu espalda, besos suaves en tu sien. —Esa fue la mejor Pasión y Poder Intro de mi vida —murmuró, riendo bajito.

Tú sonreíste, saciada, poderosa. No solo negocios cambian esta noche. Algo nuevo nace aquí. El aroma a sexo persistía, un recordatorio tangible de la conexión. Mañana volverían a ser rivales, pero esta intro había sellado un pacto secreto de deseo y dominio mutuo. Te acurrucaste contra su pecho, escuchando su corazón calmarse, sabiendo que esto era solo el principio.

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