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Pasion Por La Danza

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Pasion Por La Danza

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón parpadean como promesas calientes, Ana entró al salón de baile por primera vez. El aire estaba cargado de ese olor a madera pulida y sudor fresco, mezclado con el perfume dulce de las flores que adornaban las esquinas. Qué chido este lugar, pensó mientras sus ojos recorrían las paredes cubiertas de espejos que reflejaban su figura esbelta, enfundada en un vestido rojo ajustado que rozaba su piel como una caricia. Su pasión por la danza la había traído aquí, a este estudio escondido en la colonia Roma, donde decían que las clases de salsa te hacían sudar hasta el alma.

La música retumbó de golpe, un ritmo cubano que aceleró su pulso como si ya estuviera bailando. Diego, el instructor, apareció en el centro del salón. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camisa blanca abierta en el pecho, oliendo a colonia masculina y algo más primitivo.

"¡Órale, gente! Hoy vamos a mover las caderas como si no hubiera mañana. ¿Listos pa' quemar el piso?"
gritó con esa voz ronca que erizaba la piel de Ana. Ella se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Neta, este wey es puro fuego.

Se formaron parejas al azar, y el destino la juntó con él. Sus manos grandes envolvieron su cintura, firmes pero suaves, y Ana sintió el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. El primer toque fue eléctrico: sus dedos rozaron la curva de su cadera, guiándola en un paso básico. El sonido de las congas y el güiro llenaba el aire, vibrando en su pecho. Sudor perló su frente mientras giraba, su falda subiendo un poco, revelando la suavidad de sus muslos. Diego la miró a los ojos, una sonrisa pícara. ¿Sientes eso? Esa tensión que crece con cada giro, se dijo ella, el corazón latiéndole como tambor.

La clase avanzó, y con cada salsa on1, on2, sus cuerpos se pegaban más. El roce de su pecho contra el de ella, el aliento cálido en su cuello cuando la giraba. Ana inhaló su aroma: salado, varonil, con un toque de vainilla de su loción. Quiero más, pensó, mientras sus caderas ondulaban al ritmo, imitando un vaivén que ya no era solo baile. Al final de la hora, todos aplaudían exhaustos, pero Ana solo quería quedarse. Diego se acercó, secándose el sudor con una toalla.

"Tú tienes fuego, mamacita. ¿Quieres una clase privada mañana? Pa' pulir esos pasos."
Su voz era un ronroneo, y ella asintió, las mejillas ardiendo.

Al día siguiente, el salón estaba vacío, solo ellos dos bajo luces tenues. La música empezó suave, una bachata lenta que invitaba a lo íntimo. Diego la tomó de la mano, su palma áspera contra la suavidad de la suya. Su piel quema, pensó Ana, mientras él la atraía hacia sí. Sus pechos se presionaron, y ella sintió la dureza creciente en sus pantalones rozando su vientre. Bailaron despacio, sus muslos entrelazándose, el friction generando chispas. El olor a su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con el jazmín de su perfume.

"Muévete así, échale ganas"
, murmuró él al oído, su aliento caliente lamiendo su lóbulo. Ana arqueó la espalda, presionando sus nalgas contra su entrepierna. Un gemido escapó de sus labios cuando sus manos bajaron, amasando sus caderas con posesión juguetona. Esto ya no es solo danza, se confesó en silencio, el pulso acelerado latiendo en su sexo húmedo. Se giró en sus brazos, enfrentándolo, y sus labios se encontraron en un beso voraz. Lenguas danzaron como en la salsa, probando sal y deseo. Sus dientes mordisquearon su labio inferior, arrancándole un "¡Ay, cabrón!" entre risas.

La ropa cayó como hojas en otoño: su vestido rojo resbaló al suelo, revelando senos firmes coronados de pezones oscuros y duros. Diego gruñó de aprobación, sus ojos devorándola.

"Eres una diosa, neta"
. La besó el cuello, bajando a lamer la sal de su clavícula, mientras sus dedos exploraban la humedad entre sus piernas. Ana jadeó, el tacto de sus callos ásperos contra su clítoris hinchado enviando ondas de placer. Siento cada roce como fuego líquido. Ella le quitó la camisa, arañando su pecho velludo, bajando a desabrochar sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el mismo ritmo de la música que aún sonaba bajito.

Se tumbaron en el suelo acolchado del salón, cuerpos entrelazados en una coreografía nueva. Ana montó sobre él, guiando su polla dentro de sí con un suspiro profundo. Qué rico, tan lleno. El estiramiento era exquisito, sus paredes internas apretándolo como en un abrazo. Empezó a moverse, caderas girando en círculos sensuales, imitando los pasos de salsa. Diego embestía desde abajo, sus manos en sus nalgas, abriéndolas para profundizar. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus gemidos:

"¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo!"
gritó ella, riendo entre jadeos.

El sudor los unía, resbaladizo y caliente. Él la volteó, poniéndola de rodillas, y entró por detrás con un thrust potente. Ana gritó de placer, el ángulo golpeando su punto G con precisión. Sus bolas chocaban contra su clítoris, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Esto es mi pasión por la danza hecha carne, pensó mientras sus uñas se clavaban en la madera. Diego aceleró, gruñendo como animal, una mano en su cabello tirando suave, la otra frotando su botón hinchado. La tensión crecía, espiral ascendente, hasta que el orgasmo la alcanzó como una ola: contracciones violentas, jugos chorreando por sus muslos, el mundo explotando en colores.

Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, su semen caliente llenándola. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa. Diego la besó la nuca, suave ahora.

"Eres increíble, Ana. Esto fue... puro ritmo."
Ella sonrió, girándose para acurrucarse en su pecho, oyendo los latidos de su corazón calmarse. El salón olía a ellos, a pasión consumada, y la música se había detenido, dejando solo el susurro de sus suspiros.

Días después, en clases grupales, sus miradas se cruzaban con promesas mudas. La pasión por la danza de Ana había encontrado un nuevo compañero, uno que bailaba no solo con los pies, sino con el alma y el cuerpo entero. Y qué chingón se siente, reflexionó mientras giraba en sus brazos, sabiendo que cada paso los llevaría de vuelta a ese suelo, a esa danza privada e infinita.

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