Pasión de Gavilanes Capítulo 159 Fuego en la Hacienda
La noche caía sobre la hacienda en las colinas de Jalisco como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. Jimena Elizondo, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara, se recostaba en la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. El aire estaba cargado del aroma dulce de las buganvillas que trepaban por las paredes de adobe y del leve toque ahumado de la leña en la chimenea distante. En la pantalla del televisor, Pasión de Gavilanes capítulo 159 llegaba a su clímax: los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo se entregaban a una pasión desbordante, sus cuerpos entrelazados en un baile de deseo prohibido que hacía latir el corazón de Jimena con fuerza.
Se mordió el labio inferior, sintiendo un calor traicionero subirle desde el vientre.
¡Ay, Dios mío, qué ganas de que Óscar llegue ya y me haga suya como en esa novela!,pensó, mientras su mano descendía lentamente por su camisón de seda roja, rozando la curva de sus senos plenos. El sonido de los gemidos apasionados en la tele se mezclaba con su respiración agitada, y el pulso en su cuello era como un tambor ranchero acelerado. Hacía horas que su marido, Óscar Reyes, había salido a inspeccionar las tierras, dejando su cuerpo grande y fuerte impregnado del olor a tierra fértil y sudor varonil.
De repente, la puerta de roble crujió al abrirse. Óscar entró, su camisa blanca pegada al torso musculoso por el sudor del día, los pantalones vaqueros ajustados marcando cada línea de sus caderas anchas. Sus ojos oscuros, fieros como los de un gavilán, se clavaron en ella. ¡Órale, mamacita! ¿Qué traes ahí? ¿Viendo novelitas calientes? dijo con esa voz grave y juguetona, mexicana hasta la médula, mientras se quitaba el sombrero de ala ancha y lo lanzaba sobre la silla de cuero.
Jimena apagó el televisor con el control remoto, pero el fuego de Pasión de Gavilanes capítulo 159 ya ardía en su interior. Se incorporó sobre las rodillas, el camisón resbalando por un hombro, revelando la curva suave de su pecho. Ven acá, pendejo, murmuró con una sonrisa pícara, esa novela me dejó con unas ganas que ni te imaginas. Óscar se acercó, el piso de baldosa resonando bajo sus botas. El olor de su piel —tierra, sol y hombre— la envolvió como una droga, haciendo que su boca se humedeciera.
Él se sentó al borde de la cama, su mano grande y callosa acariciando su muslo desnudo. El tacto era áspero, electrizante, enviando chispas directas a su centro.
¡Qué chingón se siente su roce, como si me quemara viva!La tensión inicial era palpable: él bromeaba para disimular su propia hambre, pero sus pupilas dilatadas lo delataban. ¿Y qué pasaba en ese capítulo 159, eh? ¿Los gavilanes se comían vivos? preguntó, su aliento cálido contra su oreja, mientras sus dedos subían peligrosamente cerca de su entrepierna.
Jimena lo empujó suavemente sobre el colchón, montándose a horcajadas sobre él. Sus caderas se mecían con lentitud, frotándose contra la dureza que ya presionaba bajo sus jeans. Algo así, mi rey. Como nosotros, pura pasión de gavilanes. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila del trago que él se había echado antes de entrar. El sonido de sus respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el canto lejano de los grillos y el viento susurrando entre los agaves.
En el medio de la noche, la escalada fue gradual, como el ascenso de una tormenta en el horizonte. Óscar desató el lazo del camisón, dejando que cayera como una cascada roja. Sus senos se liberaron, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco y su mirada devoradora. Él los tomó en sus palmas, masajeándolos con devoción, mientras ella gemía bajito, ¡Ay, Óscar, no pares, cabrón! El pulso de ella latía desbocado bajo su boca cuando él succionó un pezón, el sabor salado de su piel mezclándose con el dulzor de su sudor naciente.
Esto es mejor que cualquier novela, su lengua es fuego puro, pensó Jimena, arqueando la espalda. Sus manos exploraron el pecho velludo de él, bajando hasta desabrochar sus jeans. La polla de Óscar saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con urgencia. Ella la envolvió con su mano suave, masturbándolo despacio, sintiendo cada vena bajo sus dedos, el calor irradiando como un hierro candente. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, ¡Qué rica mano tienes, mi vida! Pero quiero más, te quiero adentro ya.
La intensidad crecía con cada caricia. Jimena se deslizó hacia abajo, su lengua trazando un camino húmedo por su abdomen marcado, hasta lamer la punta de su miembro. El sabor era almizclado, masculino, adictivo. Óscar enredó sus dedos en su cabello negro largo, guiándola sin forzar, solo animándola con jadeos roncos. ¡Simón, así, mi amor! ¡Chúpamela como reina! Ella lo tomó profundo, el sonido obsceno de succión llenando el aire, sus jugos fluyendo entre sus muslos mientras se tocaba a sí misma, círculos lentos en su clítoris hinchado.
Pero la lucha interna asomaba: Jimena recordaba las peleas pasadas, las tierras disputadas como en la novela, pero aquí no había venganza, solo amor crudo.
Él es mi gavilán, mi todo, no lo dejaré ir nunca. Óscar la volteó con gentileza, posicionándola de rodillas sobre las almohadas mullidas. Sus manos separaron sus nalgas firmes, admirando el espectáculo: su coño depilado reluciente de excitación, el aroma embriagador de su deseo flotando. Estás chorreando por mí, ¿verdad, preciosa? rozó su entrada con la punta, torturándola.
¡Entra ya, por favor!, suplicó ella, empujando hacia atrás. Él obedeció, hundiéndose centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que sus paredes lo apretaran como un guante caliente. El ritmo empezó lento, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sus bolas golpeando su clítoris. El olor a sexo impregnaba todo, sudor perlando sus cuerpos, el colchón crujiendo bajo sus embestidas. Jimena gritaba placer, ¡Más duro, mi toro! ¡Fóllame como en Pasión de Gavilanes!
La cima llegó como un relámpago. Óscar aceleró, una mano en su cadera, la otra frotando su botón con maestría. Ella explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera, jugos empapando sus muslos, un alarido ahogado contra la almohada.
¡Es el cielo, puro fuego!Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar.
En el afterglow, se derrumbaron entrelazados, pieles pegajosas enfriándose al aire nocturno. Óscar la besó en la frente, su voz ronca ahora tierna: Eres mi pasión eterna, Jimena, mejor que cualquier capítulo 159. Ella sonrió, acurrucada en su pecho, escuchando el latido calmado de su corazón. El aroma de sus cuerpos unidos, el silencio roto solo por sus suspiros satisfechos, cerraba su propia historia de gavilanes. Fuera, la luna bañaba la hacienda en plata, prometiendo más noches de fuego inolvidable.