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Bianca y Bruno Pasion Prohibida

6738 palabras

Bianca y Bruno Pasion Prohibida

El sol de la tarde caía a plomo sobre el jardín de la casa en Polanco, donde la familia se reunía para celebrar el cumpleaños de mi suegra. El aire olía a jazmines frescos y a carne asada en la parrilla, con ese humo ahumado que se te mete en la nariz y te abre el apetito. Yo, Bianca, vestida con un huipil ligero que se pegaba un poquito a mi piel sudada, servía refrescos a todos. Pero mis ojos, ay, mis ojos traicioneros, no dejaban de buscarlo a él: Bruno, el hermano menor de mi marido Alejandro.

Bruno era todo lo que Alejandro no era. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo el sol, músculos marcados de tanto gym y un tatuaje de águila en el brazo que asomaba por la manga de su camisa guayabera. Cada vez que se reía, con esa carcajada ronca que parecía un ronroneo, sentía un cosquilleo en el estómago, como mariposas chingonas volando descontroladas.

¿Por qué carajos me pasa esto? Alejandro es un buen pendejo, estable, pero Bruno... Bruno es fuego puro.
Nuestras miradas se cruzaban a escondidas, y él me guiñaba un ojo, como si supiera exactamente lo que me provocaba.

La fiesta avanzaba con mariachis tocando "Cielito Lindo" de fondo, el sonido de las trompetas vibrando en el pecho. Alejandro estaba ebrio, platicando con los tíos sobre fútbol, ajeno a todo. Yo me escabullí a la cocina por más hielo, y ahí estaba Bruno, recargado en la isla de granito, con una cerveza en la mano.

Órale, Bianca, ¿ya te cansaste de tanto carnal?

Su voz grave me erizó la piel. Me acerqué, fingiendo buscar algo en la alacena, pero mi cadera rozó la suya accidentalmente. O no tan accidental. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace agua la boca.

—Sí, güey, estos festejos me matan —respondí, mordiéndome el labio sin querer.

Él se acercó más, su aliento cálido en mi oreja.

—Pues vente conmigo al cuarto de arriba. Te enseño algo chido que encontré en el ático.

Mi corazón latió como tamborazo. Sabía que era una mala idea, pero el deseo ardía entre mis piernas como chile piquín. Pura pasión prohibida, pensé, mientras lo seguía por las escaleras de madera que crujían bajito.

Arriba, en el cuarto polvoriento pero con vista al jardín, cerró la puerta con llave. El ruido de la fiesta se volvió un murmullo lejano. Se giró hacia mí, sus ojos cafés oscuros devorándome.

—Bianca, no aguanto más verte así, con ese vestido que te marca todo. Eres un pinche sueño.

Me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Sentí su erección contra mi vientre, gruesa y pulsante, y un gemido se me escapó. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el huipil, tocando mi piel suave y caliente.

—Bruno, esto está prohibido. Alejandro...

—Al diablo Alejandro. Esto es entre tú y yo, carnalita. Dime que no lo quieres.

No pude. En cambio, lo besé con hambre, mi lengua enredándose con la suya, saboreando cerveza y deseo. Sus labios eran firmes, su barba raspándome delicioso la barbilla. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me sentó en una cómoda vieja, abriendo mis piernas con urgencia.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Abajo, los mariachis gritaban "El Rey", pero aquí reinábamos nosotros. Bruno se arrodilló, besando mi interior de muslos, su aliento caliente sobre mis bragas ya empapadas.

¡Qué rico huele ella, a mujer en celo, dulce y salado!
pensó él, o eso imaginé por cómo inhalaba profundo.

—Estás chorreando, Bianca. Por mí, ¿verdad?

—Sí, pendejo, por ti me mojo como nunca —jadeé, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

Arrancó mis bragas con los dientes, un sonido rasposo que me hizo arquear la espalda. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento al principio, círculos expertos que me hacían ver estrellas. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mi espina, mis pezones endureciéndose contra el huipil. Gemí bajito, mordiendo mi puño para no gritar. Él chupaba, succionaba, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me volvía loca.

¡Ay, Bruno, no pares, cabrón! —supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su boca.

El cuarto olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su sudor. Sus dedos bombeaban rítmicos, chapoteando en mis jugos, mientras su lengua danzaba. Sentí el orgasmo venir, un tren desbocado, y exploté en su boca, temblando, gritando su nombre ahogado.

Pero no paró. Se levantó, desabrochándose el pantalón con prisa. Su verga saltó libre, venosa, cabezona, brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, palpitando caliente.

—Métemela ya, amor prohibido —le rogué, guiándolo a mi entrada resbaladiza.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué prieta está, como guante! gruñó él, clavándome los ojos. Empezó a moverse, embestidas profundas que me llenaban por completo, su pubis chocando contra mi clítoris. El sonido era obsceno: piel contra piel, húmedo y rápido. Me aferré a sus hombros, uñas clavándose, mientras él me mamaba los pechos liberados del huipil, mordisqueando pezones duros como piedras.

Nos movíamos como animales, sudor goteando, respiraciones entrecortadas. Bajó una mano, frotando mi botón mientras me taladraba, y el segundo clímax me golpeó fuerte, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.

—Me vengo, Bianca, ¡pinche delicia! —rugió, hinchándose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Caímos exhaustos en el piso, cubiertos de una manta vieja que olía a naftalina. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda húmeda. Abajo, la fiesta seguía, risas y aplausos, pero nosotros flotábamos en afterglow, pieles pegajosas, corazones calmándose.

—Esto fue Bianca y Bruno pasion prohibida, ¿no? —murmuró él, besándome el cuello.

Sonreí, saboreando el salado de su piel en mis labios.

—Sí, pero qué chingón fue. No me arrepiento de nada, güey.

Nos vestimos a hurtadillas, robándonos besos robados. Bajamos por separado, yo con las mejillas sonrojadas y un brillo en los ojos que nadie cuestionó. Alejandro me abrazó, oliendo a tequila, y yo le sonreí, pero mi mente estaba con Bruno, planeando la próxima vez.

La pasión prohibida nos había marcado, un secreto ardiente que avivaría nuestras vidas. En México, donde el amor sabe a picante y riesgo, Bianca y Bruno habíamos encendido una llama que no se apagaría fácil.

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