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Pasión Prohibida Capítulo 13 El Fuego que Quema

7410 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 13 El Fuego que Quema

La noche en Guadalajara olía a jazmín y a tierra mojada después de la lluvia. Yo, Marisol, estaba en el balcón de mi casa en la colonia Chapalita, con un vaso de tequila reposado en la mano, mirando las luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas coquetas. Carlos, mi esposo, otra vez de viaje por negocios en Monterrey, me dejaba sola con mis pensamientos y un vacío que crecía como maleza en el pecho. Hacía meses que no nos tocábamos, que su ausencia se sentía como un eco frío en la cama king size que compartíamos.

De pronto, un ruido suave me sacó de mi ensimismamiento. Era Diego, el vecino del lado, ese chulo de ojos color café torrado y sonrisa pícara que me traía loca desde que se mudó hace un año. Alto, moreno, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Él y Carlos eran cuates desde la uni, pero Diego siempre me miraba de una forma que me erizaba la piel, como si supiera todos mis secretos.

¿Qué wey hace aquí tan tarde? Neta, Marisol, contrólate, es el mejor amigo de tu marido.
Pensé, mientras sentía el pulso acelerado en las sienes.

—Órale, Marisol, ¿qué onda? ¿Sola con tu trago? —dijo él, apoyándose en la barda baja que separaba nuestros patios, su voz ronca como un mariachi en la madrugada.

Me acerqué, el aire cálido rozando mis piernas desnudas bajo el short de pijama. —Sí, Diego, Carlos anda en su rollo de siempre. ¿Y tú? ¿No deberías estar en alguna peda con las morras?

Se rio, un sonido grave que vibró en mi vientre. —Nah, prefiero la compañía de una mujer interesante como tú. ¿Me invitas un sorbito?

Le pasé el vaso, y cuando nuestros dedos se rozaron, una chispa eléctrica me recorrió el brazo. Su piel era cálida, áspera por el trabajo en su taller de motos. Olía a colonia barata mezclada con aceite de motor y algo masculino, primitivo, que me humedecía las bragas sin permiso.

Charlamos de tonterías: el tráfico en López Mateos, la nueva taquería en la esquina, pero el aire entre nosotros se cargaba de tensión, como antes de una tormenta. Sus ojos bajaban a mis tetas, apenas cubiertas por la blusa holgada, y yo no podía evitar morder mi labio inferior.

—Sabes, Marisol, siempre he pensado que mereces más que esos viajes eternos de Carlos. Eres fuego puro, mamacita.

Mi corazón latió como tamborazo zacatecano. Pasión prohibida, eso era lo que sentíamos, un capítulo más en esta novela que no podíamos parar.

La conversación derivó a confesiones. Él admitió que se masturbaba pensando en mí, yo le conté lo sola que me sentía. El tequila aflojaba lenguas y inhibiciones. De repente, saltó la barda con agilidad felina y me acorraló contra la pared del balcón, su cuerpo grande presionando el mío.

—Diego, no... esto es una locura —susurré, pero mis manos ya trepaban por su espalda musculosa.

—Dime que pare, y paro —murmuró contra mi cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo.

No lo detuve. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando como en un baile de salsa prohibido. Sabía a sal y a promesas rotas, sus manos grandes amasando mis nalgas con urgencia. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.

Me cargó como si no pesara nada y entramos a mi casa, la puerta cerrándose con un clic que sonó a sentencia. En la sala, bajo la luz tenue de la lámpara de pie, me quitó la blusa, exponiendo mis pechos llenos, pezones duros como piedras de obsidiana.

Estás rica, neta —gruñó, lamiendo un pezón mientras sus dedos bajaban mi short. El roce de sus callos en mi piel sensible me hizo arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor fresco.

Lo empujé al sofá de piel, me arrodillé entre sus piernas abiertas. Desabroché su cinturón, el sonido metálico como un disparo en la quietud. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor vivo, el pulso acelerado bajo la piel suave. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él jadeaba y enredaba sus dedos en mi cabello negro largo.

¡Ay, cabrón, qué chida chupas! —gimió, su voz quebrada.

Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi coño empapado contra su polla dura. El glande rozaba mi clítoris hinchado, enviando ondas de placer que me nublaban la vista. Lo besé con furia, mordiendo su labio inferior, mientras bajaba despacio, centímetro a centímetro, empalándome en él. ¡Dios mío, qué llena me siento! Era enorme, estirándome deliciosamente, tocando spots que Carlos nunca alcanzaba.

Comenzamos a movernos, un ritmo lento al principio, piel contra piel resbalosa de sudor. El sofá crujía bajo nosotros, el aire cargado de jadeos y el slap-slap de carne chocando. Sus manos apretaban mis caderas, guiándome, acelerando. Yo clavaba las uñas en sus hombros, oliendo el aroma embriagador de nuestro sexo mezclado con el perfume de las velas que había encendido antes.

—Más rápido, pendejo, ¡dame todo! —le exigí, montándolo como amazona en rodeo.

Cambiamos posiciones. Me puso a cuatro patas en la alfombra persa, su verga embistiéndome desde atrás con fuerza animal. Cada golpe profundo hacía que mis tetas rebotaran, mis gemidos subían de volumen, afortunadamente la música de fondo —un bolero suave de Armando Manzanero— los disimulaba. Sentía sus bolas peludas golpeando mi clítoris, el placer acumulándose como volcán a punto de erupción.

Esto es pasión prohibida capítulo 13, el clímax que tanto esperé, pensó ella en un rincón de su mente nublada por el éxtasis.

Me volteó, piernas sobre sus hombros, penetrándome profundo mientras su pulgar frotaba mi clítoris en círculos perfectos. El orgasmo me golpeó como rayo, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Grité su nombre, el mundo explotando en colores y estrellas, jugos calientes chorreando por mis muslos.

—Me vengo, nena... —rugió él, sacándola y eyaculando chorros espesos sobre mi vientre tembloroso, su semen caliente marcándome como suya.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopantes. Me acurruqué en su pecho ancho, escuchando el tum-tum acelerado de su corazón, inhalando su olor post-sexo: sudor, semen y hombre satisfecho. El balcón abierto dejaba entrar la brisa nocturna, enfriando nuestros cuerpos ardientes.

—Esto no puede repetirse, Diego —murmuré, aunque mi mano trazaba círculos perezosos en su abdomen marcado.

Él besó mi frente, suave. —Lo sé, pero neta, valió cada segundo. Eres adictiva, Marisol.

Nos vestimos en silencio, robándonos besos robados. Lo vi saltar la barda de regreso, su silueta recortada contra la luna llena. Me quedé en la cama, sola de nuevo, pero con un glow interno que iluminaba la habitación. El vacío se había llenado, aunque fuera con fuego prestado. Mañana Carlos volvería, pero esta noche, pasión prohibida capítulo 13 había escrito su página ardiente en mi alma.

El tequila olvidado en la mesa brillaba como testigo mudo, y yo sonreí en la oscuridad, saboreando el aftertaste de lo prohibido.

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