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Pasión y Poder entre Actrices

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Pasión y Poder entre Actrices

El set de filmación en Polanco bullía de luces calientes y cables enredados como serpientes. Yo, Ana López, acababa de terminar una escena de celos ardientes para nuestra nueva telenovela, Corazones en Llamas. Sudor me perlaba la frente, y el aroma a café recién molido del catering se mezclaba con el perfume caro de los extras. Ahí estaba ella, Valeria Montenegro, la reina del medio, productora y actriz principal. Con su melena negra suelta y esos ojos verdes que hipnotizaban a las cámaras, exudaba poder. Siempre me había fastidiado su actitud de diosa intocable, pero neta, esa noche algo cambió.

Después del ¡corte! del director, me quedé en el set recogiendo mi libreto. Valeria se acercó con ese andar felino, tacones resonando contra el piso de madera. "Órale, Ana, qué buena química tuvimos en esa toma", dijo, su voz ronca como tequila ahumado. La miré de reojo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Sí, pero tú siempre robas el foco, ¿no?", le contesté, medio en broma, medio en serio. Ella se rio, un sonido gutural que me erizó la piel. "Pasión y poder, morra. Eso es lo que vende. ¿Quieres un trago en mi tráiler?"

Entramos a su tráiler, un oasis de lujo con sillones de terciopelo rojo y una botella de mezcal encima de la mesa. El aire acondicionado zumbaba suave, y el olor a su colonia, jazmín y vainilla, me invadió las fosas nasales. Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Ella sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue. "Salud por las actrices que mandan", brindó, y al chocar los vasos, sus dedos rozaron los míos. Electricidad. Mi pulso se aceleró, y sentí calor subiendo por mis muslos.

¿Qué chingados me pasa? Esta tipa es mi rival, la que me quitó el protagónico la vez pasada. Pero su mirada... ay, wey, me está quemando viva.

Conversamos de la producción, de cómo pasión y poder actrices como nosotras dominábamos el rating. Ella se recargó en el sofá, su blusa de seda entreabierta dejando ver el encaje negro de su sostén. "¿Sabes qué, Ana? Tú tienes fuego. Podríamos ser imparables juntas", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja. Me mordí el labio, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. La tensión crecía, densa como humo de fogata.

De pronto, su mano se posó en mi rodilla. Suave al principio, como prueba. "¿Me dejas?", preguntó, voz baja, ojos fijos en los míos. Asentí, sin palabras, el deseo me ahogaba. Sus dedos subieron despacio, trazando círculos en mi piel desnuda bajo la falda. El roce era fuego líquido, mi piel se erizaba, y un gemido escapó de mi garganta. La besé entonces, hambrienta, saboreando sus labios carnosos con gusto a mezcal y miel. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus uñas se clavaban en mi nuca.

La recosté en el sofá, quitándole la blusa con manos temblorosas. Su piel olivácea brillaba, pechos firmes subiendo y bajando con cada jadeo. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que enloquece. Chupé sus pezones rosados, duros como piedras preciosas, y ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, nena, así!". Mi mano bajó a su entrepierna, sintiendo el calor húmedo a través de la tanga. La froté suave, círculos lentos, mientras ella me arrancaba la ropa, exponiendo mis curvas al aire fresco.

Esto es poder puro, wey. No rivalidad, sino fusión. Su cuerpo responde a mí como si fuéramos una sola escena perfecta.

Valeria me volteó, dominándome con esa gracia de pantera. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi sexo palpitante. Lamidas expertas, lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, el placer como olas rompiendo en la playa de Acapulco. Agarré su cabello, empujándola más profundo, mientras mis caderas se mecían al ritmo de su boca. "¡Qué rico, Valeria, no pares!", supliqué, voz ronca. Ella metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su succionar, mis jadeos, el crujir del sofá... todo se fundía en sinfonía erótica.

La tensión subía, mis músculos se contraían, el orgasmo acechando como tormenta. Pero quería más, quería igualarla. La subí, la puse a horcajadas sobre mí. Nuestros sexos se rozaron, clítoris hinchados chocando en fricción deliciosa. Nos movimos juntas, piel contra piel resbalosa de sudor, pechos rebotando. El olor a sexo impregnaba el tráiler, intenso y adictivo. Sus ojos clavados en los míos, puro poder compartido. "Ven conmigo, Ana, déjate ir", ordenó, y obedecí. El clímax nos golpeó simultáneo, un estallido de placer que nos dejó temblando, gritando nombres en eco.

Jadeantes, nos derrumbamos una sobre la otra. Su peso cálido, reconfortante, piel pegajosa y corazones galopantes sincronizados. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. El mezcal olvidado en la mesa, el tráiler en penumbras salvo por la luz de neón filtrándose por la ventana. "Eres increíble, morra", susurró ella, acariciando mi mejilla. Sonreí, exhausta pero plena.

Pasión y poder actrices. No era solo un slogan de la novela. Era nosotras, reales, desnudas, invencibles.

Nos vestimos despacio, risas cómplices rompiendo el silencio. Afuera, el set estaba vacío, la noche mexicana envolviéndonos con su brisa tibia y olor a jacarandas. Caminamos juntas hacia el valet, manos rozándose disimuladas. "Mañana ensayamos la escena de reconciliación. Pero esta vez, con verdad", dijo ella guiñando. Asentí, el fuego aún latente en mi vientre.

De regreso a mi depa en la Roma, me tiré en la cama, el cuerpo adolorido de placer. Recordaba cada roce, cada gemido, el sabor de su piel. No más rivalidad. Habíamos forjado una alianza de pasión y poder, dos actrices que conquistarían pantallas y camas. El amanecer tiñó el cielo de rosa, prometiendo más noches como esa. Y yo, Ana López, estaba lista para el siguiente take.

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