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Diario de una Pasion Subtitulada

7424 palabras

Diario de una Pasion Subtitulada

15 de mayo

¡Órale, qué chido empezar este diario de una pasión subtitulada! Porque mi vida andaba tan sosa como un taco sin salsa, hasta que apareció él. Me llamo Ana, tengo treinta y dos, vivo en la Condesa, trabajo en una agencia de publicidad haciendo spots para tele. Hoy en la fiesta de un cliente en Polanco, entre copas de mezcal y reggaetón retumbando, lo vi. Diego, güey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace cosquillas en el estómago. Sus ojos cafés me clavaron como si ya supiera mis secretos. Hablamos de todo: de la ciudad que no duerme, de cómo el tráfico te hace odiar a medio mundo, de películas francesas subtituladas que nos ponen a volar la imaginación. "La pasión siempre necesita subtítulos", me dijo riendo, y yo sentí un calorcito bajito que no era del tequila. Intercambiamos números. Mañana café. Mi piel aún huele a su colonia, madera y algo salvaje. ¿Será?

Nota subtitulada: Si esto es el principio, que no pare la película.

16 de mayo

El café en Verona fue como un sueño despierto. Llegó con jeans ajustados que marcaban sus muslos fuertes, camisa blanca arremangada mostrando antebrazos velludos. Olía a jabón fresco y café recién molido. Nos sentamos afuera, el sol calentando la terraza, cláxones lejanos de la avenida. Hablamos horas, riendo de pendejadas como el Metro en hora pico o cómo el chicle de tamarindo es lo más culero del mundo. Su voz grave me erizaba la nuca, cada roce accidental de su mano en la mesa mandaba chispas directas a mis pezones. "¿Sabes qué?", me soltó mirándome fijo, "tú tienes fuego escondido, Ana. Se nota en cómo muerdes el labio". Me sonrojé como quinceañera, pero le seguí el juego: "Y tú pareces el tipo que lo enciende". Al despedirnos, su beso en la mejilla fue largo, su aliento cálido en mi oreja. Fui a casa con las bragas húmedas, tocándome despacito bajo la ducha, imaginando sus manos grandes explorándome. Este diario va a arder.

20 de mayo

Han pasado días de mensajes calientes: él mandando fotos de su gym, yo de mis piernas en falda corta. Hoy cena en su depa en Roma Norte. Entré y el olor a velas de vainilla y carne asada me invadió. Cocina chida, minimalista, con vinilos de José Alfredo Jiménez de fondo. Me sirvió tacos de arrachera que preparó él, jugosos, con cilantro fresco que crujía en la boca. Bebimos vino tinto, sus pies rozando los míos bajo la mesa. La tensión crecía como tormenta: pláticas profundas sobre sueños rotos –yo divorciada hace un año, él soltero empedernido– y risas que aliviaban. Luego, en el sofá, su mano en mi nuca, jalándome suave. Nuestros labios se encontraron. ¡Carajo, qué beso! Su lengua danzando con la mía, sabor a vino y menta, dura y suave a la vez. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo. Gemí bajito, sintiendo su verga tiesa contra mi vientre. Pero paramos, jadeantes. "No quiero apresurar la película", murmuró. Yo quería más, pero su respeto me encendió más. Dormí soñando con él dentro de mí.

Subtítulo interno: El deseo es un trailer que promete todo.

25 de mayo

¡No aguanto más! Salimos a un antro en la Zona Rosa, bailando pegaditos al ritmo de Bad Bunny. Su cuerpo contra el mío, sudor mezclándose, su erección rozándome el trasero mientras movíamos las caderas. Olía a él puro, macho sudado, excitante. En el baño, nos besamos como locos, mi mano bajando a su paquete, duro como piedra. "Vamos a mi casa", ronroneó en mi oído. Llegamos y ya en la puerta, ropa volando. Su boca en mi cuello, chupando, dejando marcas que mañana dolerán rico. Caímos en la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Me desnudó despacio, besando cada centímetro: pechos hinchados, pezones duros que lamió hasta hacerme arquear. "Eres preciosa, nena", gruñó, voz ronca. Bajó a mi ombligo, muslos, hasta mi concha empapada. Su lengua experta lamiendo clítoris, sorbiendo mis jugos dulces. Gemí fuerte, "¡Sí, Diego, así!", agarrando su pelo negro revuelto. Metió dos dedos gruesos, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Vine temblando, chorros calientes en su boca, piernas flojas.

Pero él no paró. Se puso de rodillas, verga gruesa, venosa, goteando precum. La chupé ansiosa, sabor salado en mi lengua, garganta profunda mientras él jadeaba "¡Qué chingona eres!". Luego, misionero, entrando despacio. ¡Ay, cabrón! Llenándome toda, estirándome delicioso. Sus embestidas lentas al principio, piel contra piel chapoteando, olor a sexo puro invadiendo la habitación. Aceleró, caderas chocando, mis uñas en su espalda marcada. "Más fuerte, pendejo", le pedí, y él obedeció, follándome como animal, pechos rebotando. Cambiamos a vaquera: yo arriba, cabalgándolo, clítoris frotando su pubis, sus manos amasando mis tetas. Sudor goteando, gemidos mezclados con el crujir de la cama. Vine otra vez, apretándolo, ordeñándolo. Él gruñó "¡Me vengo!", llenándome de leche caliente, pulsos interminables.

Nos quedamos abrazados, corazones galopando, piel pegajosa. Su olor a semen y sudor en mi nariz, besos suaves post-sexo. "Esto es solo el comienzo", susurró. Yo sonreí, exhausta, feliz.

1 de junio

Semanas después, esta pasión subtitulada se ha vuelto adictiva. Cada encuentro es una escena nueva: sexo en la ducha con agua caliente resbalando, él comiéndome de pie; mamadas en el carro estacionado en un mirador de Chapultepec, riesgo delicioso; noches de 69 donde su culo firme en mi cara y mi lengua en sus huevos mientras él me devora. Emocionalmente, es profundo: pláticas de madrugada sobre miedos, risas compartidas cocinando enchiladas suizas que queman la lengua. Siento mariposas, pero también ese pellizco de "¿y si duele al final?". Él me hace sentir chida, deseada, viva. Hoy, después de follar doggy en el piso de la sala –sus nalgadas sonando, mi culo rojo, penetración brutal hasta corrernos juntos–, me miró y dijo "Te quiero aquí siempre". Lágrimas de emoción. Esta pasión no es solo carnal; es alma.

Subtítulo final: Créditos rodando, pero la secuela promete más.

10 de junio

El clímax llegó anoche. Cena romántica en un rooftop de Reforma, luces de la ciudad brillando como estrellas caídas. Vestido rojo ceñido, él de traje negro, guapísimo. Bajamos a su depa, jazz suave de fondo. Me desvistió con velas iluminando, besando tatuajes que no sabía tenía en la cadera. "Eres mi musa", murmuró. En la cama, preliminares eternos: dedos en mi ano juguetones, lubricante fresco, preparándome. Primera vez anal, consintiendo todo, despacio. Dolor placero inicial, luego éxtasis puro cuando entró, centímetro a centímetro, llenándome atrás mientras su mano en mi clítoris. "¡Qué rico, amor!", grité, empujando contra él. Ritmo building, sudor, olores intensos de ano y coño mezclados, su verga palpitando. Cambiamos posiciones, él atrás profundo, yo masturbándome. El orgasmo fue nuclear: cuerpo convulsionando, chorro masivo, él eyaculando dentro, caliente, eterno.

Afterglow perfecto: abrazados viendo la luna por la ventana, dedos entrelazados. "Este diario de una pasión subtitulada es nuestro secreto", le conté riendo. Él besó mi frente: "Y la mejor historia jamás contada". Siento paz, plenitud. Esta pasión no termina; evoluciona. Mañana, más escenas.

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