Escenas de la Pasion de Cristo
En el pueblo de San Cristóbal, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Magdalena, como me decían en el teatro local, caminaba por las calles empedradas con el corazón latiéndome fuerte bajo el rebozo negro que llevaba puesto para el ensayo. Era actriz aficionada, pero este año me tocaba ser la Magdalena en la representación de La Pasión de Cristo. Órale, qué chido, pensaba, pero nada me preparó para él.
Cristo —sí, se llamaba así, Cristóbal de pila, pero todos le decíamos Cristo por lo guapo y musculoso que estaba— interpretaba al Señor. Lo vi por primera vez en el atrio de la iglesia, quitándose la túnica empapada de sudor después de un ensayo. Su piel bronceada brillaba bajo el sol poniente, los músculos de sus brazos y pecho se marcaban como si fueran esculpidos por un artista cachondo. El olor a tierra húmeda y a su sudor varonil me llegó de golpe, haciendo que se me erizaran los vellos de la nuca.
¿Qué carajos me pasa? Este wey parece sacado de un sueño húmedo, me dije mientras mis ojos bajaban sin querer a esa protuberancia en sus pantalones ajustados.
El director gritó: ¡Escena de la unción! Magdalena, úngelo con el óleo. Me acerqué temblando, con el frasco en la mano. Cristo se arrodilló frente a mí, su mirada café intenso clavada en la mía. Vertí el aceite perfumado —olía a mirra y algo dulce, como miel caliente— sobre su cabeza, y mis dedos resbalaron por su cabello negro y ondulado. Tocarlo era como acariciar seda caliente; su piel ardía, y sentí su aliento cálido en mi antebrazo. Qué rica estás, Magdalena, murmuró bajito, solo para mí, mientras su mano rozaba mi muslo por debajo de la túnica. Un escalofrío me recorrió la espina, y entre mis piernas sentí esa humedad traicionera que me hacía apretar los muslos.
El ensayo terminó, pero la tensión no. Todos se fueron al fandango del pueblo, con mariachis tocando y olor a tacos de carnitas flotando en el aire. Yo me quedé rezagada en el camerino improvisado detrás del escenario, un cuartito con paredes de lata que olía a madera vieja y a velas apagadas. Cristo entró de repente, cerrando la puerta con un clic que sonó como un suspiro contenido.
No mames, Magdalena, desde que te vi hoy no aguanto más, dijo con voz ronca, acercándose. Su pecho subía y bajaba rápido, y el bulto en sus jeans era imposible de ignorar. Yo tragué saliva, el corazón martillándome en las sienes.
Esto es una locura, pero su olor, ay Dios, su olor a hombre sudado y limpio me tiene loca. Lo miré a los ojos, esos pozos oscuros, y asentí. Ven, Cristo, hagamos nuestra propia pasión, le respondí, tirando del cordón de mi blusa.
Acto dos de nuestra historia privada empezó ahí mismo. Sus manos grandes y callosas me desvistieron despacio, como si temiera romperme. Sentí sus palmas ásperas en mi piel suave, bajando por mis hombros, mis tetas que se endurecieron al instante con sus pulgares rozando los pezones. Qué chichotas tan ricas, güey, gruñó, y su boca se lanzó a mamar uno, chupando con hambre mientras su lengua giraba como un torbellino húmedo. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes metálicas, y el sabor salado de su piel cuando lo besé fue como probar fuego líquido.
Lo empujé contra la mesa llena de vestuarios, y me arrodillé frente a él, imitando la escena del ensayo pero al revés. Desabroché sus jeans con dedos temblorosos; su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con un calor que me quemaba la cara. Olía a él, puro macho, un aroma almizclado que me hizo salivar. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen, y él jadeó: ¡Órale, Magdalena, chúpamela como si fuera el óleo sagrado!. La metí en mi boca, succionando con ganas, sintiendo cómo se hinchaba más, tocando mi garganta. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar, solo pidiendo más con gemidos guturales que vibraban en mi piel.
Pero no quería acabar así. Me puse de pie, jadeando, y lo besé con furia, nuestras lenguas bailando un tango salvaje, saboreándonos mutuamente. Te quiero adentro, Cristo, hazme tuya, le rogué, y él me levantó como si no pesara nada, sentándome en la mesa. Sus dedos exploraron mi panocha empapada, resbaladizos de mis jugos, frotando mi clítoris hinchado en círculos que me hacían arquear la espalda. Estás chorreando, mi reina, qué mojada tan rica, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible mientras dos dedos se hundían en mí, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca.
La tensión crecía como una tormenta en el desierto. Cada roce era electricidad: el roce de su barba incipiente en mi pecho, el sonido húmedo de sus dedos follándome, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso residual.
Esto es mejor que cualquier escena de La Pasion de Cristo, puro placer sin cruz ni espinas, pensé mientras mis uñas se clavaban en su espalda ancha, dejando surcos rojos. Él sacó los dedos, brillantes de mí, y se los llevó a la boca, gimiendo al probarme. Luego, alineó su verga con mi entrada, mirándome fijo: ¿Lista, amor?. Asentí, y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo con un calor abrasador.
Empezamos a movernos, lento al principio, saboreando la fricción. Sus caderas chocaban contra las mías con un slap slap rítmico, sudor goteando de su frente al valle de mis tetas. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando los talones en su culo firme. Más fuerte, pendejo, rómpeme, le exigí entre jadeos, y él obedeció, embistiéndome con fuerza, la mesa crujiendo bajo nosotros. El aire se llenó de nuestros gemidos, altos y sin vergüenza: ayes míos agudos, gruñidos suyos profundos como truenos. Mi clítoris rozaba su pubis con cada thrust, acumulando placer en espiral.
Inner struggle? Sí, un momento: mientras él me follaba como poseído, pensé en el pueblo afuera, en las procesiones y rezos, pero eso solo avivó el fuego.
Que se vayan al carajo las normas, esto es nuestra pasion, nuestra escena prohibida. Él sintió mi vacilación y paró un segundo, besándome tierno: ¿Todo bien, mi vida?. Lo abracé fuerte: Sí, sigue, no pares. Y retomamos, más intenso, sus bolas golpeando mi culo, mis jugos chorreando por mis muslos.
El clímax se acercaba como un volcán. Cambiamos posición: me puso de espaldas contra la pared, levantándome una pierna para penetrarme más hondo. Desde ahí, su verga tocaba mi G-spot sin piedad, y sus dedos pellizcaban mis pezones. Me vengo, Cristo, ayúdame, supliqué, y él aceleró, gruñendo: Vente conmigo, Magdalena, lléname de tu leche. El orgasmo me explotó primero: olas de placer desde mi centro, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras mordía su hombro para no despertar al pueblo entero. Él se tensó, embistiendo una última vez profunda, y sentí su verga latir, inundándome con chorros calientes que me hicieron correrme de nuevo, más suave, temblorosa.
Nos quedamos pegados, jadeando, su peso delicioso sobre mí. Bajó despacio, saliendo con un pop húmedo, y un río de su semen mezclado con mis jugos corrió por mi pierna. Me besó la frente, los labios, el vientre. Eres increíble, wey, le dije riendo bajito, mientras el olor a sexo y sudor nos envolvía como una manta tibia. Nos vestimos entre besos robados, prometiéndonos más escenas privadas.
Salimos al atrio fresco de la noche, estrellas brillando sobre la cruz de piedra. La pasion de Cristo escenas ahora tenían un nuevo significado para nosotros: no dolor, sino éxtasis compartido. Caminamos de la mano hacia el fandango, con el cuerpo aún vibrando, sabiendo que esto era solo el principio de nuestra propia Semana Santa de placeres ocultos.