Pasión de Gavilanes 2 Capítulos Completos de Lujuria
Ana se recostó en el sofá de su departamento en la colonia Roma, con el control remoto en la mano y una sonrisa pícara en los labios. El aire de la noche capitalina entraba por la ventana entreabierta, trayendo el olor a tacos de la esquina y el bullicio lejano de los carros. Pasión de Gavilanes 2 capítulos completos, murmuró para sí misma mientras encendía la tele. Su carnal, Javier, acababa de llegar del gym, sudado y con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales como si fueran esculpidos por un dios azteca.
—Órale, mi reina, ¿qué vamos a ver hoy? —preguntó él, quitándose los tenis con un movimiento fluido y sentándose a su lado. Su olor a hombre fresco, mezclado con el sudor limpio del ejercicio, la invadió como una caricia prohibida.
—Pasión de gavilanes 2 capítulos completos, güey. Dicen que esta temporada está cañona, llena de traiciones y amores que queman —respondió Ana, acomodándose contra su pecho. Su piel morena rozaba la de él, y ya sentía ese cosquilleo en el vientre, como mariposas con alas de fuego.
La pantalla se iluminó con las colinas verdes de Colombia, pero para Ana, el verdadero drama estaba en su propia sala. Javier pasó un brazo por sus hombros, y sus dedos juguetearon con el tirante de su blusa holgada. El primer capítulo empezó: los hermanos Reyes, con sus miradas intensas y sus cuerpos tensos por la venganza. Ana sintió cómo el pulso de Javier se aceleraba contra su espalda.
¿Por qué carajos esta novela siempre me prende como yesca?, pensó ella, mordiéndose el labio.
En la tele, una escena de celos explotaba: besos robados bajo la lluvia, manos que se aferraban con desesperación. Javier soltó un gruñido bajo.
—Neta, estos gavilanes son unos cabrones con suerte —dijo él, su aliento cálido en su oreja—. Mira cómo la agarra, como si fuera a devorarla.
Ana giró la cabeza, sus ojos chocolate encontrándose con los de él, negros como la noche mexicana. El deseo ya latía entre ellos, un tambor sordo que ahogaba el diálogo de la telenovela. Ella deslizó una mano por su muslo firme, sintiendo los músculos contraerse bajo sus uñas pintadas de rojo.
—Pues yo quiero lo mismo, carnal. Pero en vivo y a todo color —susurró, su voz ronca como el maíz tostado.
El segundo acto de la noche apenas comenzaba. Javier apagó la tele con un clic decisivo, dejando la sala en penumbras iluminada solo por la luna que se colaba por las cortinas. Se levantó, la tomó en brazos como si no pesara nada, y la llevó al sillón reclinable. Ana rio bajito, un sonido que era mitad risa, mitad gemido, mientras sus piernas se enredaban en su cintura.
La besó entonces, lento al principio, saboreando sus labios carnosos como tamarindo maduro. Su lengua exploró la de ella, danzando con un ritmo que imitaba el de sus caderas. Ana jadeó contra su boca, oliendo su colonia barata mezclada con el almizcle natural de su excitación. Sus manos bajaron por su espalda, arañando suavemente la tela de su playera hasta meterse debajo, tocando piel caliente, sudorosa.
—Quítate eso, pendejo —ordenó ella juguetona, tirando de la camiseta. Javier obedeció, revelando su torso lampiño, marcado por horas de pesas. Ana lo lamió desde el cuello hasta el ombligo, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía como un toro en celo.
Se tumbaron en el sillón, ella encima, dominando el ritmo. Desabrochó su brasier con dientes, dejando que sus senos cayeran libres, los pezones endurecidos rozando el pecho de él. Javier los tomó en sus manos grandes, masajeándolos con pulgares expertos, enviando descargas eléctricas directo a su centro.
Mierda, este hombre sabe cómo hacerme volar, pensó Ana, arqueando la espalda como una gata en brisas.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Javier deslizó una mano por su short de mezclilla, encontrando el calor húmedo entre sus muslos. Sus dedos jugaron con el encaje de su tanga, rozando el clítoris hinchado hasta hacerla temblar.
—Estás chingada de mojada, mi amor —gruñó él, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde ella lo necesitaba.
Ana cabalgó su mano, sus caderas ondulando al ritmo de un son jarocho imaginario. El sonido de sus respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el slap húmedo de su intimidad. Olía a sexo puro, a deseo fermentado como pulque fresco. Ella bajó la mano, liberando su verga dura como palo de escoba, palpitante en su palma. La masturbó despacio, sintiendo las venas gruesas, el prepucio suave deslizándose.
—Te quiero adentro, ya, Javier. Como en esos capítulos de Pasión de Gavilanes 2, pero sin dramas, solo puro fuego —suplicó ella, posicionándose sobre él.
Él la penetró de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. Ana gritó de placer, un alarido que habría despertado a los vecinos si no fuera por las paredes gruesas del edificio. Se movieron juntos, sudorosos, piel contra piel resbaladiza. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y Javier las chupaba, mordisqueando los pezones hasta dejarlos rojos e hinchados.
El clímax se acercaba como avalancha. Ana clavó las uñas en sus hombros, sintiendo su verga engrosarse, golpeando ese punto dulce una y otra vez. El mundo se reducía a eso: el roce áspero de su pubis contra el clítoris, el olor almizclado de sus axilas, el sabor salado de su cuello que ella lamía sin parar.
—¡Me vengo, carajo! —aulló ella primero, su coño contrayéndose en espasmos que ordeñaban su polla. Javier la siguió segundos después, eyaculando dentro con un rugido gutural, chorros calientes que la inundaban como tequila derramado.
Se derrumbaron exhaustos, enredados como sábanas revueltas. El aire olía a semen y sudor, a victoria compartida. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el trote galopante de su corazón calmándose poco a poco. Javier le acarició el cabello húmedo, besándole la frente.
—Qué chingonería de noche, ¿no? Mejor que cualquier capítulo completo de esa novela —dijo él, riendo bajito.
Ella sonrió, trazando círculos en su piel con la uña.
Esto es nuestra propia pasión de gavilanes, sin venganzas, solo amor y lujuria pura. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero dentro, en su nido, reinaba la paz del después, con promesas de más capítulos por venir.