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Como Decorar para una Noche de Pasión

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Como Decorar para una Noche de Pasión

El sol se ponía sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se colaban por la ventana de mi departamento en la Roma. Yo, Ana, había tenido una semana de esas que te dejan hecha pedazos: jefes culeros en la oficina, tráfico infernal y el estrés acumulado como plomo en los hombros. Pero hoy era diferente. Hoy iba a sorprender a Carlos, mi carnalito del alma, con una noche que no olvidaría. Recordé esos tips que vi en línea sobre como decorar para una noche de pasión, y neta, me emocioné. Quería que todo fuera perfecto, sensual, como sacado de una de esas novelas que leo a escondidas.

Empecé por el baño. Corrí la tina con agua caliente, echándole sales de lavanda que olían a paraíso puro. Pétalos de rosa roja flotando como promesas de placer. Enciendí velas aromáticas por todos lados: vainilla dulce, jazmín embriagador y un toque de canela que me hacía agua la boca. El vapor subía espeso, cargado de ese aroma que te envuelve y te pone la piel de gallina. Me metí desnuda, sintiendo el agua caliente lamiendo mis curvas, mis pechos flotando, los pezones endureciéndose con el roce.

Órale, Ana, esto va a ser chido. Carlos se va a volver loco cuando te vea así de relajada y lista para él.
Me pasé las manos por el cuerpo, imaginando que eran las suyas, ásperas de tanto trabajar en construcción. Un escalofrío me recorrió la espalda baja, directo al clítoris que ya palpitaba de anticipación.

Salí envuelta en una toalla de seda negra, el cabello húmedo cayendo en ondas salvajes. Ahora, el dormitorio. Cambié las sábanas por unas de satén rojo sangre, suaves como caricia de amante. Esparcí más pétalos en forma de corazón sobre la cama king size. Colgué guirnaldas de luces LED tenues que parpadeaban como estrellas coquetas. En la mesita de noche, una botella de tequila reposado Don Julio, dos shots con sal y limón fresco, y una tableta de chocolate artesanal de Oaxaca, ese que se derrite en la lengua con sabor a chile y pasión. Puse una playlist en el Bluetooth: boleros suaves de Armando Manzanero, "Somos novios" para empezar, y luego algo más ardiente como "Contigo aprendí". El sonido bajo llenaba el aire, vibrando en mi pecho.

Me miré en el espejo del clóset. Elegí un conjunto de lencería que compré en La Vie en Rose: brasier push-up negro con encaje que apenas contenía mis tetas generosas, tanguita diminuta que se perdía entre mis nalgas redondas, y ligas que subían por mis muslos firmes. Medias de red hasta la ingle. Me rocié perfume en el cuello, entre los pechos y ahí abajo: musk y flores tropicales, un olor que gritaba "tómame". Neta, me veía como una diosa mexica lista para el sacrificio placentero. El corazón me latía fuerte, un tambor de deseo. Carlos llegaría en media hora, y yo ya sentía la humedad entre las piernas, ese cosquilleo que me hacía apretar los muslos.

La puerta sonó puntual. Abrí con una sonrisa pícara, la bata de seda entreabierta dejando ver justo lo suficiente. "¡Hola, mi amor! Pasa, wey, que te tengo una sorpresa." Carlos entró, alto y moreno, con esa barba de tres días que me encanta rasparme la cara, ojos cafés intensos y brazos que podrían partir troncos. Olía a sudor limpio del día, mezclado con su colonia barata que a mí me volvía loca. "¿Qué pedo, Ana? ¿Todo esto para mí?" dijo, recorriéndome con la mirada, la voz ronca de sorpresa y hambre.

Lo jalé adentro, cerrando la puerta. Cenamos ligero en la sala: tacos de cochinita que pedí de un puesto chido cerca, con salsa de habanero que picaba en la lengua como preludio de lo que vendría. Nos sentamos en el sofá, yo a horcajadas sobre él, alimentándolo con mis dedos. Sus manos subían por mis muslos, rozando las ligas. "Estás riquísima, mami. ¿Qué te traes entre manos?" Murmuré contra su boca: "Solo seguí unos trucos de como decorar para una noche de pasión. Quiero que esta noche seas mío del todo." Nuestros labios se rozaron, suaves al principio, saboreando el tequila que nos echamos en shots. Sal en su piel, limón ácido, el fuego bajando por la garganta.

La tensión crecía como tormenta. Sus besos se volvieron urgentes, lengua explorando mi boca, saboreando el chocolate que le di a morder. Gemí bajito cuando me quitó la bata, exponiendo mi lencería. "Pinche diosa," gruñó, mamando mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Lo empujé hacia el dormitorio, la música envolviéndonos como niebla sensual. Las luces parpadeaban sobre su piel bronceada mientras lo desvestía: camisa fuera, pantalón abajo, revelando su erección dura como fierro bajo los bóxers. La toqué por encima de la tela, sintiendo el pulso caliente, el pre-semen humedeciendo.

En la cama, sobre los pétalos que crujían suaves, nos devoramos. Él me recostó, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre. El aroma de mi excitación lo volvía loco; olía a miel y deseo puro. "Te huelo tan rica, Ana." Sus dedos separaron la tanguita, rozando mi clítoris hinchado. Jadeé, arqueándome.

¡Ay, cabrón, no pares! Esto es lo que necesitaba toda la semana.
Me lamió despacio, lengua plana saboreándome, chupando mis labios vaginales jugosos. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis gemidos altos como rancheras pasionales. Introdujo dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca succionaba. El placer subía en olas, mi cuerpo temblando, sudor perlando mi piel.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga era gruesa, venosa, goteando. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, el musk masculino que me mareaba. "Órale, mámacita, qué chido te chupas la verga." La tragué profunda, garganta relajada, sintiendo cómo latía en mi boca. Él gemía, manos en mi pelo, follando mi cara suave. Pero quería más. Me subí encima, frotando mi coño mojado contra su pija, lubricándola. "Te quiero adentro, Carlos. Fóllame duro."

Se hundió en mí de un empellón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, paredes vaginales apretándolo como guante. Cabalgamos lento al principio, sintiendo cada vena, cada roce contra mi clítoris interno. El satén de las sábanas se pegaba a nuestra piel sudorosa, pétalos aplastados oliendo a rosa machacada. Aceleramos: él abajo embistiendo, yo rebotando, tetas saltando. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados con la música. Cambiamos: yo de rodillas, él atrás, jalándome el pelo, azotando mis nalgas con palmadas que resonaban. "¡Más, pendejito, dame todo!" Su mano bajó a mi clítoris, frotando círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como rayo: visión borrosa, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando sus bolas.

Él se corrió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que goteaban por mis muslos. Colapsamos, entrelazados, el corazón tronándole en el pecho contra el mío. El aire olía a sexo crudo: sudor, semen, mi esencia. Besos perezosos, lenguas lentas saboreando el afterglow. "Te amo, Ana. Esta noche fue de puta madre." Yo sonreí, trazando su pecho con uñas.

Valió cada minuto de decorar. Mañana repetimos, carnal.

Nos quedamos así, bajo las luces tenues, el tequila olvidado pero el fuego eterno. La ciudad rugía afuera, pero aquí adentro, solo existíamos nosotros, en paz y saciados.

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