Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Pasión en las Novelas de Época Pasión en las Novelas de Época

Pasión en las Novelas de Época

7329 palabras

Pasión en las Novelas de Época

En la vasta hacienda de Santa Rosa, enclavada en las llanuras fértiles de Jalisco durante el apogeo del Porfiriato, doña Isabella de la Torre contemplaba el atardecer desde el balcón de su alcoba. El sol teñía de oro los campos de agave, y el aire traía el aroma dulce de las flores de pitaya mezclándose con el humo lejano de las cocinas. A sus veintiocho años, viuda desde hacía dos, Isabella sentía un vacío que ni las misas dominicales ni las tertulias con las vecinas podían llenar. Sus dedos hojearon distraídamente un volumen encuadernado en cuero: novelas de época pasión, esas historias prohibidas que le enviaba su prima de Guadalajara, llenas de damas ardientes y galanes irreverentes que se entregaban a besos robados bajo la luna.

¿Por qué mi vida no puede ser como estas novelas de época pasión? ¿Dónde está ese hombre que me haga arder por dentro?

El sonido de cascos galopantes rompió la quietud. Abajo, en el patio de tierra apisonada, un jinete desmontaba con gracia felina. Era Rafael Mendoza, el ranchero vecino, de treinta y dos años, con piel morena curtida por el sol, ojos negros como el petróleo y una sonrisa que prometía travesuras. Vestía charro impecable, sombrero de palma ladeado y botas relucientes. Venía por asuntos de ganado, pero sus ojos buscaron de inmediato el balcón.

—¡Buenas tardes, doña Isabella! ¿Me permite un momento de su tiempo? —gritó con voz grave, que vibró en el pecho de ella como un tambor.

Isabella bajó las escaleras con el corazón latiéndole fuerte, el roce de su enagua de seda contra las piernas avivando un cosquilleo inesperado. El olor a cuero fresco y sudor masculino la envolvió al acercarse. Rafael olía a tierra mojada y a tabaco puro, un perfume que la mareaba.

—Don Rafael, qué gusto. Pase, le servirán un mezcal fresco —dijo ella, notando cómo sus pechos se endurecían bajo el corsé al mirarlo.

En el zaguán sombreado, mientras hablaban de precios del maíz y fiestas patronales, sus miradas se enredaban. Él rozó su mano al tomar el vaso, y el contacto envió chispas por su espina dorsal. Neta, este wey está bien chido, pensó ella, usando en su mente el slang que oía de los peones, aunque en voz alta mantenía la compostura de gran dama.

La noche cayó como un manto de terciopelo estrellado. La hacienda bullía con preparativos para la verbena del quince de septiembre. Faroles de papel iluminaban el corral, mariachis afinaban guitarras, y el aroma de carnitas chisporroteantes flotaba en el aire. Isabella, en un vestido de china poblana con escote generoso, danzaba polkas con los invitados. Pero sus ojos volvían una y otra vez a Rafael, que charlaba con los hombres, su risa resonando como trueno lejano.

Al fin, él se acercó, extendiendo la mano.

—¿Me concede este jarabe, mamacita? —dijo bajito, con guiño pícaro.

Ella rio, el sonido ligero como campanas. Sus cuerpos se pegaron en la danza, el calor de su torso contra sus senos, el roce de sus muslos. Sudor perlaba su frente, y ella probó la sal en sus labios al lamerlos. Órale, este hombre me trae con el alma en un hilo.

Después del baile, se escabulleron al jardín de buganvillas. La luna plateaba las hojas, y grillos cantaban su sinfonía nocturna. Rafael la arrinconó contra un muro de adobe, su aliento cálido en su cuello.

—Isabella, desde que te vi, no pienso en otra cosa. Eres como esas novelas de época pasión que lees a escondidas. Déjame ser tu galán —murmuró, sus labios rozando su oreja.

Ella jadeó, el pulso acelerado latiéndole en la garganta. Sus manos exploraron el pecho firme bajo la camisa de manta.

—Rafael, pendejo tentador... ¿Y si nos ven? —susurró, pero sus caderas se arqueaban hacia él, traicionándola.

—Que nos vean. Quiero probarte, sentirte mía esta noche —respondió él, besándola con hambre contenida.

Sus bocas se fundieron, lenguas danzando como en un vals prohibido. Saboreó el mezcal en su saliva, mezclado con el dulzor de su deseo. Manos audaces subieron su falda, acariciando muslos suaves, y ella gimió contra su boca, el sonido ahogado por el rumor de las hojas.

Se separaron jadeantes, prometiendo más. Isabella subió a su alcoba con las piernas temblorosas, el sabor de él en los labios, el aroma de su excitación impregnado en su piel. Se desvistió frente al espejo, admirando sus curvas iluminadas por vela: senos plenos, cintura de avispa, nalgas redondas.

Esta noche seré la heroína de mi propia novela de época pasión. No más viudez fría
.

Al amanecer, un golpecito en la puerta. Rafael entró sigiloso, aún con botas, camisa desabotonada revelando vello oscuro.

—No pude dormir pensando en ti, mi reina —dijo, cerrando tras de sí.

Ella lo atrajo, desnuda bajo la camisola translúcida. Sus cuerpos chocaron, piel contra piel ardiente. Él la alzó en brazos, depositándola en el lecho de plumas, donde el olor a lavanda y sábanas limpias se mezcló con su sudor naciente.

Las manos de Rafael eran fuego: masajearon sus pechos, pellizcando pezones rosados hasta que dolieron de placer. Isabella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, Rafael, qué rico!". Bajó besos por su vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar al monte de Venus húmedo. Su lengua exploró pliegues calientes, saboreando miel salada, mientras ella se retorcía, uñas clavadas en sus hombros.

¡Qué chingón come esa concha! pensó ella, perdida en oleadas de placer.

Él se incorporó, quitándose pantalón. Su verga erguida, gruesa y venosa, la apuntó como lanza. Isabella la tomó, acariciando la piel aterciopelada, sintiendo pulsos furiosos.

—Te quiero dentro, carnal. Chíngame como en esas novelas —rogó, ojos brillantes.

Rafael gruñó, penetrándola despacio. El estiramiento la llenó, paredes internas abrazándolo. Se movieron en ritmo ancestral, camas crujiendo, pieles chocando con palmadas húmedas. Sudor corría por espaldas, mezclándose en charcos. Él mordisqueó su cuello, ella arañó su espalda, gritando "¡Más fuerte, wey! ¡Dame todo!".

El clímax llegó como tormenta: ella convulsionó primero, contracciones ordeñándolo, un alarido escapando su garganta. Rafael la siguió, eyaculando profundo, calor inundándola. Colapsaron entrelazados, respiraciones entrecortadas, corazones galopando al unísono. El aire olía a sexo crudo, semen y jugos mezclados.

Después, en la quietud poscoital, él la besó suave, dedos trazando espirales en su cadera.

—Eres mi pasión eterna, Isabella. Como en las mejores novelas de época —dijo, voz ronca.

Ella sonrió, lánguida, probando el sudor en su hombro.

—Y tú mi galán perfecto. Quédate, hagamos de esta hacienda nuestro paraíso.

El sol entraba por las celosías, bañándolos en luz dorada. Fuera, pájaros trinaban, prometiendo días de deseo infinito. Isabella, por fin, vivía su propia novela de época pasión, llena de fuego y ternura mexicana.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.