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Cañaveral de Pasiones Capítulo 30 Fuego en las Cañas

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Cañaveral de Pasiones Capítulo 30 Fuego en las Cañas

El sol se ponía sobre el cañaveral como una bola de fuego, tiñendo las cañas altas de un naranja ardiente que me hacía sudar solo de mirarlo. Yo, Ana, caminaba entre las hojas afiladas, sintiendo cómo rozaban mi piel morena, dejando rasguños leves que picaban delicioso. Hacía calor de la chingada, pero neta que valía la pena. Javier me había mandado un mensajito: Ven al cañaveral de pasiones, capítulo 30 de nuestra historia, güey. No tardes. Sonreí como pendeja, porque cada vez que él me llamaba así, mi concha se humedecía sin remedio.

El aire olía a tierra mojada y a caña dulce, ese aroma que se te mete en la nariz y te despierta el hambre de todo. Mis chancletas se hundían en el lodo blando, y cada paso hacía un chap chap que resonaba en el silencio del atardecer. Los pájaros trinaban su despedida al día, y yo sentía el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo zacatecano. Hacía semanas que no nos veíamos, desde que su jefazo lo mandó a otra finca, y el deseo me carcomía por dentro. ¿Y si hoy por fin me lo chupa como se debe? pensé, mordiéndome el labio.

De repente, lo vi. Javier estaba ahí, recargado en un tronco grueso de caña, con su camisa blanca abierta hasta el ombligo, dejando ver ese pecho velludo que tanto me gustaba lamer. Sus ojos cafés me clavaron como navaja, y su sonrisa chueca me derritió las rodillas. Órale, mami, dijo con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta. Me acerqué despacio, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. Sus manos grandes, callosas de tanto machetear, me jalaron por la cintura, y su boca se estrelló contra la mía. Sabía a tabaco y a pulque fresco, un sabor que me volvía loca.

Este pendejo sabe cómo besarme, carajo. Su lengua se enreda con la mía como si fuéramos cañas trenzadas.

Nos besamos con hambre, jadeando entre las cañas que nos ocultaban del mundo. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas por encima del huipil corto que me había puesto a propósito. Te extrañé, Ana, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel hasta que gemí bajito. Yo le clavé las uñas en la espalda, sintiendo sus músculos duros bajo la camisa. El sudor nos pegaba la ropa, y el olor de nuestros cuerpos mezclados con la caña era puro afrodisíaco. Mi chichis se endurecieron contra su pecho, y él lo notó, porque bajó la mano y me pellizcó un pezón por encima de la tela.

¡Ay, Javier! No mames, le dije riendo, pero mi voz salió ronca de pura necesidad. Él se arrodilló despacio, como en esas novelas que leo a escondidas, y levantó mi huipil. Mis panties ya estaban empapadas, y el aire fresco de la noche me erizó la piel. Qué rica estás, mi amor, gruñó, besando mi ombligo y bajando más. Su aliento caliente me llegó directo a la concha, y arqueé la espalda contra las cañas, que crujieron como si aplaudieran.

Acto uno del cañaveral de pasiones capítulo 30: el reencuentro que prende la mecha. Nos conocimos hace un año en la zafra, cuando él macheteaba y yo cargaba costales. Un roce de manos, una mirada, y pum, pasión cañera. Pero la vida es cabrona: familias, trabajos, distancias. Hoy, en este rincón escondido, el deseo nos reunía de nuevo. Él lamió mis muslos internos, subiendo lento, torturándome con su barba raspando mi piel sensible. Yo enredé mis dedos en su pelo negro, jalándolo para que se apurara. Dámelo ya, wey, supliqué, y él rio bajito antes de hincar la cara entre mis piernas.

Su lengua era fuego puro. Me abrió los labios con los dedos, y chupó mi clítoris como si fuera tamarindo dulce. Gemí fuerte, tapándome la boca para no alertar a los rancheros lejanos. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con el viento susurrando en las cañas. Sentía mi jugo corriendo por sus labios, y él lo lamía todo, metiendo la lengua adentro, follándome con ella. Mis piernas temblaban, el lodo salpicaba mis pies, y el olor almizclado de mi excitación llenaba el aire. ¡Más, cabrón, más! grité en mi mente, porque la boca la tenía abierta en un gemido eterno.

Pero Javier no es de los que se apuran. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me recargó contra un grupo de cañas gruesas. Me quitó las panties de un jalón, y sentí el aire fresco en mi concha expuesta. Él se desabrochó el cinturón, y su verga saltó libre, dura como machete, venosa y palpitante. La miré con hambre, lamiéndome los labios. Chúpamela, Ana, ordenó con voz juguetona, y yo me arrodillé en el lodo sin pensarlo dos veces.

Acto dos: la escalada al infierno del placer. Tomé su verga en la mano, sintiendo su calor y grosor. Olía a hombre puro, a sudor y deseo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Él gruñó, agarrándome el pelo. Así, mi reina, qué chingona eres. La metí en la boca hasta donde pude, chupando fuerte, jugando con la lengua en el frenillo. Sus caderas se movían, follándome la boca despacio, y yo lo miraba desde abajo, viendo el placer en su cara. Las cañas nos mecían con el viento, como si el cañaveral entero nos animara.

Pero quería más. Lo empujé al suelo, montándome encima. Su verga se paró tiesa, apuntando al cielo estrellado que empezaba a asomarse. Me acomodé, frotando mi concha mojada contra la punta. Te voy a cabalgar como yegua, pendejo, le dije guiñando, y bajé de golpe. ¡Ay, Virgen de Guadalupe! Lo sentí llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Gemí alto, y él me agarró las caderas, guiándome.

Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes. El lodo chapoteaba bajo nosotros, el sudor nos brillaba la piel bajo la luna naciente. Sus manos subieron a mis chichis, pellizcando los pezones, y yo aceleré, rebotando fuerte. ¡Qué rico te sientes, Ana! ¡Neta, eres mi vicio! gritó, y yo respondí con un ¡Fóllame más duro!. El ritmo se volvió frenético, piel contra piel, plaf plaf plaf resonando en el cañaveral. Mi clítoris rozaba su pubis, y la presión crecía, como tormenta en el horizonte.

Internamente, luchaba con el miedo. ¿Y si nos cachan? ¿Y si esto acaba mal? Pero el placer lo ahogaba todo. Javier se incorporó, besándome mientras me penetraba desde abajo, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo crudo, a caña machacada, a nosotros. Sudábamos como marranos, y cada embestida mandaba ondas de calor por mi espina.

De pronto, volteó y me puso a cuatro patas entre las cañas. Entró de nuevo, profundo, agarrándome el pelo como riendas. ¡Sí, así, mi amor! ¡Dame todo! chillé, empujando contra él. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos, y el orgasmo me golpeó como rayo. Convulsioné, apretándolo con la concha, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que se vino adentro, caliente y abundante, llenándome hasta rebosar.

Acto tres: el afterglow en el cañaveral de pasiones capítulo 30. Nos derrumbamos en el lodo, jadeando, abrazados. Su semen chorreaba de mí, mezclándose con el barro, y él lo esparció con los dedos, besándome la frente. Eres lo mejor que me ha pasado, Ana, susurró, y yo sonreí, sintiendo paz en el pecho. Las cañas nos cubrían como manta, el viento secaba nuestro sudor, y las estrellas brillaban testigos de nuestro fuego.

Mientras nos vestíamos, hablamos de futuro. Vámonos de aquí, empecemos de nuevo, propuso, y yo asentí, con el corazón lleno. Caminamos de la mano, dejando huellas en el lodo, sabiendo que este cañaveral guardaría nuestro secreto. El deseo no se apaga; solo espera el próximo capítulo.

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