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Lencería Pasion Nocturna

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Lencería Pasion Nocturna

Entraste al departamento en Polanco con el cansancio del pinche tráfico de la Ciudad de México pegado a los huesos. El aire olía a jazmín del balcón y a algo más, un perfume dulce y provocador que te hizo fruncir la nariz. ¿Qué chingados pasa aquí? pensaste, mientras tirabas las llaves en la mesa de la entrada. La luz tenue del comedor te guiaba, y de repente, la viste. Tu carnala, Ana, parada en el pasillo con esa lencería pasión que habías visto en el catálogo en línea, pero que ahora parecía hecha para pecar.

El encaje negro ceñía sus curvas como una segunda piel, el brasier empujando sus chichis perfectos hacia arriba, con transparencias que dejaban ver los pezones endurecidos. La tanga minúscula se hundía entre sus nalgas redondas, y las ligas subían por sus muslos suaves, terminando en medias de seda que brillaban bajo la luz de las velas. Olía a vainilla y a su esencia, ese aroma almizclado que siempre te ponía como puñalada en el vientre.

—Órale, mi rey —susurró ella con esa voz ronca que te derretía, caminando despacio hacia ti, sus caderas balanceándose como en un baile de cantina caliente—. ¿Te gusta mi sorpresa? Compré esta lencería pasión pensando en ti, neta que no aguanto más tus ojos comiéndome todo el día.

Te quedaste parado, el corazón latiéndote como tamborazo en las venas. Extendiste la mano y rozaste la tela del brasier, suave como caricia de pluma, pero ardiente por el calor de su piel debajo. Ella jadeó bajito, un sonido que te recorrió la espina dorsal hasta los huevos.

Esto no es cualquier noche, carnal. Esta noche te voy a volver loco.
Su aliento cálido te rozó el cuello mientras se pegaba a ti, sus tetas presionando tu pecho a través de la camisa.

La besaste con hambre, saboreando sus labios carnosos pintados de rojo fuego, un gusto a cereza y deseo puro. Tus manos bajaron por su espalda, sintiendo el encaje rasposo contra la suavidad de su carne. Ella gimió en tu boca, enredando los dedos en tu pelo, tirando suave para que sintieras el dominio juguetón.

Acto uno apenas empezaba. La llevaste al sillón de cuero, que crujió bajo su peso cuando la sentaste a horcajadas sobre ti. El roce de la tanga contra tu pantalón ya tieso era tortura deliciosa. —Quítate eso, pendejo —te dijo riendo, mordiendo tu oreja—. Quiero sentirte ya.

Pero no, no tan rápido. Tus dedos juguetearon con las ligas, soltándolas una por una con chasquidos elásticos que resonaban en la habitación. Bajaste la cabeza y lamiste el borde del encaje en su muslo, probando la sal de su piel mezclada con el perfume. Ella arqueó la espalda, un gemido largo escapando de su garganta, mientras sus uñas se clavaban en tus hombros. El olor de su excitación subía, húmedo y embriagador, haciendo que tu verga palpitara contra la tela.

—Eres una mamacita traviesa —murmuraste, levantando la vista para ver sus ojos negros brillando de lujuria—. Esta lencería pasión te queda como guante, pero yo quiero lo que hay debajo.

La giraste con facilidad, poniéndola de rodillas en el sillón, su culo alzado como ofrenda. Desabrochas el brasier con dientes, oyendo el pop del cierre, y lo tiraste al suelo. Sus chichis se balancearon libres, pesados y perfectos. Los apretaste desde atrás, pellizcando los pezones hasta que chilló de placer, un sonido agudo que te endureció más.

El medio acto ardía. La levantaste en brazos, sus piernas envolviéndote la cintura, y la llevaste al cuarto. La cama king size crujió cuando la arrojaste sobre las sábanas de satén negro, que olían a su loción de rosas. Ella se incorporó sobre los codos, el pelo revuelto cayendo como cascada oscura, y te miró con esa sonrisa pícara que gritaba ven por mí.

Te desvestiste rápido, la camisa volando, el pantalón cayendo con el cinturón tintineando. Desnudo, tu polla erguida apuntando a ella como flecha. Ana se lamió los labios, gateando hacia ti, su tanga empapada pegada al coño hinchado. —Ven, mi chulo —dijo, agarrándote la verga con mano suave pero firme, masturbándote lento mientras besaba la punta, su lengua caliente girando alrededor del glande, saboreando la gota salada que brotaba.

¡Qué delicia! El succionar húmedo, los labios estirados, el gorgoteo cuando se la tragaba hasta la garganta. Tus caderas se movían solas, follando su boca con ritmo creciente, pero ella controlaba, apretando las bolas con la otra mano, masajeando hasta que viste estrellas.

No te corras aún, cabrón. Quiero que me rompas con esto.

La volteaste boca abajo, arrancando la tanga con un tirón que rasgó la tela fina. Su coño depilado brillaba mojado, los labios rosados abiertos invitándote. Olía a sexo puro, a miel caliente. Rozaste la cabeza de tu verga contra su clítoris, oyendo su grito ahogado, sintiendo el temblor de sus muslos. Entraste despacio, centímetro a centímetro, su calor envolviéndote como guante de terciopelo húmedo. Ella empujó hacia atrás, queriendo más, siempre más.

Empezaste a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas, el chapoteo de jugos cada vez que salías y entrabas. Sus gemidos subían de volumen, ¡ay, sí, así, cabrón!, mezclados con el slap slap de carne contra carne. Cambiaste posiciones, ella encima ahora, cabalgándote como jineteza en rodeo, sus tetas rebotando hipnóticas, uñas arañando tu pecho. Sudor perlando su piel, goteando en la tuya, salado al lamerlo de su cuello.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Tus manos en sus caderas guiándola, profundo, rozando ese punto que la hacía convulsionar. Ella se inclinó, besándote salvaje, lenguas enredadas, mordidas suaves. Estoy cerca, mi amor, no pares, jadeó en tu oído, su aliento caliente acelerado.

El clímax explotó. La volteaste de nuevo, misionero feroz, piernas sobre tus hombros para entrar hasta el fondo. Su coño se apretó como vicio, ordeñándote, mientras gritaba tu nombre, el cuerpo arqueándose en oleadas de placer, jugos chorreando por sus nalgas. Tú la seguiste, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que sentiste pulsar dentro, el éxtasis cegador recorriéndote de pies a cabeza.

Colapsaron juntos, jadeos entrecortados llenando el cuarto, el olor a sexo y sudor impregnando el aire. Ella se acurrucó en tu pecho, la lencería pasión hecha jirones en el suelo como trofeo de batalla. Tus dedos trazaban círculos perezosos en su espalda, sintiendo el pulso calmarse, el corazón latiendo al unísono.

—Neta que fue chingón —murmuró ella, besando tu clavícula, un beso suave lleno de ternura—. Esta lencería valió cada peso.

Tú sonreíste en la oscuridad, el afterglow envolviéndolos como manta cálida.

Mañana compro más, mi reina. Para que esta pasión no pare nunca.
Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en su nido, el mundo era solo piel, suspiros y promesas de noches eternas.

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