Pasion Prohibida Capitulo 21 El Fuego que Nos Consume
Ana se recargó en la ventana de su departamento en Polanco, el bullicio de la Ciudad de México subiendo como un murmullo lejano desde la avenida Presidente Masaryk. El sol del atardecer teñía el cielo de naranjas intensos, y ella sentía el calor residual pegándose a su piel morena, como si el día entero hubiera sido un preámbulo para lo que vendría. Hacía semanas que no veía a Diego, su pasion prohibida, ese hombre que la hacía temblar con solo un mensaje de texto. Su esposo estaba de viaje en Monterrey por negocios, y esta noche era suya. Capitulo 21 de su historia secreta, pensó, con una sonrisa pícara curvando sus labios carnosos.
El aroma de su perfume, Jazmín Noir, flotaba en el aire, mezclado con el leve dulzor de las velas de vainilla que acababa de encender. Se miró en el espejo del pasillo: falda negra ajustada que abrazaba sus caderas anchas, blusa de seda blanca semitransparente que dejaba entrever el encaje de su brasier. Neta, estoy para comerme, se dijo, pasando las manos por sus senos firmes, sintiendo los pezones endurecerse bajo la tela. El corazón le latía con fuerza, un tamborileo que resonaba en sus oídos, anticipando el roce de sus dedos callosos, esos que siempre la volvían loca.
El timbre sonó, suave pero insistente, y Ana sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Abrió la puerta y ahí estaba Diego, alto, moreno, con esa barba incipiente que le raspaba delicioso la piel. Vestía jeans desgastados y una camisa negra desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que ella adoraba recorrer con la lengua.
¡Órale, cabrón, mírate! Cada vez estás más chulo, más mío, pensó Ana, mientras él entraba y cerraba la puerta con un clic que sonó como el inicio de una tormenta.
—Mi reina — murmuró Diego, su voz grave como el ronroneo de un jaguar, atrayéndola hacia él con manos fuertes en su cintura. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el leve salado de su sudor mezclado con menta de su chicle. Ana gimió bajito, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. El olor a su colonia, terrosa y masculina, la invadió, haciendo que sus piernas flaquearan.
Se separaron un segundo, jadeantes, ojos clavados uno en el otro. —Te extrañé tanto, pinche amor prohibido —dijo ella, con esa voz ronca que solo él sacaba de su garganta. Diego sonrió, esa sonrisa lobuna que prometía placeres intensos, y la cargó en brazos como si no pesara nada, llevándola al sofá de piel blanca.
Ahí empezó el verdadero fuego. Diego la sentó en su regazo, manos subiendo por sus muslos, arrugando la falda hasta dejarla expuesta. Ana arqueó la espalda, sintiendo el roce áspero de sus palmas contra la suavidad de su piel, enviando chispas directas a su centro. Esto es nuestro capitulo 21, la pasion prohibida que nos quema vivos, pensó, mientras él besaba su cuello, mordisqueando la carne sensible justo debajo de la oreja. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, punteado por los cláxones lejanos de la ciudad, recordándoles el mundo exterior que los separaba.
La blusa voló al piso, seguida del brasier. Diego ahuecó sus senos, pesados y plenos, lamiendo un pezón con la lengua plana, succionando hasta que Ana gritó de placer, clavando las uñas en sus hombros anchos. —¡Sí, así, mi rey! — jadeó ella, el sabor de su propia piel salada en los labios cuando lo besó de nuevo. Sus caderas se movían instintivamente, frotándose contra la protuberancia en sus jeans, sintiendo el calor irradiar a través de la tela.
Pero no querían prisa. Diego la recostó con gentileza, besando un camino descendente por su abdomen, deteniéndose en el ombligo para soplar aire caliente que la hizo retorcerse. El aroma de su excitación flotaba ya, almizclado y dulce, invitándolo. Deslizó la falda y las panties por sus piernas, dejando besos húmedos en el interior de sus rodillas, muslos. Ana separó las piernas, expuesta, vulnerable pero poderosa en su deseo.
No pares, pendejo, fóllame con la boca hasta que me vengas, suplicaba su mente, mientras él separaba sus labios mayores con los dedos, admirando su concha rosada y húmeda.
—Estás chingona, Ana, tan mojada por mí —gruñó Diego, antes de hundir la lengua en ella. El primer lametón fue eléctrico, saboreando su néctar salado-dulce, chupando el clítoris hinchado con maestría. Ana se arqueó, manos enredadas en su cabello negro, empujándolo más profundo. Los sonidos eran obscenos: lamidas resbalosas, succiones, sus gemidos ahogados que rebotaban en las paredes. Sentía cada roce como fuego líquido, el pulso de su lengua sincronizado con el latido de su corazón acelerado.
La tensión crecía, sus muslos temblando, el sudor perlando su frente. Diego metió dos dedos gruesos, curvándolos contra ese punto que la volvía loca, bombeando lento al principio, luego más rápido. —¡Me vengo, cabrón! ¡No pares! — gritó Ana, el orgasmo explotando en oleadas, contrayendo su interior alrededor de sus dedos, jugos empapando su barbilla. Él lamió todo, prolongando el placer hasta que ella cayó laxa, respirando entrecortada.
Pero el capitulo 21 no terminaba ahí. Diego se quitó la ropa con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. Ana se lamió los labios, incorporándose para tomarla en la mano, sintiendo el calor satinado, el pulso bajo la piel. —Ven, déjame saborearte — murmuró, guiándolo a su boca. Lo engulló profundo, lengua girando alrededor del glande, saboreando el salado almizclado. Diego gruñó, manos en su cabeza, follando su boca con cuidado, respetando sus límites. El sonido de succión y jadeos llenaba el aire, sus bolas pesadas rozando su mentón.
—Ya, mi amor, no quiero acabarme así —dijo él, retirándose con esfuerzo. La levantó, llevándola a la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo ellos. Ana se puso a cuatro patas, ofreciéndose, nalgas redondas en alto. Diego se posicionó atrás, restregando la punta contra su entrada resbaladiza. —¿Quieres esto? Dime —preguntó, voz ronca de deseo.
—¡Sí, métemela toda, hazme tuya! —suplicó ella. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ambos gimieron al unísono, el sonido gutural de piel contra piel iniciando el ritmo. Diego embestía profundo, manos en sus caderas, el slap-slap resonando como tambores. Ana empujaba hacia atrás, sintiendo cada vena, el glande golpeando su cervix, placer bordeando el dolor exquisito. Sudor corría por sus espaldas, mezclándose, el olor a sexo puro invadiendo la habitación.
Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, senos rebotando, uñas arañando su pecho. Esto es la pasion prohibida en su máxima expresión, capitulo 21 de nuestro pecado delicioso, pensó Ana, mientras él pellizcaba sus pezones, acelerando sus movimientos. El clímax se acercaba de nuevo, coiling en su vientre como una serpiente.
—¡Me vengo contigo! —gruñó Diego, manos en su culo, guiándola. Exploto primero ella, gritando su nombre, paredes convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes pintando sus profundidades, cuerpos temblando en éxtasis compartido.
Colapsaron entrelazados, piel pegajosa de sudor, respiraciones calmándose en sincronía. Diego besó su frente, suave, tierno. —Te amo, Ana, aunque sea prohibido.
Ella sonrió contra su pecho, oyendo el latido constante de su corazón. Capitulo 21 cerrado con broche de oro, pero vendrán más, pensó, mientras el aroma de sus cuerpos unidos perduraba en el aire nocturno, promesa de futuras noches de fuego.