Dominga Pasión de Gavilanes
El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, tiñendo de oro las colinas que la rodeaban. Yo, Dominga, caminaba por el corral con el corazón latiéndome fuerte en el pecho, sintiendo el polvo caliente subir por mis botas vaqueras. Llevaba un vestido floreado ceñido a mis curvas, el escote dejando ver el brillo de sudor en mi piel morena. Hacía meses que no sentía un hombre cerca, no de esa manera que te hace temblar las rodillas. La hacienda era mía por herencia, un pedazo de paraíso en las afueras de Guadalajara, con caballos relinchando y el aroma a tierra mojada que siempre me ponía melancólica.
Entonces lo vi. Javier, el nuevo capataz que mi hermano había contratado. Alto, con hombros anchos como las vigas del porche, piel curtida por el sol y unos ojos negros que prometían travesuras. Estaba ensillando un caballo, sus manos fuertes manejando las riendas con maestría. ¡Ay, Diosito!, pensé, ¿por qué me mira así? Como si ya supiera lo que mi cuerpo anhela. Me acerqué, fingiendo revisar la cerca, y él se enderezó, quitándose el sombrero en un saludo galante.
—Buenos días, doña Dominga. ¿Todo en orden por aquí? Su voz era grave, como el trueno lejano, y olía a cuero fresco y hombre trabajado.
—Llámame Dominga nomás, Javier. Y sí, todo chido, pero estos animales necesitan más pasión, ¿no crees? —le dije con una sonrisa pícara, sintiendo un cosquilleo entre las piernas al notar cómo sus ojos bajaban a mis pechos.
Él rio bajito, un sonido que me erizó la piel. —Pasión de gavilanes, eso es lo que hace volar alto a las bestias... y a las personas. Sus palabras me golpearon como un rayo. Dominga pasión de gavilanes, repetí en mi mente, como si fuera un hechizo. Esa noche, en la fiesta de la hacienda por el cumpleaños de mi hermano, el aire estaba cargado de mariachi y tequila reposado. Bailamos al ritmo de La Bikina, su mano en mi cintura firme pero gentil, su aliento cálido en mi oreja.
El roce de su pecho contra el mío era eléctrico. Sentía el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina de mi blusa, el latido acelerado de su corazón sincronizándose con el mío.
¿Y si lo llevo a mi cuarto? ¿Y si dejo que me tome como un gavilán salvaje?me susurraba mi conciencia, mientras su mano bajaba un poquito más, rozando la curva de mi cadera. El olor a su sudor mezclado con el jazmín de mi perfume me mareaba, y el sabor del tequila en su boca cuando me robó un beso rápido detrás del granero me dejó con ganas de más.
La fiesta avanzaba, pero nosotros nos escabullimos hacia el establo, donde las sombras jugaban con la luz de la luna. Javier me acorraló contra una pila de heno fresco, sus labios devorando los míos con hambre contenida. —Dominga, desde que te vi, no pienso en otra cosa. Eres fuego puro. Sus manos exploraban mi espalda, desatando el lazo de mi vestido con dedos temblorosos de deseo.
Yo gemí suave, arqueándome contra él. —Entonces quémame, Javier. Hazme sentir esa pasión de gavilanes que tanto nombras. Su boca bajó a mi cuello, lamiendo el salado de mi piel, mientras yo hundía las uñas en su camisa, rasgándola para sentir el calor de su torso desnudo. Era duro, musculoso, con vello oscuro que me raspaba deliciosamente las palmas. El establo olía a heno seco y a nuestra excitación creciente, un aroma almizclado que me ponía la cabeza loca.
Nos dejamos caer sobre el heno, riendo entre besos porque picaba un poco en la piel, pero eso solo avivaba el fuego. Javier me quitó el vestido con reverencia, besando cada centímetro que descubría: el valle entre mis senos, el ombligo, hasta llegar a mis muslos temblorosos. Su lengua es un demonio, pensé mientras la sentía trazar círculos en mi interior, saboreándome como si fuera el tequila más fino. Grité bajito, ¡Ay, cabrón, no pares! mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido de mis jadeos se mezclaba con el relincho lejano de un caballo, y el roce de sus dedos ásperos en mi clítoris me llevaba al borde.
Pero quería más, quería sentirlo todo. Lo empujé hacia atrás, montándome encima con una sonrisa triunfante. —Ahora yo mando, mi rey. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura y palpitante. Era gruesa, venosa, y la tomé en mi mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. La lamí despacio, desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y ligeramente dulce de su pre-semen. Javier gruñó, sus manos enredándose en mi cabello. ¡Qué chingón se siente esto! Su voz ronca me excitaba más.
Me posicioné sobre él, guiándolo dentro de mí con lentitud agonizante. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome por completo. Es perfecto, como si estuviera hecho para mí. Empecé a moverme, primero despacio, sintiendo el roce delicioso, el slap slap de nuestra piel uniéndose. Sus manos en mis nalgas me guiaban, apretando fuerte, dejando marcas que mañana dolerían rico. El sudor nos cubría, goteando entre mis pechos, y él lo lamía ansioso, mordisqueando mis pezones endurecidos.
La tensión crecía como una tormenta. Aceleré el ritmo, mis gemidos volviéndose gritos ahogados: ¡Más fuerte, Javier, dame todo! Él se incorporó, tomándome por la cintura y embistiéndome desde abajo con furia contenida. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, el olor a sexo impregnando el aire. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola ardiente en mi vientre, mientras sus ojos clavados en los míos gritaban promesas de eternidad.
—¡Ven conmigo, Dominga! ¡Juntos! rugió, y explotamos al unísono. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras oleadas de placer me sacudían entera. Él se derramó dentro de mí con un gemido gutural, caliente y abundante, nuestras respiraciones entrecortadas uniéndose en el clímax. Me derrumbé sobre su pecho, sintiendo su corazón martillando contra mi mejilla, el sabor de su piel salada en mis labios.
Quedamos así un rato, enredados en el heno, el mundo afuera olvidado. Javier me acariciaba el cabello, besándome la frente. —Eres increíble, Dominga. Esa pasión de gavilanes que llevas dentro... me ha atrapado.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con la uña.
Esto es solo el principio. Mañana, y todos los días, seremos gavilanes en vuelo.La luna nos cubría con su luz plateada, y el aroma a nosotros perduraba, prometiendo más noches de fuego. La hacienda Gavilanes nunca había sentido tanta vida, tanta pasión desatada.