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Cañaveral de Pasiones Capitulo 60 Fuego entre las Cañas Ardientes

7355 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 60 Fuego entre las Cañas Ardientes

El sol del mediodía en Veracruz caía como plomo derretido sobre el cañaveral, haciendo que las hojas altas de la caña de azúcar susurraran con el viento caliente. Ana caminaba entre los tallos verdes y jugosos, el aire espeso cargado con el dulzor terroso de la tierra húmeda y el aroma sutil de la savia que se escapaba de las cañas cortadas. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado que se pegaba a su piel sudada, delineando sus curvas generosas: los pechos firmes, la cintura estrecha y las caderas anchas que se mecían con cada paso. Hacía meses que no veía a Javier, su amor de juventud, el capataz del ingenio que la volvía loca con solo una mirada.

¿Qué hago aquí, neta? Pensó Ana, mordiéndose el labio inferior. Vine a buscarlo, pero si me ve así de desesperada, se va a reír en mi cara. Pero ay, Dios, cómo lo extraño. Su piel morena, áspera por el trabajo, sus manos grandes que me tocaban como si fuera la única mujer en el mundo.

De repente, un crujido entre las cañas la hizo detenerse. Javier emergió como un jaguar, camisa abierta dejando ver el pecho velludo y brillante de sudor, pantalón de trabajo ajustado que marcaba el bulto prometedor entre sus piernas. Sus ojos negros la devoraron de arriba abajo.

¡Órale, Ana! ¿Qué pedo, mami? ¿Vienes a joderme el día o qué? —dijo con esa voz ronca, cargada de ese acento veracruzano que la derretía.

Ella se acercó, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. El olor a hombre trabajado, a tierra y a macho la envolvió.

—Vine porque no aguanto más, Javier. Este cañaveral de pasiones me tiene loca. Cada noche sueño contigo, con tus besos que saben a ron y caña.

Él sonrió, pícaro, y la jaló por la cintura. Sus cuerpos chocaron, piel contra piel a través de la tela delgada. Ana sintió el calor de su erección presionando su vientre, duro como la caña misma.

Pos entonces, déjame apagar ese fuego, mi reina.

Las cañas los rodeaban como un muro vivo, susurrando secretos con el viento que mecía las hojas afiladas. Javier la besó con hambre, labios gruesos devorando los suyos, lengua invasora saboreando el salado de su sudor mezclado con el dulce de su gloss de fresa. Ana gimió bajito, las manos enredándose en su cabello negro y revuelto. El beso se profundizó, chupando, mordiendo, hasta que ella sintió el pulso acelerado en su clítoris, húmeda ya entre las piernas.

Esto es el paraíso, carnal. Su boca me come viva, y yo solo quiero más. ¿Por qué lo dejé ir? Porque era pendeja, pero ya no.

Javier deslizó las manos por su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas redondas, amasándolas con fuerza. Ana arqueó la espalda, presionando los chichis contra su pecho. Él gruñó, el sonido vibrando en su garganta como un ronroneo salvaje.

Quita ese vestido, Ana. Quiero verte entera, como la diosa jarochita que eres.

Con dedos temblorosos de deseo, ella se lo sacó por la cabeza, quedando en bra de encaje rojo y tanguita diminuta. El sol besaba su piel canela, haciendo brillar las gotas de sudor en su ombligo y entre los senos. Javier se arrodilló, nariz hundida en su pubis, inhalando profundo.

Hueles a miel y a mujer en calor, nena. Me vas a volver loco.

La lengua de él lamió por encima de la tela, trazando la raja húmeda. Ana jadeó, piernas temblando, agarrándose a las cañas para no caer. El roce áspero de las hojas en sus palmas era un contrapunto delicioso al fuego líquido entre sus muslos. Javier tiró la tanga a un lado, exponiendo su panocha rosada y empapada, los labios hinchados brillando de jugos.

Él sopló aire caliente sobre ella, haciendo que Ana se retorciera.

¡Ay, Javier, no me tortures! Métemela ya.

Pero él era paciente, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando cada gota salada y dulce. Chupó el botón hinchado, succionando con maestría, mientras dos dedos gruesos se hundían en su calor resbaladizo, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana gritó, el sonido ahogado por el viento en las cañas, caderas moviéndose solas contra su boca voraz. El olor almizclado de su arousal llenaba el aire, mezclado con el dulzor de la caña.

El clímax la golpeó como ola del Golfo, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por la barbilla de Javier. Él se levantó, lamiéndose los labios, ojos feroces.

Ahora sí, mi amor. Este es Cañaveral de Pasiones Capitulo 60, donde te cojo hasta que grites mi nombre al cielo.

Javier se desabrochó el pantalón de un tirón, liberando su verga gruesa y venosa, cabeza morada palpitando, precúm goteando como savia. Ana la miró hipnotizada, mano envolviéndola, sintiendo el calor latiendo en su palma, la piel sedosa sobre acero. La masturbó lento, pulgar en la punta sensible, mientras él gemía ronco.

¡Qué chingona mano tienes, Ana! Pero quiero estar adentro, enterrado en tu calor.

La giró de espaldas contra un grupo de cañas gruesas, nalgas en pompa, panocha expuesta y lista. Él escupió en su mano, lubricando la verga, y la punta presionó su entrada. Ana empujó hacia atrás, ansiosa, y él se hundió de un golpe suave, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono: ella por la plenitud deliciosa, él por el apretón aterciopelado de sus paredes.

Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, savoring cada roce. La verga salía y entraba, frotando cada nervio, bolas peludas golpeando su clítoris con cada embestida. El sudor corría por sus espaldas, mezclándose donde se unían. Javier mordía su hombro, dejando marcas rojas, manos en sus chichis apretando pezones duros como piedras.

Siento cada vena de su verga, rasgándome adentro. Es mío, todo mío. Más fuerte, cabrón, dame todo.

Él aceleró, caderas chocando con palmadas húmedas, el sonido obsceno ecoando en el cañaveral. Ana clavaba uñas en las cañas, rasgando hojas, mientras él la cogía como animal en celo. El olor a sexo crudo, sudor y tierra los envolvía, el viento trayendo ecos lejanos de maquinaria del ingenio.

¡Me vengo, Javier! ¡No pares! —gritó ella, segundo orgasmo destrozándola, panocha ordeñando su verga en espasmos.

Él rugió, embistiendo salvaje, y se vació dentro, chorros calientes pintando sus paredes, semen goteando por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos unidos.

El sol bajaba ya, tiñendo las cañas de oro rojizo. Javier la abrazó por detrás, verga aún semi-dura dentro, besando su cuello salado.

Eres mi todo, Ana. No te suelto más. Este cañaveral es testigo de nuestro fuego.

Ella giró en sus brazos, besándolo tierno, lenguas danzando lento ahora.

Y yo tuya, mi rey. Cada capítulo de nuestra pasión será más ardiente.

Se vistieron despacio, manos robando caricias finales: un pellizco en la nalga, un beso en el pecho. Caminaron de la mano entre las cañas, el aire fresco del atardecer secando su sudor, corazones latiendo en sintonía. El cañaveral de pasiones guardaba su secreto, listo para más capítulos de éxtasis compartido.

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