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Abismo de Pasion Capitulo 15 Fuego en las Venas

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Abismo de Pasion Capitulo 15 Fuego en las Venas

El sol se ponía sobre las playas de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en el mar como si el océano mismo estuviera en llamas. Yo, Ana, de pie en la terraza de nuestra suite en ese hotel de lujo con vistas al Pacífico, sentía el calor del atardecer colándose por mi piel morena, haciendo que mi blusa de seda se pegara un poquito a mis curvas. Habían pasado semanas desde nuestro último encuentro, y cada día sin Marco era como un vacío que me carcomía por dentro. Neta, wey, pensaba, este abismo de pasión nos tiene atrapados, y hoy, en lo que yo llamaba en mi mente Abismo de Pasion Capitulo 15, iba a caer de nuevo en sus brazos.

El aroma salado del mar se mezclaba con el dulzor de las buganvillas que trepaban por las paredes de la hacienda remodelada. Mis tacones resonaban suaves contra el piso de mármol mientras caminaba hacia la puerta de cristal. Ahí estaba él, Marco, recargado en el bar, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado, el pelo revuelto por la brisa y una sonrisa pícara que me hacía temblar las rodillas. Sus ojos cafés me devoraban desde lejos, como si ya me estuviera desnudando con la mirada.

¡Ay, cabrón! ¿Por qué me pones así nomás de verte? Ese hombre es mi perdición, mi chulo personal que sabe exactamente cómo encender el fuego en mis venas.

—Ven acá, mi reina —me dijo con esa voz ronca, extendiendo los brazos. Su acento tapatío, puro Guadalajara, me erizaba la piel.

Caminé hacia él, sintiendo el roce de la brisa marina contra mis piernas desnudas bajo la falda corta. Cuando me abrazó, su cuerpo duro se pegó al mío, y olí su colonia mezclada con el sudor ligero del día, un olor que me volvía loca. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, deteniéndose en mis caderas, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un jadeo se me escapó sin querer.

—Te extrañé tanto, Ana. No aguanto más sin ti —murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo.

Nos besamos ahí mismo, lento al principio, saboreando el tequila que él acababa de tomar, dulce y ahumado en su lengua. Mis dedos se enredaron en su pelo, tirando suave, mientras su boca bajaba por mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El mundo se redujo a eso: el sonido de las olas rompiendo abajo, el pulso acelerado en mi pecho, el calor húmedo entre mis muslos creciendo con cada caricia.

Pero no era solo deseo físico. Había algo más profundo, un conflicto que me carcomía desde el capitulo anterior de nuestra historia. Marco había estado con otra, o eso decían las chismosas de la oficina. ¿Y si solo soy su juguete? pensé, mientras sus manos subían por mis muslos. Pero cuando me miró a los ojos, vi la verdad: era mío, neta.

Lo empujé suave hacia el sofá de mimbre, con cojines mullidos que olían a sol y sal. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su erección dura bajo mis nalgas. —Dime que soy la única, pendejo —le dije juguetona, mordiéndome el labio, mientras desabotonaba su camisa.

—Eres todo para mí, mi amor. Nadie más me prende como tú —respondió, sus manos subiendo mi blusa, liberando mis pechos del brasier de encaje. Sus pulgares rozaron mis pezones, endureciéndolos al instante, y un gemido ronco salió de mi garganta. El tacto era eléctrico, como chispas recorriendo mi piel ardiente.

La noche avanzaba, y el cielo ya era un manto estrellado. Lo desvestí despacio, admirando su cuerpo esculpido por horas en el gym: abdominales marcados, vello oscuro bajando hacia su boxer abultado. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso rápido bajo mi palma. Él gruñó, cerrando los ojos.

—Chúpamela, Ana. Por favor —suplicó, y yo sonreí, bajando la cabeza. Mi lengua lamió la punta, saboreando la sal de su pre-semen, mientras mis labios lo envolvían centímetro a centímetro. El sonido húmedo de mi boca, sus jadeos entrecortados, el sabor almizclado... todo me inundaba. Lo chupé profundo, hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más en mi boca. Sus caderas se movían, follándome la cara suave, pero siempre atento a mis límites.

¡Dios mío, qué rico! Este sabor, este poder que tengo sobre él... soy su reina, su diosa del abismo.

Pero quería más. Me levanté, quitándome la falda y las tangas empapadas. Mi coño brillaba de jugos, hinchado y ansioso. Me senté de nuevo sobre él, frotando mi clítoris contra su verga dura, lubricándola con mis fluidos. El roce era delicioso, un cosquilleo que subía por mi espina. —Fóllame ya, Marco. No aguanto —le rogué, guiándolo a mi entrada.

Entró lento, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulgada llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros. Empezamos a movernos, un ritmo pausado al principio, sintiendo la fricción húmeda, el slap slap de piel contra piel. El sudor nos cubría, brillando bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas. Su olor, mezcla de sexo y mar, me embriagaba. Aceleramos, yo cabalgándolo como loca, mis tetas rebotando, él chupándolas, mordiendo los pezones.

El conflicto interno se disipaba con cada embestida. Esto es real, pensaba, mientras el placer subía como una ola. Sus manos en mi culo, apretando, guiándome más profundo. Cambiamos de posición: él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome duro, rozando mi punto G. El sonido de nuestros cuerpos era obsceno, jugos chorreando, gemidos mezclados con palabras sucias.

—¡Estás tan mojada, mi chula! ¡Me aprietas rico! —gruñía él.

—¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo! —respondía yo, arqueándome.

La tensión crecía, mis músculos contrayéndose alrededor de su polla. Sentí el orgasmo venir, un nudo en el vientre que explotó en oleadas. Grité su nombre, mi coño palpitando, ordeñándolo. Él no aguantó más, saliendo justo a tiempo para correrse en mi estómago, chorros calientes que olían a puro macho. Colapsamos juntos, jadeando, el corazón latiéndonos como tambores.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, el sudor enfriándose en nuestra piel, el mar susurrando paz. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda, y yo besé su pecho, saboreando la sal.

Este es nuestro Abismo de Pasion Capitulo 15, pero no el último. Hay más fuego por quemar, más abismos por explorar juntos.

—Te amo, Ana. Para siempre —dijo él, y yo supe que era verdad. El deseo se calmaba, pero la pasión ardía eterna en nuestras venas.

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