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Mi Pasion Es Tu Fuego

5930 palabras

Mi Pasion Es Tu Fuego

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo contra la arena como un latido constante. Yo, Ana, había llegado sola a esa fiesta en la playa, con un vestido ligero que se pegaba a mi piel por la brisa húmeda. Neta, necesitaba desconectar del pinche trabajo en la ciudad. La música de cumbia rebajada retumbaba desde los altavoces, y la gente bailaba como si el mundo se acabara esa misma noche. Ahí lo vi: Javier, con su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho, una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno.

Me acerqué al bar improvisado, pedí un michelada bien fría, y él se plantó a mi lado. "Órale, güerita, ¿vienes a conquistar la playa o qué?" dijo con esa voz ronca que me erizó la piel. Reí, sintiendo el limón fresco en mis labios y el chile picando la lengua. Mi pasión es el mar y la fiesta, pensé, pero en ese instante su mirada me atrapó. Hablamos de todo y nada: de tacos al pastor en la esquina, de cómo el tequila sabe mejor con buena compañía. Sus ojos cafés profundos me recorrían sin disimulo, y yo no me quedé atrás, rozando su brazo al reír.

La tensión crecía con cada canción. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, el calor de su cuerpo mezclándose con el mío. Sentía su aliento en mi cuello, olía a colonia masculina con un toque de sudor fresco.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Este wey me prende como nadie.
Me susurró al oído: "Ven, vamos a caminar por la orilla, que aquí hace un chorro de calor." Simplemente asentí, mi piel hormigueando donde sus dedos rozaban mi espalda.

La arena tibia se nos metía entre los dedos de los pies mientras caminábamos. La luna llena iluminaba el agua negra, y el viento jugaba con mi pelo. Nos detuvimos detrás de unas palmeras, donde la fiesta se oía lejana como un eco. Se acercó más, su pecho contra el mío, y me besó. Guau, qué beso: labios suaves pero firmes, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a cerveza y a sal, y yo respondí con la misma urgencia, mis manos enredándose en su cabello revuelto.

"¿Quieres venir a mi casa? Está cerquita, en la zona hotelera." Su voz era un ronroneo. Neta, sí quiero. Caminamos rápido, riendo como pendejos, el deseo latiendo en cada paso. Su departamento era chido: amplio, con ventanales al mar y una cama king size que gritaba promesas. Apenas cerramos la puerta, sus manos estaban en todas partes: bajando la cremallera de mi vestido, que cayó al piso como una cascada de tela. Me quedé en lencería negra, sintiendo el aire fresco en mi piel expuesta.

Me levantó en brazos, fuerte como un cabrón, y me llevó a la cama. Sus besos bajaban por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros de calor húmedo. Mi pasión es esto, pensé, sentir su boca devorándome. Lamía mis pezones endurecidos, succionando con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda. Gemí bajito, el sonido ahogado por el zumbido del ventilador y el lejano romper de olas. Sus manos masajeaban mis muslos, abriéndolos despacio, dedos rozando mi humedad a través de la tela.

No mames, Ana, nunca habías estado tan mojada. Este wey sabe lo que hace.
Le quité la camisa, besando su pecho salado, bajando hasta el botón de su pantalón. Lo desabroché con dientes, juguetona, y saqué su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor y las venas marcadas, el olor almizclado de su excitación. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado, mientras él gruñía "Cabrón, qué rica boca tienes."

La intensidad subía como la marea. Me puso de rodillas en la cama, arrancando mi tanga con un tirón que me hizo jadear. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro: círculos lentos, chupadas profundas, dedos curvándose dentro de mí rozando ese punto que me volvía loca. Olía a mi propia excitación, dulce y fuerte, mezclada con su sudor. Mi pasión es su lengua, joder. Me retorcía, uñas clavadas en sus hombros, el placer acumulándose en oleadas que me hacían temblar.

Pero quería más. Lo empujé sobre el colchón, montándome encima. Su verga entraba en mí centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, así, muévete, güerita!" gritó, manos en mis caderas guiándome. Cabalgué fuerte, mis tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, mi cabello pegado a la frente. Sentía cada embestida profunda, su glande golpeando mi cervix con placer punzante.

Cambié de posición: él encima, misionero intenso. Sus ojos clavados en los míos, besos salvajes mientras me follaba con ritmo brutal. Esto es pasión pura, pensé, mi pasión es su fuego dentro de mí. Gemía su nombre, "¡Javier, más duro, pendejo!" y él obedecía, acelerando, el sudor goteando de su frente a mi pecho. El orgasmo me golpeó como un tsunami: contracciones violentas, visión borrosa, un grito ronco escapando de mi garganta. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, rugiendo como animal.

Nos quedamos jadeando, enredados en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda húmeda. El mar cantaba afuera, calmado ahora.

Neta, esto fue épico. Mi pasión es él, este fuego que me quema y me revive.
Me besó suave, "Qué chingón fue, Ana. ¿Repetimos en la mañana?" Sonreí, sabiendo que sí. La noche se cerraba con promesas, mi cuerpo saciado pero ya anhelando más. En Puerto Vallarta, había encontrado mi pasión verdadera: su fuego eterno.

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