Noche de Metallica Orgullo Pasion y Gloria CD
La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que me hacía sentir viva, como si la ciudad misma respirara conmigo. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, con el cuerpo cansado pero el alma inquieta. Marco, mi carnal desde hace dos años, ya estaba ahí, recargado en el sofá con una chela fría en la mano. Órale, güey, me dijo con esa sonrisa pícara que siempre me eriza la piel, traigo algo chido para esta noche.
En la mesa del comedor brillaba el empaque nuevo: el CD de Metallica Orgullo Pasion y Gloria, grabado en el Palacio de los Deportes hace unos años. Lo había pedido en línea porque recordábamos ese concierto como el pináculo de nuestra juventud salvaje, cuando nos besamos por primera vez entre el mosh y los riffs ensordecedores. El olor a cartón fresco se mezclaba con el aroma de las enchiladas que Marco había calentado, un toque casero que me hacía salivar. Saqué el disco, lo inserté en el estéreo con manos temblorosas de anticipación. La portada mostraba a la banda en pleno apogeo, sudorosos y gloriosos, y algo en mí se removió, un calor bajo el vientre que no era solo nostalgia.
¿Por qué este CD me pone así? Es como si reviviera esa energía cruda, esa pasión que nos unió.Presioné play y el primer acorde de Creeping Death retumbó en los altavoces, vibrando en mi pecho como un latido acelerado. Marco se acercó por detrás, sus manos grandes rodeando mi cintura, su aliento caliente en mi cuello oliendo a cerveza y a él, ese perfume masculino que me volvía loca. Bailamos despacio al principio, mis caderas moviéndose al ritmo pesado, su verga ya endureciéndose contra mis nalgas. El sonido de las guitarras era ensordecedor, pero perfecto, como un pulso compartido que nos sincronizaba.
La tensión crecía con cada canción. Cuando arrancó Master of Puppets, Marco me giró hacia él, sus ojos oscuros clavados en los míos, llenos de ese orgullo mexicano que tanto me enciende. No mames, Ana, murmuró, siempre me pones como en ese concierto, lista para todo. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando al compás de la batería furiosa. Sentí el sabor salado de su boca, mezclado con el picor de la salsa de las enchiladas que habíamos probado antes. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna, enviando chispas de placer por mi espina.
Nos dejamos caer en el sofá, el cuero crujiendo bajo nuestro peso. El CD seguía girando, ahora con One, esa balada épica que siempre me pone la piel de gallina. Marco me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que irradiaba su cuerpo. Olía a su sudor fresco, a deseo puro, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito cuando su boca capturó uno de mis pezones. Qué rico, cabrón, le susurré, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Él rio, un sonido grave que vibró contra mi piel, y bajó la mano por mi panza, desabrochando mis jeans con maestría.
Esto es orgullo, pasión y gloria pura, como el puto CD que suena de fondo. Quiero que me haga suya ya.La música escalaba, los solos de guitarra de Kirk Hammett cortando el aire como cuchillos afilados. Marco se arrodilló entre mis piernas, bajando mis jeans y tanga en un movimiento fluido. El roce de la tela contra mi piel sensible me hizo jadear. Miró mi coño depilado, húmedo y palpitante, y lamió sus labios. Estás chingona, mi reina, dijo antes de hundir la cara ahí. Su lengua experta trazó círculos lentos alrededor de mi clítoris, succionando con justo la presión que me volvía loca. Sentí el calor de su aliento, el sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después, y gemí fuerte, ahogada por el rugido de Enter Sandman.
La intensidad subía como la del concierto. Lo empujé al suelo, el tapete persa amortiguando la caída. Le arranqué la playera, revelando su pecho tatuado con un águila devorando una serpiente, orgullo mexicano en cada línea. Besé su piel salada, bajando hasta su cinturón. Su verga saltó libre cuando la liberé, gruesa y venosa, goteando precúm que lamí con deleite. Sabía a él, almizclado y adictivo. La chupé despacio al principio, sintiendo cómo latía en mi boca, sus manos enredadas en mi pelo guiándome sin forzar. Así, Ana, no pares, gruñó, su voz ronca compitiendo con los gritos del público en el CD.
El clímax del disco se acercaba, y el nuestro también. Me monté sobre él, frotando mi entrada húmeda contra su punta. Nuestros ojos se encontraron, un pacto silencioso de consentimiento total. Te quiero adentro, Marco, le rogué, y bajé despacio, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo. El estiramiento era exquisito, un ardor placentero que me hizo gritar. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando al ritmo de Seek and Destroy, el sudor chorreando por nuestros cuerpos, oliendo a sexo y a rock pesado. Sus manos en mis caderas me guiaban, fuerte pero empoderador, dejándome el control.
La fricción era alucinante, cada embestida rozando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. El sonido de piel contra piel se mezclaba con los redobles de Lars Ulrich, nuestros gemidos subiendo de volumen.
Esto es gloria, pendejo, tú y yo en este pinche éxtasis, pensé mientras aceleraba, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola imparable. Marco se incorporó, succionando mi cuello, mordisqueando suave mientras sus caderas empujaban arriba, profundizando cada penetración. El olor de nuestro sudor era embriagador, el sabor de su piel en mi lengua cuando lo besé con furia.
El CD llegaba a su fin con Nothing Else Matters, esa canción que siempre nos ablanda el corazón. Pero nosotros no paramos; al contrario, la ternura se volvió feroz. Marco me volteó sobre el sofá, entrando por detrás con un thrust que me dejó sin aliento. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, el ángulo perfecto para follarme profundo. Vente conmigo, mi amor, jadeó, y sentí su verga hincharse dentro de mí. El orgasmo me golpeó como un trueno, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos interminables, jugos chorreando por mis muslos. Él se corrió segundos después, caliente y abundante, llenándome con un rugido gutural que ahogó la última nota del disco.
Nos derrumbamos juntos, jadeantes, el estéreo en silencio ahora, solo el zumbido de la ciudad afuera. Su semen se escurría lento de mí, cálido y pegajoso, mientras él me abrazaba por detrás, besando mi hombro. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. Qué chingonería de noche, murmuró, y yo sonreí, girándome para besarlo suave.
Metallica Orgullo Pasion y Gloria CD no era solo música; era nuestro himno, el catalizador de esta gloria compartida.Nos quedamos así, enredados, con el corazón latiendo al unísono. Mañana pondríamos el CD de nuevo, pero esta vez con más ganas. La noche mexicana nos había dado su bendición, y nosotros la habíamos tomado con todo el orgullo y la pasión que merecíamos.