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La Pasion de Cristo Libro de Fuego Carnal

7151 palabras

La Pasion de Cristo Libro de Fuego Carnal

Entré a esa librería antigua en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, con el sol de la tarde filtrándose por las vitrinas polvorientas. El aire olía a papel viejo y a madera encerada, un aroma que me hacía sentir como si estuviera retrocediendo en el tiempo. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que trabajaba en una galería de arte en Polanco, buscaba algo diferente, algo que me sacara de la rutina de cafés caros y noches solitarias. Mis ojos se posaron en un estante olvidado, y ahí estaba: la pasion de cristo libro, con su tapa de cuero agrietado y letras doradas desvaídas. Lo tomé en mis manos, sintiendo el peso cálido, como si guardara secretos prohibidos.

El dependiente, un moreno alto y fornido llamado Javier, se acercó con una sonrisa pícara. “Ese librito es especial, mija. No es lo que piensas. Cuéntame, ¿vienes por devoción o por otra cosa?” Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la piel. Olía a jabón fresco y a algo más, un toque masculino que me aceleró el pulso. Le conté que andaba curiosa, que la palabra “pasión” siempre me había intrigado. Me guiñó el ojo: “Llévatelo, pero promete que lo leerás con luz tenue. Te va a prender fuego.” Pagué y salí, con el libro apretado contra mi pecho, sintiendo ya un cosquilleo entre las piernas.

Esa noche, en mi departamento con vista al skyline iluminado, me serví un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, el sabor ahumado deslizándose por mi garganta. Me recosté en la cama, las sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, y abrí la pasion de cristo libro. No era la historia que esperaba. Era un relato erótico antiguo, disfrazado de texto religioso, donde la pasión no era solo sufrimiento, sino éxtasis carnal. Las páginas describían cuerpos entregados, sudores mezclados, gemidos que resonaban como oraciones paganas. Mis dedos temblaban al pasar las hojas, y sentí mi piel ardiendo, los pezones endureciéndose bajo la blusa de seda.

¿Qué me está pasando? Este libro me está volviendo loca, como si las palabras se metieran dentro de mí, avivando un fuego que no sabía que tenía.

Al día siguiente, regresé a la librería, con el corazón latiendo fuerte, el libro bajo el brazo. Javier estaba solo, limpiando estantes, su camisa ajustada marcando los músculos de su espalda. “¿Ya lo leíste, corazón?” preguntó, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi cuello. Asentí, ruborizada, y le confesé cómo me había mojado leyendo esas líneas sobre la entrega total, el dolor placentero mezclado con placer puro. Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi vientre. “Es un libro que une almas, Ana. ¿Quieres que te cuente más? O mejor, que te lo muestre.”

Su mano rozó la mía, un toque eléctrico que subió por mi brazo. No dije nada, solo lo miré a los ojos cafés intensos, y supe que esto era el comienzo. Cerró la librería temprano, corrió el candado con un clic metálico, y me llevó al cuartito de atrás, lleno de libros apilados y una luz ámbar de lámpara vieja. El olor a tinta y cuero se mezcló con su aroma varonil, y mi respiración se aceleró. “Aquí nadie nos interrumpe, nena”, murmuró, atrayéndome contra su pecho duro. Sentí su corazón galopando al ritmo del mío, su erección presionando mi muslo a través del pantalón.

Nos besamos despacio al principio, sus labios firmes saboreando los míos con hambre contenida, lengua explorando como si quisiera devorarme. El sabor a menta y tequila residual me embriagó. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con destreza, y cuando liberó mis senos, gimió: “Qué chulos, Ana, como frutas maduras.” Lamio mis pezones, succionando suave, luego fuerte, enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado. Yo arqueé la espalda, gimiendo bajito, mis uñas clavándose en su nuca.

Esto es mejor que el libro, real, caliente, mío.
Le quité la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel, bajando hasta el ombligo.

La tensión crecía como tormenta, nuestros cuerpos frotándose con urgencia. Javier me levantó sobre una mesa antigua, el madera fría contra mis nalgas desnudas cuando me bajó las panties. “Estás empapada, cachonda”, dijo, oliendo mi excitación, ese aroma almizclado que llenaba el aire. Metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el sonido húmedo de mi coño chorreando música obscena. Jadeé, cabalgando su mano, mis jugos cubriendo su palma. “Ay, wey, no pares”, supliqué, el slang saliendo natural, crudo. Él sonrió, lamiendo sus dedos: “Sabes a miel caliente, reina.”

Pero quería más, lo empujé contra la pared, libros cayendo al suelo con ruido sordo. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi boca, sintiendo el calor aterciopelado, el sabor salado de su precum en mi lengua. Chupé despacio, girando la cabeza, oyendo sus gruñidos guturales: “Pinche diosa, me vas a hacer venir.” Lo miré desde abajo, empoderada, controlando su placer. Luego, él me volteó, besando mi nuca, mordisqueando mientras frotaba su pija contra mi raja resbalosa. “¿Quieres que te folle como en el libro, Ana? ¿Entrega total?” Asentí, temblando: “Sí, Javier, hazme tuya.”

Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, el estiramiento delicioso, dolor y placer fundidos. El sonido de piel contra piel, plaf plaf, ecoaba en el cuartito, mezclado con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, sudor, lubricación, esencia nuestra. Sus manos en mis caderas, marcando moretones leves, me embestía profundo, rozando mi punto G cada vez. Yo empujaba hacia atrás, clavándome más, gritando: “Más duro, pendejo, dame todo.” Él aceleró, una mano bajando a frotar mi clítoris hinchado, círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como rayo, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes escapando, piernas temblando. “¡Me vengo, Javier!” Él rugió, llenándome con su leche espesa, pulsos calientes inundándome.

Nos derrumbamos en el suelo, entre libros desparramados, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos, y él lo esparció con dedos tiernos, besándome el hombro. “Ese libro abrió algo en nosotros, mi amor”, susurró, su voz ronca de satisfacción. Yo sonreí, acariciando su rostro barbado, sintiendo el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero aquí, en este rincón sagrado, habíamos escrito nuestra propia pasión.

La pasion de cristo libro no era solo palabras; era el preludio de esto, de nosotros, eternos en el fuego de la carne.

Días después, lo releímos juntos, riendo y follando de nuevo, cada página un recuerdo vivo. Javier se convirtió en mi amante fijo, el libro en nuestro talismán. La vida en México es así: pasiones que surgen de lo inesperado, intensas, reales. Y yo, Ana, nunca volví a ser la misma.

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