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Pasión por el Triunfo 3 Persiguiendo un Sueño

6429 palabras

Pasión por el Triunfo 3 Persiguiendo un Sueño

El gimnasio olía a sudor fresco y cuero viejo, ese aroma que me erizaba la piel cada vez que entraba. Yo era Alejandro, un chavo de veintiocho años con pasión por el triunfo tatuada en el alma. Llevaba años persiguiendo un sueño: el cinturón de peso welter en el circuito mexicano. No era fácil, pero cada golpe en la pera, cada sombra en el ring, me acercaba más. Esa tarde, el sol de la Ciudad de México se colaba por las ventanas sucias, tiñendo todo de dorado.

Ahí la vi por primera vez. Sofia. Una morra de curvas que quitaban el hipo, con el pelo negro recogido en una coleta alta y un top ajustado que marcaba sus pechos firmes. Entrenaba en la zona de pesas, levantando mancuernas como si nada. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sus ojos cafés, profundos como un mezcal añejo, me clavaron en el sitio.

¿Quién es esta diosa? Neta, me late que podría ser mi talismán para el triunfo.
Me acerqué, limpiándome el sudor de la frente con el dorso del guante.

—Órale, wey, ¿vienes a romperla o nomás a posar? —me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca como el tráfico de Insurgentes.

Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Soy Alejandro. Y tú, ¿qué? ¿La reina del gym?

—Sofía. Bailarina profesional, pero aquí vengo a sudar pa' mantenerme en forma. Persiguiendo un sueño también, ¿sabes? Quiero mi propio estudio de salsa en el DF.

Charlamos mientras yo hacía series de abdominales. Su risa era música, un sonido que vibraba en mi pecho como el gong del ring. Hablamos de nuestras pasiones, de cómo la pasión por el triunfo nos consumía. Ella me contó de rechazos en audiciones, yo de peleas perdidas por un pelo. El aire entre nosotros se cargaba, espeso como el humo de un taquero callejero.

Al día siguiente, volví temprano. Sofia ya estaba ahí, estirando esas piernas largas y torneadas. Me invitó a entrenar juntos. Sus manos rozaron mi espalda al corregirme una postura, y juro que un rayo me recorrió la espina dorsal. Su piel olía a vainilla y sal, un perfume que se me metía en la nariz y me ponía la mente en blanco.

Los días se convirtieron en semanas. Entrenábamos lado a lado: yo en el ring, ella en la pista improvisada con música de cumbia rebajada sonando bajito. Cada roce accidental —su cadera contra mi muslo, mis dedos en su cintura al ayudarla con un salto— avivaba el fuego.

Neta, Sofia, me estás volviendo loco. Quiero más que sudor compartido.
Una noche, después de una sesión brutal, nos quedamos solos. El gym vacío, solo el zumbido de los ventiladores y nuestros jadeos.

—Alejandro, ¿sabes qué? Tu pasión por el triunfo 3 persiguiendo un sueño me prende. Eres como un toro en el ruedo —murmuró, acercándose tanto que sentía su aliento cálido en mi cuello.

La tomé de la mano, su palma suave contra mi callo. —Y tú, mamacita, bailas como si el mundo se acabara. Ven, déjame mostrarte mi ritmo.

Nos besamos ahí mismo, contra el saco de boxeo. Sus labios suaves, con sabor a chicle de tamarindo, se abrieron para mí. Mi lengua exploró su boca, saboreando su dulzura mientras mis manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas firmes. Ella gimió bajito, un sonido que me endureció al instante. La cargué hasta el vestidor, sus piernas envolviéndome la cintura como una boa.

En el banco de madera, la desvestí despacio. Su top voló, revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos por el deseo. Los besé, lamiendo uno mientras pellizcaba el otro. Sofia arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros. —¡Ay, cabrón, qué rico! —jadeó, su voz entrecortada.

Mi boca bajó por su vientre plano, oliendo su excitación, ese aroma almizclado que me volvía feral. Le quité el short, y ahí estaba su concha depilada, reluciente de jugos. La probé con la lengua, chupando su clítoris hinchado. Sabía a miel salada, y sus caderas se movían al ritmo de mi lamida.

Dios, qué delicia. Esta morra es mi premio antes del triunfo.
Ella se retorcía, tirando de mi pelo. —¡Más, Alejandro, no pares!

Me puse de pie, bajándome el pantalón. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por ella. Sofia la miró con hambre, acariciándola con manos expertas. —Qué pinga tan chida, wey. Ven, métemela.

La penetré despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. Era como entrar en el paraíso, su coño húmedo succionándome. Empecé a bombear, lento al principio, escuchando el slap-slap de piel contra piel, sus gemidos mezclados con mis gruñidos. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo las chupaba mientras la follaba más fuerte.

—¡Sí, así, pendejo! ¡Dame todo tu fuego! —gritaba ella, sus ojos vidriosos de placer.

Cambié de posición: la puse a gatas sobre el banco, admirando su culo redondo. Le di nalgadas suaves, viendo cómo se enrojecía la piel. La embestí desde atrás, profundo, tocando su punto G. Sus paredes se contraían, ordeñándome. El olor a sexo llenaba el aire, mezclado con nuestro sudor. Sentía mi corazón latiendo como un tambor de mariachi, el pulso acelerado en mis sienes.

La tensión crecía, como antes de un knockout. Sofia se corrió primero, un grito ahogado que reverberó en las paredes. Su coño se apretó como un puño, jugos chorreando por mis bolas. —¡Me vengo, cabrón! ¡Ay, Dios!

No aguanté más. Me corrí dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras rugía su nombre. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse.

Después, en la ducha compartida, el agua tibia nos lavó. Nos enjabonamos mutuamente, risas y besos suaves. —Esto es solo el principio, Alejandro. Tu triunfo será nuestro —dijo ella, sus dedos trazando mi abdomen marcado.

Salimos del gym tomados de la mano, el skyline de la ciudad brillando bajo la luna. Mi pelea grande estaba cerca, pero ahora tenía más que un sueño: tenía a Sofia, mi musa de pasión.

Con ella, el triunfo sabe a gloria compartida.
La pasión por el triunfo 3 persiguiendo un sueño ya no era solo mía; era nuestra, un fuego que nos consumiría hasta el final.

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