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Pasión Ardiente del Reparto de Gavilanes 2

6780 palabras

Pasión Ardiente del Reparto de Gavilanes 2

El sol de la tarde caía a plomo sobre el rancho donde filmábamos Pasión de Gavilanes 2. El aire olía a tierra húmeda y a jazmines silvestres que trepaban por las bardas de adobe. Yo, Jimena, acababa de entrar al reparto de Pasión de Gavilanes 2, interpretando a la hija rebelde de los Urrutia, esa que enciende la pólvora con los hermanos Reyes. Neta, qué emoción, pero también un chorro de nervios. El set bullía de gente: camarógrafos ajustando luces, maquillistas retocando rostros sudorosos, y en el centro, Diego, el wey que daba vida a Juan David Reyes, el más guapo y cabrón del clan.

Sus ojos, negros como café de olla, me clavaron desde el primer ensayo. Medía como metro ochenta, con esa piel morena curtida por el sol, músculos que se marcaban bajo la camisa blanca entreabierta. Órale, Jimena, no te hagas, me dije mientras caminaba hacia él para la escena del enfrentamiento. "¡No te metas en mis asuntos, Reyes!", repetí mi línea con la voz temblorosa, no por el guion, sino porque su mano rozó mi cintura al fingir el empujón. El contacto fue eléctrico, como chispazo de cable pelón. Su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a menta y un toque de tabaco, me erizó la piel.

¿Por qué carajos me late el corazón así? Es solo un pinche actor, pero neta, su mirada promete más que venganza de telenovela.

Terminamos el take y el director gritó "¡Corte!". Todos aplaudieron, pero Diego no soltó mi mirada. "Buen trabajo, mamacita", murmuró bajito, con esa sonrisa pícara que hace derretir. "Tú tampoco estás tan mal, carnal", le contesté juguetona, sintiendo el calor subir por mis mejillas. El resto del día fue un desmadre de tomas: caballos relinchando, balazos de fogueo retumbando, y yo robándole vistazos a su culo prieto cuando montaba. Al atardecer, el equipo empezó a desbandarse. Yo recogía mi libreto cuando él se acercó, con una botella de mezcal en la mano.

"¿Te late un trago antes de irte? En mi trailer hay hielos y limones frescos". Su voz grave vibraba en mi pecho. ¿Decir que no? Ni madres. "Simón, wey, pero no me emborraches, que mañana hay tomas temprano". Caminamos por el polvo del rancho, el cielo tiñéndose de naranja y morado. Su trailer era chido: aire acondicionado zumbando suave, posters de películas gringas en las paredes, y un colchón king size que gritaba pecados. Sirvió dos vasos, el líquido ambarino chapoteando, y el aroma cítrico del limón explotó en el aire.

Brindamos por Pasión de Gavilanes 2 y su reparto que la armaba en grande. Hablamos de todo: de cómo la novela revivía pasiones antiguas, de los chismes del set –que fulano se cogía a mengana entre escenas–, y de pronto, su rodilla rozó la mía. El mezcal calentaba mi vientre, soltándome la lengua. "Sabes, Diego, en la vida real no hay guion para esto que siento". Él dejó el vaso, su mano grande cubriendo la mía. "Yo tampoco lo planeé, Jimena. Desde que te vi, neta, me prendiste".

Su boca se acercó lenta, como en cámara lenta. Primero un roce de labios, suaves como pétalos de bugambilia, luego la lengua explorando, saboreando el mezcal en mi saliva. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso voraz. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, la tela cayendo como cascada al piso. Mi piel desnuda sintió el aire fresco del trailer, pero su cuerpo ardiente lo contrarrestó al pegarse a mí. Olía a hombre puro: sudor limpio, colonia wood y deseo crudo.

¡Qué chingón besas, cabrón! Mi concha ya palpita, húmeda y lista.

Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo por instinto. El colchón nos recibió blando, crujiendo bajo nuestro peso. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando huella de fuego. Lamía mi clavícula, chupando hasta que jadeé. "Diego... ándale, no pares". Él rio ronco, bajando más, sus dientes rozando mis pezones erectos. El placer era un rayo: pinchazos dulces que bajaban directo a mi entrepierna. Sus dedos juguetones trazaron mi abdomen, colándose entre mis muslos. Encontró mi clítoris hinchado, frotando círculos lentos. Mierda, qué bien lo hace. Mi humedad lo empapaba, el sonido chapoteante de sus dedos entrando y saliendo llenaba el trailer.

"Estás chingona de mojada, preciosa", gruñó contra mi piel, mientras yo tiraba de su camisa, rasgando botones. Su pecho ancho, velludo justo donde debía, se presionó contra mis tetas. Bajé la mano, palpando su verga dura como fierro bajo el pantalón. La saqué, palpitante, venosa, goteando precum que lamí de la punta. Salado, amargo, adictivo. La chupé despacio, lengua girando la cabeza, mientras él gemía "¡Pinche diosa!". Su mano en mi pelo, guiándome sin forzar, puro ritmo consensual.

No aguanté más. "Cógeme ya, wey". Se puso encima, su peso delicioso aprisionándome. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Lleno, perfecto. Empezó a bombear, primero suave, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con nuestros jadeos. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, feromonas. Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos. "Más fuerte, Diego... ¡dame todo!". El trailer temblaba con nosotros, la cama chirriando como testigo.

Esto es mejor que cualquier escena de Pasión de Gavilanes. Mi cuerpo explota, olas de placer subiendo desde el estómago.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, guiando el vaivén. Rebotaba sobre él, mis tetas saltando, su verga golpeando mi punto G sin piedad. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. El clímax me alcanzó como tsunami: espasmos violentos, mi concha apretándolo como tenaza, gritando su nombre. Él rugió, hinchándose dentro, corriéndose en chorros calientes que me llenaron. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

El afterglow fue puro paraíso. Su brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando círculos perezosos en mi piel pegajosa. El mezcal olvidado en la mesa, el trailer en penumbras con la luz de la luna filtrándose por la ventana. "Neta, Jimena, esto no fue planeado, pero qué chido", murmuró besando mi sien. Yo sonreí, oliendo su cuello, saboreando la sal. "En el reparto de Pasión de Gavilanes 2 hay más pasión que en el guion, ¿verdad?". Reímos bajito, sabiendo que esto era solo el principio. Mañana, el set vería actores con resaca de placer, pero nadie sabría nuestro secreto ardiente. O tal vez sí, porque en este rancho, las pasiones de gavilanes nunca mueren.

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