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Pasión de Gavilanes Capítulo 40 Fuego Prohibido

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Pasión de Gavilanes Capítulo 40 Fuego Prohibido

En la penumbra del rancho en las afueras de Guadalajara, el aire olía a tierra húmeda después de la lluvia y a las velas de cera de abeja que titilaban sobre la mesita. Lucía se recostó en el sofá de cuero desgastado, con las piernas cruzadas sobre las rodillas de su esposo Mateo. La televisión proyectaba la luz parpadeante de Pasión de Gavilanes capítulo 40, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban al destino con una pasión que hacía hervir la sangre. El sonido de las guitarras y los diálogos intensos llenaban la sala, pero Lucía apenas prestaba atención a la pantalla. Sus ojos se desviaban hacia el perfil de Mateo, su mandíbula cuadrada, el sudor perlado en su cuello por el calor de la noche jalisciense.

Qué wey tan guapo, pensó ella, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Habían estado casados diez años, pero noches como esta, con el tequila reposado en las venas y la telenovela avivando el fuego, la hacían sentir como una chava de veinte otra vez. Mateo giró la cabeza, captando su mirada. Sus ojos cafés, profundos como pozos de deseo, la atraparon.

¿Qué pasa, mi reina? —murmuró él, su voz ronca rozando como una caricia—. ¿Ya te prendió el capítulo?

Lucía sonrió pícara, deslizando un pie descalzo por su muslo. La piel de Mateo se erizó bajo el short de algodón. —Pasión de Gavilanes capítulo 40 siempre me pone caliente, carnal. Esos Reyes... neta, dan ganas de ser una de las Urrutia.

Mateo soltó una risa baja, gutural, que vibró en el pecho de ella. Apagó el volumen de la tele con el control remoto, dejando solo las imágenes mudas de besos robados y miradas incendiarias. El silencio amplificó el latido de sus corazones, el zumbido lejano de los grillos fuera del rancho. Tomó su pie y lo besó en el arco, lento, saboreando el salado de su piel. Lucía jadeó suave, el calor subiendo por sus piernas como una ola.

Acto primero: la chispa. Sus manos expertas masajearon sus pantorrillas, subiendo con deliberada lentitud. Ella se mordió el labio, recordando cómo en Pasión de Gavilanes capítulo 40 la pasión estallaba entre venganza y amor.

Aquí no hay venganza, solo puro antojo mutuo
, se dijo, abriendo las piernas un poco más. Mateo lo notó, su aliento cálido contra su piel interior del muslo.

Te ves rica, Lucía. Como para comerte entera. —Sus dedos rozaron el borde de sus panties de encaje, empapados ya por la anticipación. El aroma almizclado de su excitación flotó en el aire, mezclado con el tequila y el jazmín del jardín.

Ella lo jaló por la camisa, atrayéndolo hasta que sus labios se fundieron. El beso fue hambriento, lenguas danzando con sabor a agave y miel. Las manos de Lucía se colaron bajo su camiseta, palpando los músculos duros de su abdomen, el vello áspero que le erizaba la piel. Mateo gruñó contra su boca, presionando su erección contra su cadera. El roce envió chispas por la espina de ella.

Se separaron jadeantes, frentes pegadas. —Vamos a la recámara, mi amor —susurró él, pero Lucía negó con la cabeza, juguetona.

—No, aquí. Frente a la tele. Quiero que Pasión de Gavilanes nos mire.

El calor escalaba. Mateo la levantó en brazos como si no pesara nada, depositándola en la alfombra gruesa de lana. Sus cuerpos se alinearon, piel contra piel mientras se desvestían con urgencia. La camisa de él voló, revelando el torso bronceado por el sol del campo. Lucía admiró las cicatrices leves de su juventud, trazándolas con uñas pintadas de rojo. Él desabrochó su blusa, liberando sus senos plenos, pezones endurecidos como cerezas maduras.

Acto segundo: la escalada. Sus bocas exploraron. Mateo lamió su cuello, bajando a succionar un pezón, el tirón dulce haciendo que Lucía arqueara la espalda. ¡Qué chido se siente su lengua! El sonido húmedo de su boca, los gemidos ahogados de ella, el crujir de la alfombra bajo sus rodillas. Él descendió más, besando su vientre suave, inhalando su esencia femenina. Sus dedos separaron sus labios íntimos, resbaladizos de jugos, y ella tembló cuando la lengua de él tocó su clítoris hinchado.

¡Ay, Mateo! ¡Sí, así, cabrón! —gritó ella, enredando dedos en su cabello negro revuelto. Él devoraba con hambre, chupando, lamiendo en círculos, saboreando su dulzor salado. Lucía sintió el orgasmo construyéndose, una presión ardiente en el bajo vientre.

No pares, por Dios, estoy que exploto
. Sus caderas se mecían contra su rostro, el sudor perlando sus cuerpos, el aire cargado de sus olores mezclados: masculino, terroso, femenino y dulce.

Mateo se incorporó, quitándose el short. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Lucía la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre acero. La masturbó lento, viendo gotas de precum brotar en la punta. —Ven, métemela ya —rogó ella, guiándolo.

Él se hundió en ella de un solo empujón fluido, ambos gimiendo al unísono. El estiramiento delicioso, la fricción perfecta. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, savoring cada embestida. Sus pieles chocaban con palmadas húmedas, el sofá crujía cerca. Lucía clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Es mío, todo mío. Mateo aceleró, sus bolas golpeando su trasero, el placer subiendo en espiral.

¡Más fuerte, amor! ¡Cógeme como en la telenovela! —exigió ella, y él obedeció, penetrándola profundo, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. El clímax la alcanzó primero, un estallido cegador. Sus paredes se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo, mientras gritaba su nombre. Olas de éxtasis la recorrieron, piernas temblando, visión borrosa.

Mateo la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes de semen. Colapsaron juntos, sudorosos, entrelazados. El pecho de él subía y bajaba contra sus senos, corazones galopando en sincronía.

Acto tercero: el resplandor. Permanecieron así minutos, besos suaves post-orgasmo, caricias perezosas. La tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 40 en loop silencioso, testigo mudo de su pasión. Lucía trazó círculos en su pecho. —Eres mejor que cualquier galán, Mateo. Neta.

Él rio, besando su sien. —Y tú mi pasión eterna, mi gavilana. Se levantaron lento, recogiendo ropa dispersa. En la ducha compartida después, el agua caliente lavó sus fluidos, pero no el brillo en sus ojos. Se secaron mutuamente, riendo de tonterías, el rancho envolviéndolos en paz.

Afuera, la luna bañaba los campos de agave, y Lucía supo que noches como esta eran su verdadero capítulo ardiente. Pasión de Gavilanes había encendido la mecha, pero su amor era el fuego que no se apagaba.

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