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Una Pasion Secreta Pelicula

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Una Pasion Secreta Pelicula

La pantalla del tele parpadeaba con esa luz tenue que iluminaba el depa como si fuera un cine privado. Yo, Ana, sentada en el sillón de cuero negro que tanto me gustaba, sentía el corazón latiéndome a todo lo que daba. Marco estaba a mi lado, su pierna rozando la mía de esa manera casual que no era casual para nada. Habíamos quedado en secreto, como siempre, porque en la oficina todos nos verían como el chisme del año si se enteraban. Neta, ¿por qué todo tiene que ser tan complicado? pensé mientras sorbía un trago de mi margarita helada, el limón fresco explotando en mi lengua y el tequila quemándome la garganta justito.

"Órale, carnala, ponle play a esa película que me recomendaste", dijo Marco con esa voz ronca que me erizaba la piel. Sus ojos cafés me miraban de reojo, y yo sabía que no era solo por la peli. "Una pasión secreta película, ¿no? Suena a que nos va a prender el mood". Reí bajito, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Era perfecta para la noche: una historia de amantes prohibidos, cuerpos entrelazados en sombras, susurros que prometían todo. Le di play, y el sonido del trailer llenó el aire, esa música sensual con saxofones que me hacía apretar los muslos sin querer.

El depa olía a mi vela de vainilla y a su colonia, esa que era como madera y especias, macho pero no empalagosa. Nos recargamos en el sillón, su brazo rodeándome los hombros con naturalidad. La película empezó: una mujer como yo, con curvas que no pedían permiso, encontrándose con su amante en un hotel de lujo. Sus miradas se cruzaban, cargadas de ese hambre que no se dice. Yo sentía mi respiración acelerarse, el roce de su mano en mi brazo bajando despacito hasta mi cintura. Esto no es solo ver tele, me dije, y el pulso en mi cuello latía fuerte.

Marco se acercó más, su aliento cálido en mi oreja. "Mira cómo se miran, neta es como nosotros". Su dedo trazó un círculo en mi piel desnuda del hombro, enviando chispas directo a mi entrepierna. La escena en la pantalla escalaba: ella desabotonando su blusa, él besándole el cuello con labios húmedos. Yo tragué saliva, el sabor salado de mi propia excitación imaginada en la boca. Giré la cara hacia él, y nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, como probando el terreno. Su lengua entró juguetona, saboreando el tequila en la mía, y gemí bajito contra su boca.

La película seguía, pero ya no la veíamos del todo. Sus manos bajaron a mis pechos, amasándolos sobre la tela fina de mi blusa. Sentí mis pezones endurecerse como piedritas, rogando atención. "Qué chingones se ven tus tetas, Ana", murmuró él, su voz vibrando en mi piel. Le quité la playera con prisa, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto me gustaba lamer. Olía a sudor limpio, a hombre después de un día largo. Mis uñas rasguñaron suave su espalda, y él gruñó, ese sonido animal que me mojaba más.

¿Por qué esta pasión secreta nos prende tanto? Como si fuéramos los protagonistas de una pasión secreta película, viviendo cada escena con el cuerpo en llamas.
pensé mientras él me bajaba los shorts, sus dedos rozando mis bragas ya empapadas. El aire se llenó del aroma almizclado de mi excitación, dulce y salado. Marco se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas con gentileza. "Déjame probarte, mi reina", dijo, y su lengua encontró mi clítoris como si lo conociera de toda la vida. Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando suave hasta que arqueé la espalda y mis manos se enredaron en su pelo negro revuelto. El sonido de su boca devorándome era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis jadeos. "¡Ay, wey, qué rico! No pares", supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su cara.

La tensión crecía como en la peli, donde los amantes se resistían pero caían. Yo lo jalé arriba, besándolo con hambre, probando mi propio sabor en sus labios. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La piel suave sobre el acero, el calor irradiando. "Te la chupé como diosa", le dije juguetona, y bajé la cabeza. Mi lengua rodeó la cabeza, saboreando el precum salado, luego lo tragué centímetro a centímetro hasta que tocó mi garganta. Él gemía fuerte, "¡Puta madre, Ana, eres la neta!", sus caderas empujando suave. El olor de su sexo me volvía loca, terroso y adictivo.

Pero queríamos más. Lo empujé al sillón, montándome encima como amazona. La película llegaba a su clímax en fondo, gemidos en estéreo que se mezclaban con los nuestros. Froté mi concha mojada contra su verga, lubricándola, sintiendo cada vena rozar mi entrada. "Entra ya, Marco, chingame", le rogué, y descendí despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El llenado completo me arrancó un grito ahogado. Empecé a moverme, arriba abajo, mis tetas botando libres ahora que me quité la blusa. Sus manos en mis nalgas, guiándome, apretando carne.

El sudor nos cubría, perlas resbalando por su pecho, saladas cuando las lamí. El slap slap de piel contra piel resonaba, mi humedad chorreando por sus bolas. Aceleré, el placer subiendo como ola, mi clítoris frotando su pubis. Esto es nuestro, secreto y nuestro, pensé en el vértigo. Él se incorporó, chupándome los pezones, mordisqueando suave. "Ven conmigo, mi amor", jadeó, y sentí su verga hincharse más. El orgasmo me golpeó primero, un estallido blanco detrás de los ojos, mi concha contrayéndose alrededor de él como puño. Grité su nombre, temblando, olas y olas. Él explotó segundos después, chorros calientes llenándome, su gruñido gutural en mi oído.

Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose. La película terminó con créditos rodando, pero nosotros éramos el verdadero final. Me bajó despacio, su semen goteando por mis muslos, cálido y pegajoso. Nos recargamos, piel contra piel, el corazón latiendo en unisono. "Neta, Ana, esto es mejor que cualquier pasión secreta película", dijo él besándome la frente. Yo sonreí, oliendo nuestro sexo en el aire, sintiendo el afterglow como manta suave.

Después, envueltos en una cobija, tomamos más margaritas. Hablamos de tonterías, de la oficina, de sueños. Pero en el fondo, sabíamos que esta pasión secreta era lo que nos mantenía vivos. No era solo chingar, era conexión, fuego que no se apagaba. Y mientras la noche avanzaba, con las luces de la ciudad brillando por la ventana, supe que volveríamos por más. Porque en nuestro mundo, el secreto hacía todo más intenso, más real.

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