Ver Pelicula Pasion Prohibida Desnudos
La lluvia caía a cántaros sobre el DF esa noche, como si el cielo se hubiera puesto celoso de lo que pasaba adentro de mi depa en Polanco. Mi morra, Karla, y yo acabábamos de llegar empapados de la cena en ese restorán italiano de la Zona Rosa. Ella se veía chida, con el cabello negro pegado a la cara, la blusa blanca casi transparente marcando sus chichis perfectas. "Wey, qué chinga de lluvia", dijo riendo mientras se quitaba los zapatos en la entrada. Yo la abracé por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, mojado hasta los huesos.
"Vamos a secarnos y ver película", le propuse, besándole el cuello donde olía a vainilla y lluvia fresca. Ella se giró, sus labios carnosos rozando los míos. "Sí, carnal, algo caliente pa' entrar en calor". Buscamos en Netflix y dimos con "Pasion Prohibida", una de esas pelis mexicanas con drama y deseo prohibido, de amantes que no pueden tocarse pero se mueren por hacerlo. "Esta, ver película Pasion Prohibida", dijo Karla con los ojos brillantes, acomodándose en el sofá conmigo. Apagué las luces, solo quedó el resplandor de la tele y el sonido de la tormenta afuera.
Al principio, nos envolvimos en una cobija suave, ella recargada en mi pecho. Podía oler su shampoo de coco mezclado con el aroma terroso de la lluvia que entraba por la ventana entreabierta. La película empezó con esa tensión, el galán y la galana mirándose de lejos, el corazón latiéndoles fuerte como el mío ahora. Karla suspiró, su mano descansando en mi muslo.
"Mira cómo se ven, wey. Neta que dan ganas."Su voz era ronca, juguetona. Yo asentí, pero mi mente ya volaba: imaginaba sus tetas desnudas bajo la blusa, cómo sabrían sus pezones duros.
A medida que avanzaba la peli, la cosa se ponía intensa. Escenas de besos robados en callejones empedrados de algún pueblo mágico, manos que se rozaban causando chispas. Karla se movía inquieta, su pierna rozando la mía. Sentí su calor subiendo, el roce de su piel contra mis jeans. Pinche película, pensé, nos está poniendo cachondos sin querer. Ella levantó la vista, sus ojos cafés clavados en los míos. "Estás duro, ¿verdad?", murmuró, su mano bajando despacio hasta mi paquete. Asentí, tragando saliva, el pulso acelerado como tambores de mariachi.
Le quité la blusa con cuidado, revelando su sostén de encaje negro que apenas contenía sus chichis firmes. El aire fresco de la noche hizo que sus pezones se marcaran duros. Los besé por encima de la tela, saboreando el salado de su sudor mezclado con perfume. Ella gimió bajito, arqueando la espalda, mientras en la tele los amantes se devoraban en una cama antigua. "Sigue viéndola conmigo", le pedí, mi voz grave. Karla asintió, mordiéndose el labio, su mano ahora dentro de mis pantalones, apretando mi verga tiesa. Qué rica, pensé, su tacto es fuego puro.
La recosté en el sofá, bajándole los jeans ajustados que marcaban su culo redondo. Quedó en tanguita, las nalgas prietas brillando bajo la luz parpadeante de la película. Olía a ella, a deseo femenino, ese aroma dulce y almizclado que me volvía loco. Le separé las piernas con ternura, besando el interior de sus muslos, sintiendo los músculos tensarse. "Ay, wey, no pares", jadeó, sus uñas clavándose en mi espalda. Lamí su panocha por encima de la tela, probando su humedad que ya empapaba todo. Dulce, salada, adictiva como tequila añejo.
En la pantalla, la pasión prohibida explotaba: los amantes follando con furia contenida, gemidos ahogados que resonaban en mi depa. Karla apagó la tele de un golpe con el control remoto. "Ya no quiero ver película Pasion Prohibida, te quiero a ti", gruñó, jalándome encima. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, el sabor de su boca mezclándose con el mío. Le arranqué el sostén, chupando sus tetas una por una, mordisqueando los pezones rosados que se endurecían más con cada lamida. Ella reía entre gemidos, "¡Pinche loco, me vas a comer viva!".
Me puse de rodillas, sacándome la verga dura como piedra. Karla la miró con lujuria, lamiéndose los labios. "Ven, nena, mámamela", le rogué. Se arrodilló frente a mí, su aliento caliente en la punta antes de metérsela a la boca. Chin*, qué chido: su lengua girando alrededor del glande, succionando con fuerza, saliva chorreando. Podía oír los sonidos húmedos, chapoteos obscenos que ahogaban la lluvia. Mis manos en su cabello, guiándola despacio, sintiendo su garganta apretarme. "Estás ricota", gemí, el placer subiendo por mi columna.
La levanté, la llevé a la recámara donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio. La tiré boca arriba, besando cada centímetro de su cuerpo: el ombligo, las caderas anchas, hasta llegar a su concha depilada y jugosa. La abrí con los dedos, viendo cómo brillaba de excitación. "Te voy a chingar rico", le dije, frotando mi verga contra su clítoris hinchado. Ella asintió frenética,
"Sí, métemela toda, cabrón, hazme tuya."Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome, apretándome como guante. Puta madre, qué delicia, su calor me quemaba vivo.
Empecé a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. El sonido de piel contra piel, slap-slap, se mezclaba con nuestros jadeos. Sus tetas rebotaban hipnóticas, yo las amasaba mientras la follaba más fuerte. Karla clavaba las uñas en mis nalgas, urgiéndome: "¡Más duro, wey, rómpeme!". Sudábamos como locos, el olor a sexo llenando la habitación, almizcle y feromonas. La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto, dándole nalgadas suaves que la hacían gemir más alto. Entré de nuevo, profundo, tocando su punto G con cada empujón. Se siente como el paraíso, pensé, el corazón latiéndome en la verga.
La tensión crecía, sus contracciones alrededor de mí anunciando su orgasmo. "Me vengo, ¡me vengo!", gritó, temblando entera, su concha ordeñándome. Eso me llevó al borde: embestí una última vez, explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras rugía de placer. Nos derrumbamos juntos, exhaustos, piel pegada a piel, el sudor enfriándose en la brisa nocturna.
Minutos después, Karla se acurrucó en mi pecho, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. La película seguía pausada en la mente, pero nuestra propia pasión prohibida —esa que ardía solo entre nosotros— había sido mucho mejor. "Neta, wey, ver película Pasion Prohibida fue lo mejor pa' encendernos", murmuró somnolienta. Yo sonreí, besándole la frente. Afuera, la lluvia amainaba, dejando un aroma limpio. En ese momento, todo era perfecto: su respiración rítmica, el calor residual de nuestros cuerpos, el eco de gemidos en mis oídos. Esto es vida, pensé, abrazándola más fuerte, sabiendo que amaneceríamos listos para más.