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Pasión de Gavilanes Capítulo 5 Fuego en las Venas

7557 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 5 Fuego en las Venas

Jimena respiraba hondo el aire fresco de la hacienda Gavilanes, cargado con el aroma dulce de las jacarandas en flor y el humo lejano de la leña quemándose en la cocina. La noche caía como un manto suave sobre las colinas mexicanas, y el sol poniente teñía el cielo de rojos intensos que se reflejaban en los ojos de Juan, el mayor de los hermanos dueños de este paraíso. Ella y su hermana Sofía habían llegado esa tarde para cerrar un trato de caballos, pero desde el primer vistazo a esos dos gavilanes de hombres, todo parecía conspirar para algo más ardiente.

Órale, Jimena, mira nomás esos cuates, le había susurrado Sofía al bajar del carro, con esa picardía norteña que tanto la caracterizaba. Jimena solo sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con el viaje desde Monterrey. Juan, alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y manos callosas de tanto domar potros, la había recibido con una mirada que quemaba como tequila puro. Su hermano Miguel, más juguetón, con ojos verdes y una sonrisa que prometía travesuras, coqueteaba abiertamente con Sofía.

Durante la cena bajo las estrellas, en la terraza de la hacienda, el vino tinto fluía como ríos de deseo. El sabor aterciopelado explotaba en la lengua de Jimena cada vez que Juan le servía otra copa, sus dedos rozando los de ella en un roce eléctrico.

¿Qué me pasa con este hombre? Neta, parece que me lee la mente, o peor, el cuerpo
, pensó ella, mientras el calor subía por sus mejillas. La conversación giraba en torno a anécdotas de ranchos, risas estruendosas y miradas que se prolongaban demasiado. El crujir de la carne asada en la parrilla, el siseo del aceite caliente, todo se mezclaba con el pulso acelerado de su corazón.

Al final de la velada, cuando Sofía y Miguel se escabulleron hacia los establos con excusas de revisar un caballo cojo, Juan se acercó a Jimena. Su aliento olía a tabaco y a hombre, un perfume rudo que la mareaba.

—Ven, te enseño el mirador. De ahí se ve la mejor luna del norte —dijo él, con voz grave como trueno lejano.

Ella asintió, el deseo ya latiendo en sus venas como un tambor. Caminaron en silencio por el sendero empedrado, el roce accidental de sus brazos enviando chispas por su piel. La grava crujía bajo sus botas, y el viento nocturno jugaba con el cabello suelto de Jimena, trayendo consigo el olor terroso de la tierra húmeda.

Acto de escalada. En el mirador, una plataforma de madera con vista al valle infinito, Juan se paró detrás de ella, tan cerca que Jimena sentía el calor de su pecho irradiando contra su espalda. La luna llena bañaba todo en plata, y el coro de grillos parecía un himno a la pasión contenida.

—Sabes, Jimena, desde que te vi llegar, no dejo de pensar en ti. Eres como una yegua salvaje, pura fuerza y fuego —murmuró él, sus labios rozando el lóbulo de su oreja. Ella se estremeció, un jadeo escapando de sus labios entreabiertos.

¡Ay, Dios! Su voz me derrite, neta que quiero que me tome ya
.

Jimena se giró despacio, enfrentando esos ojos oscuros que la devoraban. Sus manos subieron por el pecho ancho de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa de franela.

—Y tú, Juan, eres un gavilán que no suelta su presa. Me tienes loca desde la cena —confesó ella, con voz ronca, empoderada por el deseo mutuo que flotaba en el aire.

Él la besó entonces, un beso hambriento que sabía a vino y promesas. Sus lenguas danzaron, explorando con urgencia, mientras las manos de Juan se deslizaban por su cintura, atrayéndola contra su dureza evidente. Jimena gimió contra su boca, el sabor salado de su sudor mezclándose con el dulzor del beso. Bajaron del mirador a trompicones, riendo entre besos, hacia la cabaña privada de Juan al borde de la hacienda. La puerta se cerró con un clic que sonó como liberación.

Dentro, iluminados por la luz tenue de una lámpara de aceite que parpadeaba sombras sensuales en las paredes de adobe, se desnudaron con dedos temblorosos de anticipación. La piel de Juan era bronceada, marcada por el sol y el trabajo, con vello oscuro que Jimena recorrió con las yemas de los dedos, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Él la tumbó en la cama de sábanas frescas, oliendo a lavanda silvestre, y besó su cuello, bajando por el valle de sus senos. Cada roce de sus labios era fuego líquido; ella arqueó la espalda, gimiendo cuando su lengua rodeó un pezón endurecido.

Qué rico te sientes, chula —gruñó él, mientras sus manos grandes amasaban sus caderas, descendiendo hacia el calor húmedo entre sus muslos. Jimena jadeaba, el aroma almizclado de su propia excitación llenando la habitación, mezclado con el de él, puro macho en celo.

Ella lo empujó hacia arriba, invirtiendo posiciones con una sonrisa felina.

Esta noche mando yo un rato, wey
. Sus labios trazaron un camino ardiente por su abdomen, hasta llegar a su verga tiesa, palpitante. La tomó en la boca con deleite, saboreando la sal de su piel, el gemido ronco de Juan resonando como música. Él se retorcía bajo ella, sus dedos enredados en su cabello, pero siempre con esa ternura que hacía todo consensual y perfecto.

La tensión crecía como tormenta, sus cuerpos sudados resbalando uno contra el otro. Juan la volteó con gentileza, posicionándose entre sus piernas abiertas. —Dime si quieres parar, mi reina, susurró, ojos fijos en los de ella.

¡No pares, cabrón! Te quiero dentro, ya —exigió ella, guiándolo con las caderas.

Entró en ella despacio al principio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso arrancándole un grito de placer. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose, el slap de piel contra piel, llenaba la cabaña. Aceleraron, el ritmo frenético como galope de caballos salvajes. Jimena clavaba las uñas en su espalda, oliendo el sudor que perlaba su frente, probando la sal en sus labios cuando lo besó de nuevo. Cada embestida tocaba lo más profundo, ondas de placer construyéndose como olas.

¡Más fuerte, Juan! ¡Sí, así! —gritaba ella, empoderada, mientras él gruñía su nombre como oración.

El clímax llegó como explosión: Jimena se deshizo primero, su cuerpo convulsionando alrededor de él, un aullido gutural escapando de su garganta mientras luces estallaban tras sus párpados. Juan la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido primal, su peso cálido colapsando sobre ella.

Afterglow eterno. Yacían enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo satisfecho, a pieles saciadas. Juan besó su frente, trazando círculos perezosos en su vientre.

—Esto fue como nuestro Pasión de Gavilanes capítulo 5, ¿no? Cada vez más intenso —rió él bajito, refiriéndose a esa telenovela que tanto les gustaba ver juntos en las noches previas.

Jimena sonrió, acurrucándose contra su pecho, el latido constante como ancla.

Neta, este hombre me ha cambiado la vida. No es solo sexo, es fuego que no se apaga
. Afuera, la luna testigo se ocultaba tras nubes, pero en sus corazones ardía eterna.

En la quietud, Sofía y Miguel regresaron de su propia aventura, un guiño cómplice sellando la noche. La hacienda Gavilanes guardaba secretos de pasión, y este capítulo 5 solo era el comienzo de más fuegos por venir.

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