Elenco Pasión y Poder Desatados
En los estudios de Televisa en San Ángel, el aire vibraba con el bullicio del rodaje de Pasión y Poder, esa telenovela que tenía a medio México pegado a la tele. Ana, con su melena negra cayendo en ondas perfectas sobre los hombros, ajustaba el escote de su vestido rojo fuego. Era la protagonista, la villana seductora que todos amaban odiar. Sus ojos cafés brillaban bajo las luces calientes, y el sudor perlado en su clavícula capturaba el aroma a jazmín de su perfume mezclado con el olor metálico del maquillaje.
Diego, su coprotagonista, el galán de sonrisa pícara y torso esculpido por horas en el gym, la observaba desde el otro lado del set. Alto, moreno, con esa barba incipiente que raspaba deliciosamente en las escenas de besos falsos. ¿Por qué carajos cada toma con él me deja con las bragas húmedas? pensó Ana, mientras el director gritaba "¡Corte!". El elenco entero aplaudía, pero entre ellos dos flotaba una tensión eléctrica, como el zumbido de los focos sobre sus cabezas.
Después del rodaje, en la fiesta de celebración en un roof top de Polanco, con vistas a la ciudad iluminada y el sonido de mariachis electrónicos de fondo, Ana se sirvió un tequila reposado. El líquido ámbar quemaba su garganta, dulce y ahumado, despertando un calor en su vientre. Diego se acercó, su camisa blanca abierta un botón de más, revelando el vello oscuro en su pecho.
"¿Ya te cansaste de fingir conmigo en el set, mamacita?"
dijo él con esa voz ronca que hacía temblar sus rodillas. Ana rio, juguetona, rozando su brazo con los dedos. La piel de Diego era cálida, firme, y olía a colonia cítrica y hombre sudado después de un día largo.
"Pendejo, si supieras lo que pienso mientras te beso...", respondió ella, mordiéndose el labio inferior. La multitud del elenco bailaba salsa, risas y copas chocando, pero ellos se aislaron en una esquina, el viento nocturno trayendo el olor a tacos al pastor de la calle abajo.
La noche avanzó con miradas cargadas, roces accidentales que no lo eran. Ana sentía su pulso acelerado, el corazón latiéndole en los oídos como tambores. Diego la tomó de la mano, su palma áspera envolviendo la suya suave, y la sacó de ahí. Subieron a su camioneta negra, el motor rugiendo suave mientras manejaba por Insurgentes, las luces de la ciudad desfilando como estrellas caídas.
En el hotel de lujo en Reforma, la suite olía a sábanas frescas y velas de vainilla que Diego encendió. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. Ana lo miró, el deseo ardiendo en su pecho como el tequila en su sangre.
Acto segundo: la escalada
Diego se acercó despacio, sus ojos fijos en los de ella, como en las mejores escenas de Pasión y Poder. "Esto no es actuación, Ana. Quiero todo de ti", murmuró, su aliento cálido contra su oreja. Ella tembló, el sonido de su respiración pesada llenando la habitación. Sus manos grandes subieron por sus brazos, dejando un rastro de fuego en la piel.
Ana lo empujó contra la pared, invertida el poder, besándolo con hambre. Sus labios se devoraron, lenguas danzando en un tango húmedo y salado, sabor a tequila y menta.
¡Qué rico sabe este cabrón! Su boca me está volviendo loca,pensó ella, mientras sus uñas arañaban su espalda a través de la camisa.
Él la levantó con facilidad, piernas de Ana envolviéndolo, el vestido subiendo por sus muslos. La llevó a la cama king size, el colchón hundiéndose bajo su peso. Deslizó el vestido por su cabeza, revelando lencería negra de encaje que hacía resaltar sus curvas generosas. "Eres una diosa, chula", gruñó Diego, besando su cuello, mordisqueando la piel sensible. El roce de su barba era áspero, delicioso, enviando chispas directo a su centro.
Ana jadeaba, el aire cargado con el olor almizclado de su excitación mutua. Sus manos exploraron el pecho de él, desabotonando la camisa con dedos temblorosos. Piel morena, músculos contraídos bajo su toque, pezones duros que lamió con la lengua plana, saboreando el salado de su sudor. Diego gimió, un sonido gutural que vibró en su clítoris palpitante.
Se desnudaron mutuamente, lentos al principio, saboreando cada centímetro revelado. La verga de Diego saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando con pre-semen. Ana la tomó en mano, suave piel sobre acero, acariciando de raíz a punta. "Qué chingona está tu verga, Diego. La quiero ya", susurró con voz ronca, típica de las rancheras apasionadas que tanto le gustaban.
Él la tumbó boca arriba, besando su camino descendente: pechos llenos, pezones rosados endurecidos que chupó hasta hacerla arquearse, el sonido de succiones húmedas llenando el cuarto. Bajó al ombligo, inhalando su aroma femenino, dulce y terroso. Sus dedos separaron sus labios vaginales, húmedos y calientes, rozando el clítoris hinchado. Ana gritó, placer punzante como rayos.
¡No pares, pendejo! Me vas a hacer correrme así nomás,
pensó, mientras él lamía su coño con devoción, lengua experta girando, succionando jugos que saboreaba como néctar. El orgasmo la golpeó primero, olas de éxtasis contrayendo su vientre, piernas temblando, un grito ahogado escapando de su garganta.
Pero no pararon. Diego se posicionó, frotando su polla contra su entrada resbaladiza. "Dime que la quieres, Ana", exigió juguetón. "¡Sí, métemela toda, mi rey!", rogó ella, empoderada en su lujuria. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido de carne contra carne empezó suave, luego rítmico, camas chirriando.
Se movieron en sincronía, sudados, pieles chocando con palmadas húmedas. Ana clavó uñas en su culo firme, guiándolo más profundo. Él la volteó a cuatro patas, penetrando desde atrás, una mano en su clítoris, la otra tirando suave de su cabello. "¡Qué rico te sientes, nena! Tu panocha me aprieta como guante", jadeó. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con sus perfumes.
La tensión creció, pulsos acelerados latiendo en oídos, respiraciones entrecortadas. Ana sintió el segundo clímax building, un nudo apretándose en su bajo vientre.
Acto tercero: la liberación
Cambiaron posiciones, Ana encima, cabalgándolo como amazona. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra el pubis de él, pechos rebotando. Diego la miró embelesado, manos amasando sus nalgas redondas. "¡Córrete conmigo, carnal!", urgió ella, acelerando. El placer explotó simultáneo: ella convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos; él gruñendo, llenándola con semen caliente, pulsos de su verga descargando dentro.
Colapsaron entrelazados, pieles pegajosas de sudor, corazones galopando al unísono. El cuarto olía a pasión consumada, sábanas revueltas testigos mudos. Diego besó su frente, suave ahora, tierno. "Esto fue mejor que cualquier capítulo de Pasión y Poder, ¿verdad?"
Ana sonrió, trazando círculos en su pecho.
El elenco tiene sus secretos, y este es nuestro. Poder en la cama, pasión en el alma,reflexionó, mientras el amanecer teñía las cortinas de rosa. Se durmieron así, exhaustos y satisfechos, sabiendo que el rodaje continuaría con miradas cómplices, promesas de más noches como esta.
En el elenco de Pasión y Poder, el verdadero drama se vivía fuera de cámaras, donde el deseo reinaba sin guion.