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La Pasion de Jesus en la Biblia Sensual

6846 palabras

La Pasion de Jesus en la Biblia Sensual

Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a mi café recién molido. Hojeaba la Biblia que mi abuelita me había regalado, no por devoción pura, sino porque andaba en una de esas rachas curiosas, buscando respuestas en las páginas amarillentas. Llegué a la Pasion de Jesus en la Biblia, esa parte intensa donde lo flagelan, lo coronan de espinas, lo cargan con la cruz. Leí despacio, imaginando el sudor salado en su piel morena, los músculos tensos bajo el sol ardiente de Jerusalén, el roce áspero de las cuerdas en sus muñecas. Mi cuerpo reaccionó sin aviso: un calorcillo se extendió por mi vientre, mis pezones se endurecieron contra la blusa de algodón fina. ¿Qué carajos? pensé, cerrando los ojos. No era culpa mía; era la pasión cruda, el sufrimiento que gritaba deseo reprimido.

Mi mente voló. Jesús, alto, fuerte, con ojos que perforaban el alma. En vez de látigos, imaginé manos suaves explorando su torso, labios besando las heridas para sanarlas. Me recargué en el sillón de terciopelo verde, mi mano bajando distraída por mi falda plisada. El tacto de mis muslos era suave, cálido, y ya sentía la humedad entre mis piernas. Saqué el celular y marqué a Jesús, mi carnal, mi amante de hace dos años. No por su nombre bíblico, sino porque era un cabrón guapo, carpintero de oficio, con manos callosas que me volvían loca.

¡Órale, mi reina! ¿Qué onda? Suena como que necesitas que te eche una manita... o algo más.

"Ven ya, pendejo. Trae vino y tu Biblia. Quiero revivir la Pasion de Jesus en la Biblia, pero a mi modo." Colgué riendo, el pulso acelerado. Me quité la blusa, quedé en brasier de encaje negro, y esperé con el corazón latiendo fuerte.

Diez minutos después, la puerta se abrió con un chirrido suave. Jesús entró, alto como un roble, camisa ajustada marcando sus pectorales, jeans desgastados que olían a aserrín fresco y a su colonia terrosa. Traía una botella de tinto mexicano y su Biblia gastada bajo el brazo. Sus ojos cafés se clavaron en mí, hambrientos. "Chin, mami, ¿qué traes puesto? O mejor dicho, ¿qué no traes?" Se acercó, su voz grave como un trueno lejano.

Lo jalé al sillón, sentándolo a mi lado. El calor de su cuerpo me envolvió, su aroma a hombre mezclado con madera me mareó. Abrí la Biblia en la página marcada. "Lee en voz alta la Pasión. Pero imagina que soy María Magdalena, y tú... tú eres Él." Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara. Empezó a leer, su voz ronca resonando en la habitación: "Y lo azotaron..." Mientras leía, mis dedos trazaban su pecho por encima de la camisa, sintiendo el latido rápido de su corazón, el subir y bajar de su respiración.

Él dejó la Biblia, me tomó la cara con esas manos rudas pero tiernas. "Si soy Jesús, entonces tú eres mi tentación, mi salvación." Nuestros labios se encontraron en un beso lento, profundo. Su lengua sabía a menta y a vino que aún no bebíamos, explorando mi boca con urgencia santa. Gemí bajito, el sonido ahogado contra su garganta. Sus manos bajaron a mi brasier, desabrochándolo con destreza. Mis senos se liberaron, pesados, y él los acunó, thumbs rozando los pezones duros como piedras preciosas. El roce era eléctrico, enviando chispas directo a mi centro.

Esto es pecado, pero qué chingón pecado, pensé mientras lo empujaba al piso, alfombra persa suave bajo mis rodillas. Le quité la camisa, revelando su torso velludo, músculos labrados por el trabajo. Olía a sudor limpio, a deseo puro. Besé su pecho, lamiendo una gota salada que perlaba su piel. "Cárgame con tu cruz, Jesús mío", murmuré, mordisqueando juguetona. Él rio ronco, "Güey, me traes al borde del paraíso."

La tensión crecía como una tormenta. Me recostó en la alfombra, su peso sobre mí delicioso, protector. Sus besos bajaron por mi cuello, chupando la piel hasta dejar marcas rojas como estigmas de placer. Sentí su verga dura presionando contra mi muslo, gruesa, palpitante a través del jeans. La froté con la pierna, oyendo su gruñido animal. "Desnúdate, mi Magdalena", ordenó suave, y obedecí, quitándome la falda y las tangas empapadas. El aire fresco besó mi coño mojado, expuesto, ansioso.

Jesús se desvistió rápido, su polla saltando libre, venosa, coronada de un glande brillante de precum. La miré, lamiéndome los labios. "Tómala con tu boca pecadora", dijo, y lo hice. La engullí despacio, saboreando su sal, el pulso en mi lengua. Él jadeaba, dedos enredados en mi pelo negro. "¡Qué rico, pinche diosa!" El sonido de su voz, áspera, me excitaba más. Chupé más hondo, garganta relajada, nariz contra su pubis rizado.

Pero no quería acabar así. Lo empujé, montándolo a horcajadas. Su verga rozó mi entrada, resbalosa de jugos. Nos miramos, ojos en llamas. "Entra en mí, como la cruz en tu destino." Bajé lento, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento ardiente, el llenado perfecto. Gemí alto, uñas clavándose en sus hombros. Él thrustió arriba, encontrándome, piel contra piel chapoteando húmeda.

El ritmo se aceleró. Sudor nos unía, goteando entre senos, por su espalda. Olía a sexo crudo, a jazmín mezclado con almizcle. Sus manos amasaban mi culo, azotando suave, enviando ondas de placer. "¡Más fuerte, Jesús, flagéllame con tu pasión!" grité, cabalgando salvaje. Internamente, luchaba: devoción y lujuria chocando, pero todo era puro, consensual, nuestro. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras follábamos, dientes rozando pezones.

La habitación giraba: gemidos nuestros, crujir de la alfombra, latidos sincronizados. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago. "Me vengo, carnal... ¡ahí viene tu resurrección!" Él gruñó, "Vente conmigo, mi amor eterno." Empujones profundos, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de él, leche caliente llenándome, chorros calientes. Grité, visión borrosa, cuerpo temblando en éxtasis.

Caímos exhaustos, él aún dentro, abrazados. El aire olía a semen, sudor y paz. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Esa fue la mejor Pasion de Jesus en la Biblia que he vivido", susurró, acariciando mi espalda. Reí bajito, piel erizada aún. "Y no acaba aquí, mi Cristo personal. Hay más páginas por profanar."

Nos quedamos así hasta el crepúsculo, vino olvidado, cuerpos entrelazados. En ese afterglow, sentí una conexión profunda, no solo carnal, sino alma con alma. La Biblia abierta a un lado, testigo muda de nuestra versión sensual. Jesús me miró, ojos brillantes. "Te amo, mi Magdalena mexicana." Y yo supe que esta pasión era eterna, renaciendo cada vez que nos tocáramos.

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