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El Árbol de la Pasión

7640 palabras

El Árbol de la Pasión

El sol de Veracruz me pegaba como un beso ardiente cuando bajé del camión en la entrada de la hacienda de mi tía Lupe. El aire olía a tierra mojada, a flores salvajes y a ese dulzor pegajoso de la selva que te envuelve como un amante posesivo. Hacía años que no venía, pero todo seguía igual: los mangos cargados, las enredaderas trepando por las paredes de adobe y ese calor que te hace sudar hasta el alma. Mi tía me abrazó fuerte, oliendo a café y jazmín, y me dijo "Mija, aquí te vas a curar de todos tus males citadinos". Neta, lo necesitaba. Mi último novio en la CDMX me había dejado hecha mierda, con el corazón hecho trizas y el cuerpo pidiendo a gritos algo real.

Al día siguiente, mientras paseaba por los jardines, lo vi. Diego, el encargado de todo eso. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camisa sudada y una sonrisa que te derretía las rodillas. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Me saludó con un "Buenos días, señorita Ana. ¿Se le ofrece algo?" Su voz era grave, como el rumor de un río caudaloso. Le pedí que me mostrara los rincones más chidos del lugar, y él, con esa picardía mexicana, aceptó de volada.

¿Por qué me late tanto este wey? Es guapo, sí, pero hay algo más. Sus ojos negros me miran como si ya supiera todos mis secretos.

Caminamos entre palmeras y buganvillas, el suelo crujiendo bajo nuestras botas. El sudor me corría por la espalda, pegándome la blusa al cuerpo, y noté cómo sus ojos se desviaban un segundo a mis curvas. Me platicó de la hacienda, de las cosechas, pero luego señaló un sendero angosto cubierto de hojas. "Ahí está el Árbol de la Pasión", dijo bajito, como si fuera un secreto. Mi corazón dio un brinco. "¿Árbol de la pasión? Suena a algo de novela", le contesté riendo. Él se acercó un poco más, su olor a tierra y hombre invadiéndome las fosas nasales. "Neta, mija. Dicen que es un ceibo antiguo, que sus frutos despiertan lo más salvaje del cuerpo. Los amantes van allá a... ya sabes". Su aliento cálido rozó mi oreja, y sentí un calor húmedo entre las piernas. ¡No seas pendeja, Ana! Pero qué ganas de probar esa leyenda.

La tensión creció esa tarde. Ayudé a Diego a podar unas ramas, nuestros brazos rozándose accidentalmente. Cada toque era eléctrico, como chispas en la piel. Él bromeaba, "Eres una mamacita con manos de oro, Ana", y yo le respondía "Tú no te quedas atrás, guapo". El sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasión, cuando me invitó a ver el árbol de cerca. "Al atardecer es mágico". Acepté, el pulso acelerado, el cuerpo vibrando de anticipación.

El Árbol de la Pasión era imponente, un gigante de tronco grueso y retorcido, ramas cargadas de flores rojas como labios hinchados. Sus hojas susurraban con la brisa, un sonido hipnótico que me erizaba la piel. Olía a miel y a algo más primitivo, como feromonas del bosque. Nos sentamos a su sombra, compartiendo una cerveza fría que él sacó de una hielera escondida. Nuestras rodillas se tocaron, y no nos apartamos. Hablamos de todo: de amores fallidos, de sueños rotos. "Yo vengo de un pueblo chiquito, pero aquí encontré mi paraíso", dijo él, su mano rozando la mía. Yo confesé mis miedos, cómo el último pendejo me había hecho dudar de mí. Sus dedos entrelazaron los míos, firmes y cálidos.

Esto es real. Su piel contra la mía quema. Quiero más. Quiero que me toque toda.

El deseo escaló lento, como la marea. Primero un beso tentativo, sus labios suaves probando los míos, saboreando a cerveza y sal. Gemí bajito cuando su lengua entró, explorando, danzando. Sus manos subieron por mi espalda, desabotonando mi blusa con urgencia contenida. "¿Está chido, Ana? Dime si quieres parar", murmuró contra mi cuello, su aliento caliente enviando ondas de placer. "No pares, Diego. Te quiero ya", respondí, jalándolo hacia mí. Nos desvestimos mutuamente, riendo nerviosos, el aire fresco besando nuestra piel desnuda. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, olía a sudor limpio y pasión. Lo empujé contra el tronco rugoso del árbol, sintiendo su dureza contra mi vientre.

Sus manos expertas amasaron mis senos, pulgares rozando pezones erectos que dolían de necesidad. Chupó uno, lengua girando, dientes mordisqueando suave, y yo arqueé la espalda, gimiendo fuerte. El sonido rebotó en las hojas, uniéndose al coro de grillos y sapos. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi piel. Cuando llegó a mi monte de Venus, separé las piernas, invitándolo. "Eres tan rica, tan mojada para mí", gruñó, inhalando mi aroma almizclado. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento al principio, luego voraz, chupando como si fuera el fruto más dulce del árbol. Mis caderas se movían solas, manos enredadas en su pelo negro, jadeando "¡Sí, cabrón, así! ¡No pares!".

Lo volteé, queriendo devolvérselo. Su verga estaba dura como el tronco del árbol, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La lamí desde la base, saboreando su piel salada, el pre-semen perlado en la punta. Él gimió ronco, "¡Qué chingona eres, Ana!", caderas empujando suave. La tragué profunda, garganta relajada, sintiendo su pulso en mi boca. El árbol nos mecía con su brisa, hojas cayendo como confeti erótico.

No aguantamos más. Me recostó sobre una manta que sacó de quién sabe dónde, suave contra mi espalda. Se posicionó entre mis muslos, la cabeza de su verga rozando mi entrada húmeda. "Mírame, Ana. Quiero verte gozar". Asentí, ojos en los suyos, y empujó lento, llenándome centímetro a centímetro. ¡Madre mía, qué grande, qué perfecto! Gemí largo cuando bottomó out, su pubis contra mi clítoris. Empezó a moverse, primero gentil, luego fiero, embistiendo profundo. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el crujir de hojas... todo era sinfonía. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas. Él me besaba salvaje, lenguas batallando, sudor mezclándose.

Esto es pasión pura. El árbol nos bendice. Siento el orgasmo construyéndose, como una tormenta.

Cambié de posición, montándolo, controlando el ritmo. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, senos saltando. Él se incorporó, chupando mis pezones, una mano bajando a frotar mi clítoris hinchado. El placer era cegador, olor a sexo impregnando el aire, gusto a él en mi boca cuando lo besé. "¡Me vengo, Diego! ¡Chíngame más!" Exploté, paredes contrayéndose alrededor de su verga, olas de éxtasis sacudiéndome. Él gruñó, "¡Yo también, preciosa!", y se derramó dentro, caliente y abundante, pulsando.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados bajo el Árbol de la Pasión. Su semen goteaba lento de mí, cálido en mis muslos. El viento secaba nuestro sudor, hojas rozando como caricias post-sexo. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. "Neta, eso fue lo más chido de mi vida", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, "Y ni hemos empezado, guapo. Este árbol nos vio nacer de nuevo".

Al amanecer, caminamos de regreso tomados de la mano, el sol besando nuestra piel marcada por la noche. El Árbol de la Pasión quedó atrás, pero su magia nos seguía, un fuego eterno en las venas. Mi tía nos vio llegar y solo guiñó un ojo, como si supiera. Aquí, en esta hacienda, encontré no solo placer, sino un amor que huele a tierra mexicana y sabe a promesas cumplidas.

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